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sábado, 15 de noviembre de 2014

Drácula: la leyenda jamás contada


Si os digo que esperaba la nueva película de Drácula con ganas e interés os estaría mintiendo, porque, de hecho, lo que me sorprende es haberla llegado a ver. Cierto es que tuve cierta curiosidad cuando se anunció el proyecto y dijeron que la historia giraría en torno a la figura del Drácula histórico, es decir, Vlad el empalador, pero luego fueron explicando de qué iba a ir la cosa exactamente, aclarando que habría elementos sobrenaturales y demás, lo cual me hizo perder mucho interés aunque me siguiera despertando cierta curiosidad, pero todo se esfumó cuando salió el trailer y comprendí que aquello iba a ser un truño. ¿La prejuzgué sin verla? Sí, pero no me equivoqué. Había que tener la cabeza muy metida en el culo para no saber, aunque sólo fuese por el trailer, que esta película iba a ser lamentable. 
Me dio especial rabia porque habría sido una gran oportunidad para, por fin, dejar de lado al Drácula literario (y no lo digo con desprecio, pero es que ya hay cientos de películas sobre este personaje) y centrarse en la figura de Vlad Tepes, el psicótico príncipe de Rumanía que empaló y masacró de múltiples, divertidas y creativas formas a miles de turcos que algo habrían hecho para acabar así.
Es cierto que reflejar en una película comercial, fielmente y sin edulcorar, las atrocidades que cometió este buen señor sería impensable, pero sin embargo me resulta raro que, por ejemplo, la HBO no haya pensado hacer una serie sobre el tema. Algún día, supongo.

Sea como sea, al final me zampé la película. 
Drácula: la leyenda jamás contada es un quiero y no puedo brutal, primero porque no es una película sobre Vlad Tepes (aunque por momentos lo intenta), y segundo porque tampoco es una película sobre el Drácula literario (cosa que también intenta). Es un batiburrillo de ambos salpicado de efectos especiales a tutiplén, influencia del actual cine de superhéroes, rollito Juego de Tronos y tanta corrección política (que a un tipo le corten los dos brazos y no salga ni una gota de sangre es como para pensárselo) y cobardía creativa que os hará vomitar arco iris y cagar duendes. 
Una película pensada para la Generación Smartphone y su preocupante déficit de atención, es decir, un filme cimentado sobre el siguiente concepto: ritmo, ritmo, ritmo, ritmo, efectos especiales, poquito diálogo y trama lo suficientemente simple como para enterarte de todo aunque consultes el móvil cada cinco minutos.
Joder, qué triste, ¿no? 

Luke Evans, el elegido para interpretar a Drácula, no da para mucho ni es el apropiado para el papel. Es un actor sin carisma y con un talento que no destaca en absoluto, pero tiene una tableta de chocolate como Dios manda y unos pectorales que podrían servir como saco de boxeo, y bueno, ya sabemos que hoy en día con eso basta para poder interpretar desde a Adolf Hitler hasta a Alberto Chicote. 
El resto del reparto carece de interés y no voy a entrar a comentarlo porque no hay mucho donde rascar, eso sí, los fans de Juego de Tronos se alegrarán de ver a Charles Dance haciendo de nosferatu raro. 

Vamos, que no hay mucho que decir sobre este productillo de usar, tirar y olvidar. Lo único bueno que se me ocurre es que la película, no voy a negarlo, es entretenida a rabiar, y no porque sólo dure 90 minutos, sino porque no da tregua. Hay que mantener despierta a la Generación Smartphone, recordad; si metes dos minutos de diálogo se duermen. 
En fin, no sé, al menos es mejor que Yo, Frankenstein, cuyo único mérito es conseguir aburrir pese a colar escenas de acción constantemente. 

Me sigo quedando con la versión de Francis Ford Coppola, que para mí es la mejor película de Drácula hasta la fecha, y dudo mucho que cambie de opinión.
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