viernes, 4 de junio de 2010

Incomunicados (relato)

Ya que tenía la tarde libre me he propuesto escribir algo y aprovechar un poco el tiempo, que ya hacía mogollón que no escribía nada.
Esto es lo que yo llamo un relato-express, escrito en una media hora mas o menos jaja.
A ver que os parece, porque me he alejado un poco de lo que suelo escribir (los que hayan leido al menos 2 relatos mios sabrán a que me refiero). Pero bueno, me apetecía cambiar un poco de registro.

INCOMUNICADOS

-Cielo, pásame el agua, que estoy seco -dijo Santiago con voz suave y apagada a su mujer, Sonia, que permanecía recostada en el asiento de copiloto. Sacó de la guantera un botellín de agua, algo recalentada, y se la dio a su esposo.
-Ten cuidado, a ver si van a multarte -aconsejó ella.
-¿Por qué? Lo que no se puede hacer es hablar por teléfono, pero beber para no perder el conocimiento y estrellarte no creo que sea digno de penalización. Dios, que asqueroso calor. Por cierto, a ver si la próxima vez que volvamos nos llevamos una tele o una radio o algo, porque se hace un poquito larga la estancia en mitad del monte cuando lo único que puedes escuchar es a los grillos, y a veces ni eso.
La joven pareja volvía a la ciudad después de pasar el fin de semana en su casa de campo, cuidando del huerto, alimentando a las gallinas y limpiando el polvo acumulado. En definitiva, sustituyendo el trabajo en la ciudad por el trabajo en el campo. No es precisamente lo que se dicen unas vacaciones.
La carretera, rodeada de campos de pasto verde y nubes altas que cubrían casi la entera totalidad del azul del cielo, estaba prácticamente desierta. De vez en cuando se cruzaban con algún vehículo en dirección contraría, pero poco más.
En el reproductor de CD sonaba un recopilatorio de Blondie. En este momento, Sunday girl.
De pronto Sonia dio un espaviento abriendo mucho los ojos alarmada -¡mierda!- dijo.
-¿Qué pasa? –Le preguntó Santiago.
-Que se me ha olvidado encerrar a las gallinas. Ya sabía yo que no teníamos que habernos ido con prisas.
-Bueno mujer, no pasa nada. ¿qué más da? Estarán sueltas hasta el fin de semana que viene y comerán hierba y bichos. Mejor, así nos ahorramos dinero en pienso -comentó el marido quitándole importancia al asunto.
-Lo malo es que se vayan a perder...
-¡Anda ya! Seguro que no se alejan del corral.
Mientras hablaban sobre el asunto se cruzaron con un coche a toda velocidad que Sonia identificó al momento.
-Oye, ese era Eusebio ¿no? Vaya velocidad que llevaba...
-¿Quién?
-Eusebio. Tu barbero -aclaró ella.
-¿Ah si? Que raro. Se supone que a esta hora tendría que estar en la barbería. Se habrá tomado el día libre.
-Puede que si.
-O puede que no. Hoy es lunes ¿no?
-Si, si.
Santiago mantuvo silencio pensativo durante unos segundos.
-Pues si, entonces es raro que no esté currando, y mas aún con lo agarrado que es para el dinero.
A la vez que Santiago y Sonia comentaban el “extraño” encuentro, el coche de Eusebio daba cuatro vueltas de campana al tomar una curva y se cubría de llamas en el acto.
La pareja no se enteró del accidente pese a que este fue perfectamente visible.
-Oye Santi, ¿el parte meteorológico ha dicho algo de tormenta?
-Que yo sepa no ¿porqué?
-No se, es que llevo escuchando truenos desde que nos alejamos de la casa.
-Yo también he oído algo, pero no creo que sea tormenta. Suena mas bien como golpes. Debe haber unas obras por aquí cerca.
Continuaron su viaje en mitad de un bochorno espantoso, casi sobrenatural. No había el menor rastro del sol, sin embargo la temperatura rondaba los 39º.
-Pues parece que este fin de semana no ha salido mucha gente -comentó Santiago.
-Ya ves. No se ve un alma.
-Va a ser el calor ¿sabes? Ha venido de un día para otro y eso a la gente no le gusta, así que se habrán quedado en casa con el aire acondicionado.
-¿Y tu qué sabes?
-No, si te parece se van a ir a cuidar gallinas con esta mierda de calor. ¡Venga ya!
-Pero se suponía que a ti te gustaba el campo.
Santiago miró a su mujer con el ceño fruncido y casi escandalizado.
-Sonia, eso en invierno. Ahora como comprenderás es un tostón plantarte allí. Lo que más me gusta del campo es encender la chimenea, y tu me dirás lo que hacemos ahora encendiéndola.
-Hay mas cosas que hacer. Barbacoas, por ejemplo.
-Una barbacoa implica fuego; fuego igual a calor. No, paso.
Diez minutos mas de viaje y ya empezaron a divisar la ciudad, sumida en una neblina provocada por el calor. Un espejismo infernal de hormigón ardiente.
Sin embargo algo llamó la atención de la pareja. Unas enormes columnas de humo negro se levantaban junto a los edificios, y eso no estaba ahí el viernes por la tarde cuando pusieron rumbo a la casa de campo.
Frenaron en seco y hasta el disco de Blondie sonó a rayado durante unos segundos.
-¡Mira Sonia!
-¿Qué es eso? ¿hay cinco incendios a la vez o que pasa?
-No lo sé. Puede ser ¿verdad?
-Puede, pero yo no lo creo -dijo la chica mientras le daba un largo trago a la botella de agua.
Entonces vieron acercarse otro coche a toda velocidad, humeante y renegrido, como si algo le hubiese quemado toda la carrocería. Uno de sus neumáticos ardía incluso.
El coche se detuvo bruscamente al lado del vehículo de Santiago y Sonia. Conducía un tipo de unos cuarenta años, vestido con traje y corbata pero totalmente desaliñado, sudoroso y con barba de varios días.
-¿Pero a qué venís? ¡iros! -les gritó el desconocido asomando la cabeza por la ventanilla y alargando el cuello.
-No sabemos que pasa -dijo Santiago visiblemente alarmado.
-¿Estáis de broma o qué? ¿Cómo que qué pasa?
Sonia levanto la voz para hablar también -Es que hemos pasado el fin de semana en el campo.
El desconocido la miró y negó con la cabeza sin soltar el volante, como si la vida le fuese en ello -Pues dad marcha atrás- Dicho esto aceleró y se perdió de vista.
La pareja permaneció en silencio totalmente desconcertada, con la mirada fija en aquella ciudad sumida en su supuesto caos.
Santiago agudizó la vista y vio algo rondando las enormes columnas de humo. Pequeños puntos negros que sobrevolaban la ciudad de un extremo a otro.
-Sonia, dame los prismáticos.
La chica rebuscó de nuevo en la guantera hasta que los encontró y se los dio a su marido, que inmediatamente miró a través de ellos en dirección a la ciudad.
Los puntos negros, vistos con mas detalle, resultaron ser platillos volantes o al menos algo terriblemente parecido.
Santiago devolvió los prismáticos a Sonia y se secó el sudor de la cara con el dorso de la mano.
-¿Qué has visto? -preguntó ella alarmada y ante todo, intrigada.
-Bueno... digamos que... mejor vamos a encerrar a las gallinas ¿vale? En fin...

Y aquí la banda sonora, ¡juas!

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