jueves, 28 de junio de 2018

Poner nota al cine

Ponerle nota al cine es igual de absurdo que ponerle nota a cualquier obra artística, sea de la disciplina que sea, pero resulta ser una práctica tan extendida y normalizada que, en ocasiones, pienso que igual el raro soy yo por pensar que puntuar películas es algo carente de sentido y utilidad.
Confieso que yo lo hacía, tenía cuenta en Filmaffinity (y la sigo teniendo, pero mayoritariamente para estar al día de los próximos estrenos y llevar una cuenta de las películas que veo) y remataba todas mis reseñas con un numerito. Por suerte, he dejado atrás esas costumbres por todo lo que voy a decir a continuación.

Supongamos que somos uno de esos tipos que opinan en términos numéricos y PUNTO, o uno de esos otros que, aunque hayan escrito una reseña, no pueden evitar terminarla con un número o unas estrellas.
En el primer caso, el que pasa de escribir y se limita a puntuar, nos está dando una información del todo inútil en caso de que seamos un espectador miedoso, de gustos inseguros y criterio propio poco desarrollado que necesite de opiniones externas para decidirse a ver o no una película. Y esto es así porque la nota no dice nada. Es un dato tan subjetivo, tan radicalmente subjetivo, que carece de sentido compartirlo con el resto. Si yo necesito la opinión de alguien para elegir película, pero ese alguien sólo me ofrece un número, no podré sacar nada en claro. El número no es más que una representación extremadamente escueta de tu opinión. Si la unidad más pequeña de una ferretería es el clavo, la unidad mínima de una reseña es la nota. Es, en resumen, lo que ocurre cuando te pasas quitando paja y puliendo un texto. Si se te va la mano, lo único que quedará será un numerito triste y solitario. Poner nota es tan útil como describir con una sola palabra la película que has visto: buena, mala, regular.

¿Pero qué ocurre cuando has escrito una reseña y, aún así, sientes el impulso de terminarla poniendo nota? Mi pregunta es: ¿para qué? Creo que la gente que hace eso, en realidad teme que su opinión no haya quedado clara, porque de lo contrario no entiendo la necesidad de apoyarse en una nota si tú consideras que ya has plasmado tu punto de vista de forma correcta. Poner nota en estos casos se me antoja redundante (la expresión se me antoja me parece de lo más repelente y redicha, pero, fijaos qué gracia, hoy me apetecía usarla. Intentaré que no se repita).
Si eres el espectador sin criterio de antes, el que necesita buscar ayuda en la opinión de los demás, encontrarás información más o menos útil en la reseña escrita. Ahí, el autor hablará de su opinión y la justificará aportando datos y descripciones, y aunque todo sea personal y, casi siempre, subjetivo, contribuirá a tu curiosidad con más referencias imparciales que un simple número.
Poner nota al final de una reseña escrita, además de denotar inseguridad en el autor, es una tentación para los lectores perezosos, y no queremos lectores perezosos en nuestra vida, ¿verdad? Ese lector es el que ignora los siete párrafos que te has currado la noche anterior y va directamente al final, a ver qué notita le has puesto a la dichosa película… Esto se contradice con lo que he comentado antes, ya sabéis, que guiarse única y exclusivamente por un número no le sirve de nada a nadie, pero en el caso del lector vago se conformará con el numerito si así se ahorra leer el texto.

Pero existe algo más absurdo que poner nota: poner decimales ¿Qué pasa con eso? ¿Cómo se supone que debe masticarse tamaña memez?
Navegando en foros, he llegado a leer cosas como “estoy dudando entre ponerle un 6 y un 6´3”.
Me gustaría saber en qué puñetas se diferencia una película puntuada con más o menos décimas que otra… ¡DÉCIMAS!  ¿En qué punto subatómico se diferencia una de otra? ¿Cuál es el micromatiz definitivo en el trabajo de dirección, iluminación o interpretativo que convierte a una película en un 8`2 en lugar de un 8?

¡Me marcho! Tengo que practicar mis noventa minutos de meditación o me dará un colapso nervioso.

jueves, 21 de junio de 2018

Twin Peaks: The return


Diga lo que diga en este artículo, no va a estar a la altura de la tremenda barbaridad que David Lynch regaló a sus fans el pasado verano. Me falta vocabulario y talento para reseñar esta monstruosidad como es debido.
Pese a todo, me gustaría dedicar unos párrafos a hablar no de la serie en sí, sino concretamente de su tercera temporada. ¿El motivo? Si el Twin Peaks original de los 90 fue rompedor, lo que ha sucedido con su tercera temporada, estrenada 25 años después, resulta indescriptible.
Quizá no sea objetivo, ya que todo lo que hace David Lynch me vuelve loco, pero es innegable que Twin Peaks: The return ha sido un puñetazo sobre la mesa. Tal vez sea la primera vez en la historia de la televisión que un autor tan poco digerible por los mainstreams ha hecho lo que le ha dado la real gana, sin complejos, y además con un presupuesto y un reparto más que considerables.
Quisiera condensar mi opinión en un solo artículo, así que voy a dividirlo en secciones para organizar las ideas y no acabar haciendo un caótico gazpacho.
Vamos allá.



1. NUEVO LOOK
Creo que todos los fans de Twin Peaks esperábamos de esta tercera temporada un producto similar a las temporadas una y dos, pero no ha sido así. Esto, como no podía ser de otra forma, ha provocado ira y admiración a partes iguales, dividiendo al público y bla, bla, bla… Vamos, lo que ocurre siempre. ¿Alguna película o serie no divide al público? ¿Hay algo que guste o sea odiado de forma cien por cien unánime?
Pero es verdad que la primera toma de contacto, ese momento mágico en que ves los minutos iniciales del primer episodio, se hace raro. Bastante raro, de hecho, y eso que Twin Peaks siempre ha sido una serie rara y marciana, pero es que ahora había que sumarle a eso un radical cambio estético, con una fotografía bastante fea, como de película barata o amateur, y unos efectos especiales que son, casi siempre, una chufla. Pero nada de eso es casual, porque nada es casual cuando se trata de gente como David Lynch.
De modo que sí, la primera toma de contacto con The return se atraganta, se observa con rechazo, pero acabas entrando de lleno, y lo haces porque, aunque esto a priori no parezca Twin Peaks, huele al inconfundible sello de su director. Tal vez nos sintamos desubicados al principio, pero no tardamos en comprender que estamos en el mismo lugar de siempre, ese lugar al que somos arrastrados cuando decidimos bucear en la obra de David Lynch. Volvemos a estar inmersos en una de sus histéricas y aterradoras pesadillas. Nada nuevo, por suerte.
Quisiera pensar que esto es lo que siempre quiso Lynch para Twin Peaks. Me explico: la serie original, formada por dos temporadas, acaba mutando en algo que poco o nada tenía que ver con lo que nos ofrecía al principio, y todo eso fue, como de costumbre, por culpa de los ejecutivos, los de la pasta, empeñados en poner freno a los artistas. De modo que Lynch perdió interés por la serie, la abandonó, y no fue hasta su recta final que decidió regresar y trata de poner las cosas en orden, aunque para entonces ya era tarde. La audiencia había caído en picado y la serie iba a morir cancelada.
Con esto quiero decir que, aunque esas dos primeras temporadas fuesen extrañas y lynchnianas, estaban domesticadas, o al menos lo estaban en parte. No es que fuesen un producto de consumo masivo, pero… casi. En cambio, The return es una temporada en la que David Lynch y Mark Frost (la otra mitad de esta obra) han tenido libertad para hacer lo que quisieran, de ahí que no haya compasión hacia el espectador. Twin Peaks: The return es una serie desatada que no pretende caer bien a nadie, ni siquiera a los fans de la original.
Tengo la impresión de que Lynch y Frost siempre quisieron hacer esto, pero como en su momento no pudieron o no les dejaron, ahora han dado rienda suelta al maravilloso cacao mental que a estos señores les burbujea en la cabeza.



2. FUEGO, CAMINA CONMIGO
La película de Twin Peaks, revalorada con el paso de los años, fue odiada e incomprendida en su momento, principalmente porque en lugar de desvelar dudas, planteaba más. Por eso y porque, al igual que sucede con la tercera temporada, se parecía más bien poco a la serie original. Fuego, camina conmigo era mucho más oscura, adulta y deprimente, y a esto debemos sumarle el hecho de que su metraje fue reducido en más de una hora. Eso significa un buen puñado de cabos sueltos y momentos que, se miren por donde se miren, no tienen explicación.
Entonces, ¿Lynch ha obviado la película a la hora de escribir la temporada tres? ¡NO! No sólo no la ha ignorado, sino que es imprescindible haberla visto para poder “entender” (nótense las comillas) algunos momentos clave de la nueva temporada. Pero es que además de eso, The return ha heredado el tono y la atmósfera onírica y pesadillesca de la película, elementos más remarcados en el film que en la serie original (que ya es decir).
Para muchos, esto será una tortura. Para mí, que la película me parece fabulosa, es un regalo.
Hay una escena de la película, uno de esos momentos sin sentido que huelen a que hubo que cortar metraje explicativo, que ha sido más o menos aclarada en la tercera temporada. Es una explicación extraña, muy loca, muy de vamos a improvisar algo mientras nos tomamos el décimo café del día, pero resulta efectiva y da a la serie una nueva lectura sobrenatural. Y no es que Twin Peaks ande escasa de elementos sobrenaturales, pero uno más siempre es bienvenido.
Me refiero a la demencial escena en la que aparece el agente especial Philip Jeffries, interpretado por David Bowie. En esta secuencia, Jeffries hace acto de presencia mediante una ¿teletransportación? ¿Cruzando una puerta interdimensional? ¿Viajando en el tiempo? No lo sé. La cuestión es que el tío aparece en la oficina del FBI muy desubicado y desorientado, pero su presencia también llama la atención de su jefe, Gordon Cole, que se sorprende mucho al verle, e incluso hace alusión a que Jeffries desapareció tiempo atrás sin dejar rastro…  Hasta ahora, que ha regresado de nadie sabe donde.
En esta escena, Jeffries dice dos cosas clave. Primero comenta que no quiere que nadie mencione a Judy, y segundo se pone un poquitín histérico al ver al bueno de Dale Cooper, a quien acusa de ser un impostor. Todo el mundo presente en la oficina se queda con cara de ¿pero qué me estás contando?, y el espectador también, claro.
¿Quién es Judy? Un misterio que se planteó en 1992 y que desde entonces ha sido tema de conversación entre los fans de esta serie. Pero el enigma se resolvió en 2017 gracias a la tercera temporada, donde se nos revela que Judy es en realidad una antiquísima entidad maligna llamada Jiao Dai, y que resulta ser el villano principal de la serie, causante de todos los males.
Otra cosa que se nos aclara es que dentro del FBI existe un departamento especial secreto llamado Rosa Azul, encargado de resolver casos de índole sobrenatural o extraterrestre. A ese departamento especial pertenecía el ilocalizable Philip Jeffries, motivo por el cual terminó viajando en una de sus misiones a una dimensión paralela y cruzándose con la peligrosa Judy, de ahí que conozca su existencia.
Y queda otra cuestión: ¿por qué se altera tanto cuando Jeffries ve a Dale Cooper? Muy sencillo, al ser un viajero en el tiempo y conocer el futuro, sabe que Cooper acabará teniendo un doppelgänger maligno, motivo por el cual no sabe si ese Cooper es el bueno o el malo.
Lamentablemente, David Bowie falleció durante el rodaje de la tercera temporada sin darle tiempo a rodar su regreso como el agente Philip Jeffries. Pero estamos en una obra de David Lynch, así que todo es posible. De modo que sí, amigos, en la tercera temporada tenemos de vuelta a Jeffries, aunque no con la apariencia que esperábamos. En esta ocasión, y dado que Bowie no estaba disponible, Lynch decidió convertir al agente Jeffries en una cafetera parlante. ¿Por qué? Porque sí, chavales, porque sí. ¿No es maravilloso?
David Lynch ha sido muy valiente al no ser complaciente con nadie, ni siquiera con los fans de Twin Peaks.



3. SALIMOS DE TWIN PEAKS
Otra decisión arriesgada por parte de Lynch y Frost ha sido expandir la historia más allá de las fronteras del idílico pueblo que da nombre a la serie. De esta forma, Nueva York y Las Vegas son dos de los nuevos escenarios habituales en The return. Y digo que es una decisión arriesgada porque ampliar el universo twinpeaksniano del modo en que lo han hecho, puede suponer un rompecabezas al que no todos estén dispuestos a jugar. Al haber más localizaciones, se abren frentes, muchos frentes, cada vez más frentes… ¡Una puñetera tonelada de frentes! Sólo en los dos primeros episodios ocurren más cosas que en algunas temporadas completas de otras series. Es demencial. Lo más estresante es que la serie avanza y, en lugar de resolver las quinientas subtramas pendientes, crea otras o retuerce las ya existentes, y llega un punto, cuando la serie se acerca peligrosamente al episodio final, el dieciocho, en que parece que no habrá tiempo de zanjar los asuntos que se llevan planteando desde el primer capítulo. Experimentos secretos relativos a otras dimensiones, asesinatos inexplicables, vórtices, dobles malignos, tipos con superpoderes, vagabundos terroríficos que van por ahí pidiendo fuego y asesinando, viajes en el tiempo, monstruos, realidades alternativas, mafiosos… Quizá sea la mezcla más extraña y desquiciada de la historia del audiovisual. Para un guionista, lidiar con todo eso debe ser una labor titánica.



4. GOTTA LIGHT
Toda la serie, incluyendo sus dos o tres episodios más flojos e insustanciales, es una obra de arte contada en dieciocho horas. Quizá el evento televisivo más arriesgado, personal y LIBRE con el que nos hayamos topado en décadas.
Y luego está el episodio ocho, un punto y aparte. Ningún capítulo de The return es normal ni comercial, pero la locura desatada en el octavo, titulado Gotta light, es digno de estudio. Es el capítulo más surrealista y desquiciado, y al mismo tiempo uno de los que arrojan más luz, al menos en lo referente a un tema muy concreto: la llegada de Jiao Dai a nuestro mundo… o algo así. Sólo diré que la culpa de todo la tiene una explosión atómica ocurrida en los años 40.
El episodio, de una belleza estética superior (esa preciosa y sugerente fotografía en blanco y negro contrasta con el feísmo visual de los otros capítulos), funciona como un relato de ciencia ficción dura, a lo Philip K. Dick (toda la temporada parece influenciada por este escritor, dicho sea de paso) y una historia de terror.
Es duro hablar de este capítulo sin perder pelo mientras se hace, ya que como ocurre con buena parte de la filmografía de David Lynch, se puede describir pero no explicar.



CONCLUSIÓN
Twin Peaks: The return es una serie (o película de dieciocho horas, como la describe el propio David Lynch) que se mueve en tierra de nadie. Por una parte, y como ya he explicado antes, no busca complacer a nadie, ni siquiera a los fans de la serie original... Tal vez podría decirse que el público perfecto para The return se encuentra en la gente que disfrutó con alguna de las obras más crípticas de Lynch, como Mulholland Drive, Fuego, camina conmigo, Inland Empire o Carretera Perdida. Y por otro lado, ningún consumidor de series convencionales aguantaría más de un episodio de este experimento audiovisual.
Pero resulta que, justo por eso, estamos ante una serie magnífica, única, compleja y terrorífica que ha conseguido algo que muy pocas series logran conmigo: mantenerme en vilo y hacerme desear la llegada del siguiente lunes para poder disfrutar de un nuevo capítulo, una nueva dosis de televisión gourmet. Y no sólo eso, sino que también ha dinamitado todas las expectativas y conjeturas, ya que resulta imposible saber por dónde van a ir los tiros de un capítulo a otro. Da igual lo que haya ocurrido en el episodio que acabas de ver; el próximo saldrá por donde menos te esperas, te cortocircuitará la cabeza… y querrás más.




viernes, 4 de mayo de 2018

Humildad cinéfila

“¡Qué película más mala! No se entiende, es rara”. Es una afirmación que he escuchado y leído en infinidad de ocasiones, más las que me quedan. Es agotador, chavales, muy agotador. Cada vez que escucho decir algo así, me salen canas.
Esa frase habría que meterla en el mismo saco donde metieron a “no me gusta porque es mala”, otra sentencia que tiene miga. Y es que, del mismo modo que una película no es mala sólo porque a ti no te guste, tampoco está mal contada sólo porque tú no la hayas entendido. Baja los humos.
Una película, pongamos Mulholland Drive, de mi querido David Lynch, puede ser atípica, puede saltarse todos los convencionalismos narrativos que quiera, y aún así estar bien contada dentro del contexto y estilo pretendidos por su autor. ¿No la has comprendido? Quizá el problema sea tuyo, espectador. Siempre hay que plantearse eso. Y ahí es a donde quería llegar.
El espectador no es Dios, no es infalible, no es todopoderoso. A veces, una película es más grande que el espectador, y está por encima de él. Le supera. Cuanto antes entendamos eso, cuanto antes se nos meta en la cabeza, antes dejaremos de decir gilipolleces.  


Hay muchas razones por las que nunca hago caso a la crítica, ya sea profesional o de “gente normal”, y sólo me fío de mi criterio, mis preferencias y mi instinto cinéfilo. Y una de las razones por las que no me guío por opiniones ajenas es que nunca, jamás, en mi vida he escuchado decir “la película no me ha gustado, pero es culpa mía”. Y eso, amigos, ocurre muchísimo. A veces no es la película, eres tú.
Margin Call, por ejemplo. Entiendo que es una buena película, reconozco sus valores cinematográficos, su buen guión y sus grandes interpretaciones… pero no es una película para mí, y por eso no me gustó. Trata temas bastante espesos relacionados con la economía, y como yo soy un gañán que no tiene ni idea de esos asuntos, no entendí nada. No es que sea mala, que no lo es, lo que ocurre es que YO no estoy a la altura. Carezco de los conocimientos necesarios para no perderme en su trama.
¿Veis? Una película puede no gustar y, al mismo tiempo, ser buena. Porque preferencias aparte, los valores cinematográficos de que dispone una película están ahí, y no todo es subjetivo. Es sano ser consciente de que una película que te ha gustado es mala, tanto como saber que una película es buena pese a no haberte entusiasmado. La objetividad existe aunque muchos lo nieguen: un guión puede ser bueno o malo, una escena de acción puede rodarse bien o mal, una interpretación puede ser creíble o mediocre. Ni todo lo que nos gusta es bueno, ni todo lo que rechazamos es malo, pero este otro asunto da para todo un artículo, así que mejor lo dejamos aquí.

Tenemos que empezar a plantearnos cambiar el “no se entiende” por el “YO no la entiendo”, el “la película es mala” por el “A MÍ no me ha gustado”. Y sí, hay películas mal contadas y plagadas de errores de guión, pero nuestra labor como espectadores es saber diferenciar cuándo el problema lo tiene la película y cuándo lo tenemos nosotros.

El espectador y la crítica deberían quitarse la mala costumbre de juzgar siempre desde un trono elevado, creyéndose superiores a cualquier película que decidan fusilar, y considerar la opción de admitir, aunque sólo sea de vez en cuando, que algunas de las películas que no les han gustado están bien, y que son ellos quienes, por el motivo que sea, no han estado a la altura o simplemente no eran los espectadores apropiados para ese título.

viernes, 23 de marzo de 2018

El espectador solitario

¿No os habéis fijado en que existe una opinión generalizada, según la cual ir solo al cine denota rareza? En fin, no sé, yo me he cruzado con mucha gente que ha dicho o dado a entender que ir al cine sin compañía es algo extraño, poco sano, incluso digno de lástima.
¿Por qué? Ver una película, al igual que escuchar música o leer un libro, es una actividad solitaria. Cierto es que de esos tres ejemplos, el único que de verdad acepta la presencia de más gente involucrada es el cine, pero que la acepte no significa que sea imprescindible. Nadie pone en tela de juicio escuchar música en soledad, con tus cascos o tirado en el sofá con los altavoces a todo trapo, entonces ¿por qué está relativamente mal visto ir solo al cine, si prácticamente es lo mismo?

Krypton Planeta Antequera
Yo siempre he sido un tipo independiente. Aprendí a estar solo y hacer cosas solo, porque total, no me quedaba más remedio. Era adaptarme o morir de asco.
Pasé buena parte de mi infancia y adolescencia en un cortijo en mitad del campo, sin gente de mi edad cerca, por lo que, si quería entretenerme, debía hacerlo por mi cuenta y sin contar con nadie. Ver películas (bendita difunta Vía Digital. Me salvó la vida y me descubrió todo un abanico de películas que, hasta ese momento, no conocía ni estaban a mi alcance), leer, escribir, tirar piedras al río, dibujar o perderme por los caminos de tierra con mi bicicleta eran las únicas actividades que podía hacer si quería sobrevivir al sopor.
No he vivido una infancia llena de amigos con los que jugar en el parque por la tarde después del cole. Lo que me encontraba cuando ponía un pie fuera de casa era una basta llanura repleta de caminos polvorientos, campos de cultivo, siniestras casas rurales (para mí lo eran, sobre todo desde que vi La matanza de Texas), cabras y tractores.
Con semejante panorama, me acostumbré a estar solo, y cuando por fin pude salir del mundo rural y dar con mis huesos en la urbe, no necesitaba la compañía de nadie.
De acuerdo, sí, hice amigos, pero no me desvivía por tener una vida social rica y abundante. Con una o dos personas de confianza, me bastaba. Lo justo para salir a dar una vuelta y comernos una bolsa de patatas en el Paseo Real.

Después de esta chapa, comprenderéis la razón por la que nunca me ha hecho falta nadie para, entre otras cosas, plantarme en el cine.
Salvo excepciones muy puntuales, mis amistades de aquellos años no compartían conmigo aficiones, razón por la cual debía descartar ir al cine con ellos. No concebían la idea de gastar dinero en ver algo que podían descargar en Internet. No eran cinéfilos, y por lo tanto no entendían esa pasión, de la misma forma que yo no gastaría noventa minutos de mi vida en ver un partido de fútbol. Cuestión de preferencias.
En cualquier caso, ¿qué podía hacer yo, renunciar a mi sesión semanal cinematográfica por no tener acompañante? Ni hablar. Así que todas las semanas, eligiendo las sesiones adecuadas para no encontrarme la sala hasta arriba de peña (la primera sesión suele ser la mejor si quieres compartir la sala con el menor número posible de seres humanos), pateaba hasta el antiguo Eroski, escuchando música en mi Mp3. Solo y contento.

Pero independiente de las circunstancias personales que me han llevado a manejar mi tiempo libre sin necesidad de que haya gente conmigo, creo que ir solo al cine es un acierto y una mina de ventajas. Si te toca una persona afín a tus gustos y manías, es un placer ver películas acompañado, pero si eso no ocurre, y no suele ocurrir, se convierte en una pesadilla.

Krypton Planeta Antequera
Las ventajas básicas de ir solo al cine son estas:

No llegas tarde
Ya sabéis que existe gente que vive con la hora pegada al culo, corriendo y llegando tarde a todas partes. Yo ODIO eso. Me gusta ir tranquilo, con tiempo, y llegar al cine media hora antes para sacar las entradas, comprar palomitas, buscar mi asiento y ver los trailers.
Son manías que no todos entienden, por eso prefiero hacer las cosas solo, a mi manera, y ahorrarme dar explicaciones.

Ves la película que quieres
Así de sencillo. Si no compartes gustos con la otra persona, es posible que terminéis decidiendo a cara o cruz qué vais a ver. Pero como a mí no me gusta el azar, prefiero ir solo y ver lo que me apetezca sin entrar en discusiones.

Fuera móviles
Te puede tocar ir con uno de estos tecnozombis que necesitan mirar el móvil cada cinco minutos. ¿Y quién quiere eso? Si ya me molestan los que no conozco, imaginad ver una película acompañado por alguien que desvía su atención continuamente para echar un vistazo a ese aparato infernal, y de paso deslumbrarte.

Elegir asiento
Hay gente que, por alguna razón extraña, acostumbra a sentarse en la última fila, la de arriba. A esa altura, chaval, es casi como ver la película en la pantalla de tu televisor. Para eso, mejor no vayas al cine.
Yo he tenido que sentarme en esa última fila por cortesía y por no ponerme a explicar a mis acompañantes (¡y encima era yo contra todos!) las razones por las que sentarse ahí voluntariamente me parece tontísimo.
Tampoco es cuestión de sentarse en la primera fila; eso es un horror incluso mayor. Lo ideal es hacerlo por la mitad.

Se mire por donde se mire, salvo que tu acompañante comparta tus mismas filias y fobias, ir al cine con gente suele ser un calentamiento de cabeza que, a poco que nos importe tres narices lo que los demás piensen, podemos evitar con mucha facilidad.


jueves, 8 de marzo de 2018

JUGGERNAUT

Ya que JUGGERNAUT, mi segunda novela, está en la recta final de su escritura (sin contar la corrección, que será otro trecho), creo oportuno dar un poquito la brasa y contar un par de cosas sobre ella.
Para empezar, la cosa se me ha ido de las manos (profesional... Muy profesional). Lo que tenía pensado que fuese relativamente serio y terrorífico, ha terminado convirtiéndose en chufla, disparate y situaciones de mear y no echar gota. Pero da igual, porque al final el cambio de tono ha servido para relajarme, dejarme llevar y tirar por la borda cualquier pretensión. Juggernaut es cachondeo, humor negro y mala uva, y tengo que asumirlo.

Para hacernos una idea de lo que hablo, en la realidad alternativa que habita Neil Sanderson, el villano, se dan las siguientes circunstancias:
-La película de Superman protagonizada por Nicolas Cage existe. 
-John Lennon sigue vivo, pero Paul McCarthey acaba de ser tiroteado a manos de un fan cabreado por haber usado auto-tune en su último éxito. 
-El incidente de Roswell es de dominio público. Todo el mundo sabe que allí se estrelló una nave extraterrestre.



Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...