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jueves, 21 de junio de 2018

Twin Peaks: The return


Diga lo que diga en este artículo, no va a estar a la altura de la tremenda barbaridad que David Lynch regaló a sus fans el pasado verano. Me falta vocabulario y talento para reseñar esta monstruosidad como es debido.
Pese a todo, me gustaría dedicar unos párrafos a hablar no de la serie en sí, sino concretamente de su tercera temporada. ¿El motivo? Si el Twin Peaks original de los 90 fue rompedor, lo que ha sucedido con su tercera temporada, estrenada 25 años después, resulta indescriptible.
Quizá no sea objetivo, ya que todo lo que hace David Lynch me vuelve loco, pero es innegable que Twin Peaks: The return ha sido un puñetazo sobre la mesa. Tal vez sea la primera vez en la historia de la televisión que un autor tan poco digerible por los mainstreams ha hecho lo que le ha dado la real gana, sin complejos, y además con un presupuesto y un reparto más que considerables.
Quisiera condensar mi opinión en un solo artículo, así que voy a dividirlo en secciones para organizar las ideas y no acabar haciendo un caótico gazpacho.
Vamos allá.



1. NUEVO LOOK
Creo que todos los fans de Twin Peaks esperábamos de esta tercera temporada un producto similar a las temporadas una y dos, pero no ha sido así. Esto, como no podía ser de otra forma, ha provocado ira y admiración a partes iguales, dividiendo al público y bla, bla, bla… Vamos, lo que ocurre siempre. ¿Alguna película o serie no divide al público? ¿Hay algo que guste o sea odiado de forma cien por cien unánime?
Pero es verdad que la primera toma de contacto, ese momento mágico en que ves los minutos iniciales del primer episodio, se hace raro. Bastante raro, de hecho, y eso que Twin Peaks siempre ha sido una serie rara y marciana, pero es que ahora había que sumarle a eso un radical cambio estético, con una fotografía bastante fea, como de película barata o amateur, y unos efectos especiales que son, casi siempre, una chufla. Pero nada de eso es casual, porque nada es casual cuando se trata de gente como David Lynch.
De modo que sí, la primera toma de contacto con The return se atraganta, se observa con rechazo, pero acabas entrando de lleno, y lo haces porque, aunque esto a priori no parezca Twin Peaks, huele al inconfundible sello de su director. Tal vez nos sintamos desubicados al principio, pero no tardamos en comprender que estamos en el mismo lugar de siempre, ese lugar al que somos arrastrados cuando decidimos bucear en la obra de David Lynch. Volvemos a estar inmersos en una de sus histéricas y aterradoras pesadillas. Nada nuevo, por suerte.
Quisiera pensar que esto es lo que siempre quiso Lynch para Twin Peaks. Me explico: la serie original, formada por dos temporadas, acaba mutando en algo que poco o nada tenía que ver con lo que nos ofrecía al principio, y todo eso fue, como de costumbre, por culpa de los ejecutivos, los de la pasta, empeñados en poner freno a los artistas. De modo que Lynch perdió interés por la serie, la abandonó, y no fue hasta su recta final que decidió regresar y trata de poner las cosas en orden, aunque para entonces ya era tarde. La audiencia había caído en picado y la serie iba a morir cancelada.
Con esto quiero decir que, aunque esas dos primeras temporadas fuesen extrañas y lynchnianas, estaban domesticadas, o al menos lo estaban en parte. No es que fuesen un producto de consumo masivo, pero… casi. En cambio, The return es una temporada en la que David Lynch y Mark Frost (la otra mitad de esta obra) han tenido libertad para hacer lo que quisieran, de ahí que no haya compasión hacia el espectador. Twin Peaks: The return es una serie desatada que no pretende caer bien a nadie, ni siquiera a los fans de la original.
Tengo la impresión de que Lynch y Frost siempre quisieron hacer esto, pero como en su momento no pudieron o no les dejaron, ahora han dado rienda suelta al maravilloso cacao mental que a estos señores les burbujea en la cabeza.



2. FUEGO, CAMINA CONMIGO
La película de Twin Peaks, revalorada con el paso de los años, fue odiada e incomprendida en su momento, principalmente porque en lugar de desvelar dudas, planteaba más. Por eso y porque, al igual que sucede con la tercera temporada, se parecía más bien poco a la serie original. Fuego, camina conmigo era mucho más oscura, adulta y deprimente, y a esto debemos sumarle el hecho de que su metraje fue reducido en más de una hora. Eso significa un buen puñado de cabos sueltos y momentos que, se miren por donde se miren, no tienen explicación.
Entonces, ¿Lynch ha obviado la película a la hora de escribir la temporada tres? ¡NO! No sólo no la ha ignorado, sino que es imprescindible haberla visto para poder “entender” (nótense las comillas) algunos momentos clave de la nueva temporada. Pero es que además de eso, The return ha heredado el tono y la atmósfera onírica y pesadillesca de la película, elementos más remarcados en el film que en la serie original (que ya es decir).
Para muchos, esto será una tortura. Para mí, que la película me parece fabulosa, es un regalo.
Hay una escena de la película, uno de esos momentos sin sentido que huelen a que hubo que cortar metraje explicativo, que ha sido más o menos aclarada en la tercera temporada. Es una explicación extraña, muy loca, muy de vamos a improvisar algo mientras nos tomamos el décimo café del día, pero resulta efectiva y da a la serie una nueva lectura sobrenatural. Y no es que Twin Peaks ande escasa de elementos sobrenaturales, pero uno más siempre es bienvenido.
Me refiero a la demencial escena en la que aparece el agente especial Philip Jeffries, interpretado por David Bowie. En esta secuencia, Jeffries hace acto de presencia mediante una ¿teletransportación? ¿Cruzando una puerta interdimensional? ¿Viajando en el tiempo? No lo sé. La cuestión es que el tío aparece en la oficina del FBI muy desubicado y desorientado, pero su presencia también llama la atención de su jefe, Gordon Cole, que se sorprende mucho al verle, e incluso hace alusión a que Jeffries desapareció tiempo atrás sin dejar rastro…  Hasta ahora, que ha regresado de nadie sabe donde.
En esta escena, Jeffries dice dos cosas clave. Primero comenta que no quiere que nadie mencione a Judy, y segundo se pone un poquitín histérico al ver al bueno de Dale Cooper, a quien acusa de ser un impostor. Todo el mundo presente en la oficina se queda con cara de ¿pero qué me estás contando?, y el espectador también, claro.
¿Quién es Judy? Un misterio que se planteó en 1992 y que desde entonces ha sido tema de conversación entre los fans de esta serie. Pero el enigma se resolvió en 2017 gracias a la tercera temporada, donde se nos revela que Judy es en realidad una antiquísima entidad maligna llamada Jiao Dai, y que resulta ser el villano principal de la serie, causante de todos los males.
Otra cosa que se nos aclara es que dentro del FBI existe un departamento especial secreto llamado Rosa Azul, encargado de resolver casos de índole sobrenatural o extraterrestre. A ese departamento especial pertenecía el ilocalizable Philip Jeffries, motivo por el cual terminó viajando en una de sus misiones a una dimensión paralela y cruzándose con la peligrosa Judy, de ahí que conozca su existencia.
Y queda otra cuestión: ¿por qué se altera tanto cuando Jeffries ve a Dale Cooper? Muy sencillo, al ser un viajero en el tiempo y conocer el futuro, sabe que Cooper acabará teniendo un doppelgänger maligno, motivo por el cual no sabe si ese Cooper es el bueno o el malo.
Lamentablemente, David Bowie falleció durante el rodaje de la tercera temporada sin darle tiempo a rodar su regreso como el agente Philip Jeffries. Pero estamos en una obra de David Lynch, así que todo es posible. De modo que sí, amigos, en la tercera temporada tenemos de vuelta a Jeffries, aunque no con la apariencia que esperábamos. En esta ocasión, y dado que Bowie no estaba disponible, Lynch decidió convertir al agente Jeffries en una cafetera parlante. ¿Por qué? Porque sí, chavales, porque sí. ¿No es maravilloso?
David Lynch ha sido muy valiente al no ser complaciente con nadie, ni siquiera con los fans de Twin Peaks.



3. SALIMOS DE TWIN PEAKS
Otra decisión arriesgada por parte de Lynch y Frost ha sido expandir la historia más allá de las fronteras del idílico pueblo que da nombre a la serie. De esta forma, Nueva York y Las Vegas son dos de los nuevos escenarios habituales en The return. Y digo que es una decisión arriesgada porque ampliar el universo twinpeaksniano del modo en que lo han hecho, puede suponer un rompecabezas al que no todos estén dispuestos a jugar. Al haber más localizaciones, se abren frentes, muchos frentes, cada vez más frentes… ¡Una puñetera tonelada de frentes! Sólo en los dos primeros episodios ocurren más cosas que en algunas temporadas completas de otras series. Es demencial. Lo más estresante es que la serie avanza y, en lugar de resolver las quinientas subtramas pendientes, crea otras o retuerce las ya existentes, y llega un punto, cuando la serie se acerca peligrosamente al episodio final, el dieciocho, en que parece que no habrá tiempo de zanjar los asuntos que se llevan planteando desde el primer capítulo. Experimentos secretos relativos a otras dimensiones, asesinatos inexplicables, vórtices, dobles malignos, tipos con superpoderes, vagabundos terroríficos que van por ahí pidiendo fuego y asesinando, viajes en el tiempo, monstruos, realidades alternativas, mafiosos… Quizá sea la mezcla más extraña y desquiciada de la historia del audiovisual. Para un guionista, lidiar con todo eso debe ser una labor titánica.



4. GOTTA LIGHT
Toda la serie, incluyendo sus dos o tres episodios más flojos e insustanciales, es una obra de arte contada en dieciocho horas. Quizá el evento televisivo más arriesgado, personal y LIBRE con el que nos hayamos topado en décadas.
Y luego está el episodio ocho, un punto y aparte. Ningún capítulo de The return es normal ni comercial, pero la locura desatada en el octavo, titulado Gotta light, es digno de estudio. Es el capítulo más surrealista y desquiciado, y al mismo tiempo uno de los que arrojan más luz, al menos en lo referente a un tema muy concreto: la llegada de Jiao Dai a nuestro mundo… o algo así. Sólo diré que la culpa de todo la tiene una explosión atómica ocurrida en los años 40.
El episodio, de una belleza estética superior (esa preciosa y sugerente fotografía en blanco y negro contrasta con el feísmo visual de los otros capítulos), funciona como un relato de ciencia ficción dura, a lo Philip K. Dick (toda la temporada parece influenciada por este escritor, dicho sea de paso) y una historia de terror.
Es duro hablar de este capítulo sin perder pelo mientras se hace, ya que como ocurre con buena parte de la filmografía de David Lynch, se puede describir pero no explicar.



CONCLUSIÓN
Twin Peaks: The return es una serie (o película de dieciocho horas, como la describe el propio David Lynch) que se mueve en tierra de nadie. Por una parte, y como ya he explicado antes, no busca complacer a nadie, ni siquiera a los fans de la serie original... Tal vez podría decirse que el público perfecto para The return se encuentra en la gente que disfrutó con alguna de las obras más crípticas de Lynch, como Mulholland Drive, Fuego, camina conmigo, Inland Empire o Carretera Perdida. Y por otro lado, ningún consumidor de series convencionales aguantaría más de un episodio de este experimento audiovisual.
Pero resulta que, justo por eso, estamos ante una serie magnífica, única, compleja y terrorífica que ha conseguido algo que muy pocas series logran conmigo: mantenerme en vilo y hacerme desear la llegada del siguiente lunes para poder disfrutar de un nuevo capítulo, una nueva dosis de televisión gourmet. Y no sólo eso, sino que también ha dinamitado todas las expectativas y conjeturas, ya que resulta imposible saber por dónde van a ir los tiros de un capítulo a otro. Da igual lo que haya ocurrido en el episodio que acabas de ver; el próximo saldrá por donde menos te esperas, te cortocircuitará la cabeza… y querrás más.




lunes, 23 de octubre de 2017

Blade Runner 2049


No voy a entrar en la cantinela de siempre sobre si la primera película es insuperable y tal y tal. Ya sabemos que Blade Runner, adaptación de la novela ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, de Philip K. Dick, no sólo es buena, sino una obra maestra que repercutió en todo el cine de ciencia ficción que vino después, pero de ahí a dar por sentado que no se puede hacer una secuela digna que se le acerque o la iguale, pues no, no estoy de acuerdo. Lo digo porque cada vez que se “toca” un clásico infinito, no faltan los ataques de histeria por parte de los cinéfilos más conservadores o directamente carcas, que se echan las manos a la cabeza antes de ver la película (antes de que se haya rodado, a decir verdad). Huyo de esa mentalidad.
Y dicho esto, no sé cómo alguien podía dudar de esta secuela. Primero porque la dirige uno de los directores más potentes de la actualidad, Denis Villeneuve; y segundo porque la protagoniza, además de Harrison Ford y Ana de Armas (que está genial), Ryan Gosling, alguien perfecto para el papel de agente frío, calculador y callado. Podría decirse que repite la metodología que usó en la estupenda Drive.
Y añadiría una tercera razón por la que saber que Blade Runner 2049 iba a ser buena estaba cantado: repite Hampton Fancher, guionista de la original.

Blade Runner 2049 dura cerca de tres horas, pero son tres horas de espectáculo visual y argumental que no aburren en ningún momento. Es lenta, claro que sí, como debe ser, como lo era la primera Blade Runner, pero tanto en la forma como en el fondo resulta hipnótica, apabullante, bellísima, elegante. Cada imagen y cada diálogo rezuman buen gusto y estilo.
Pero aunque Blade Runner 2049 sea una película de estética impresionante, no se limita a mostrar escenarios que quitan el hipo, sino que se asegura de contar una buena historia sobre dilemas, filosofía y la sombra de la naturaleza humana. Todo lo que debe contener la ciencia ficción de calidad y con sustancia, en definitiva.
La película recurre al fanservice lo justo y necesario, optando por contar algo diferente a lo visto en la original. Blade Runner 2049 complementa a su predecesora pero, al mismo tiempo, se asegura de poseer entidad propia y hablar de temas diferentes. No es un refrito, para que nos entendamos. 

Por suerte para los que no queríamos un simple blockbuster de acción complaciente con las aburridas y facilonas preferencias del espectador medio, quien se pierde y aburre en cuanto una película supera los convencionalismos narrativos y argumentales a los que está acostumbrado, Blade Runner 2049 no busca ser amiga de ese tipo de público. Sus escenas de acción son tan impactantes como escasas, y el sonido de los disparos y puñetazos se clava en los tímpanos. Pero la historia prevalece por encima del efectismo, y eso que la película va hasta arriba de efectos especiales y planos que pretenden causar impacto. Es un film que aburrirá al espectador casual, y eso, en este caso, es bueno.
Dicho de otra forma, resulta sorprendente que una película tan cara no esté interesada en llegar al público masivo, sino a su público.

Dejando a un lado la nostalgia, el postureo y el conservadurismo atroz, yo voy a decir AHORA, en 2017, no dentro de treinta años, cuando todo dios se ponga de acuerdo en alabarla (como pasó con la primera; ahora es muy fácil dárselas de erudito y ponerle la etiqueta de obra maestra… ¡pero en 1982 no hubo huevos!), que Blade Runner 2049 es una maravilla cinematográfica de principio a fin. No me importa afirmar que está a la altura de la original. Y dicho esto, ¿qué más puedo decir? 

jueves, 18 de mayo de 2017

El Bar


Un grupo de personas, todas ellas radicalmente distintas entre sí, queda encerrado en un humilde bar madrileño porque en la calle comienza a morir gente de forma misteriosa.

Álex de la Iglesia lleva una racha regular. Quien años atrás nos sorprendiera gratamente con títulos rompedores y atrevidos como El día de la bestia, Muertos de risa o La Comunidad, parecía haber caído en un agujero negro del que no salía. Decepción tras decepción, parecía que de la Iglesia no iba a volver jamás a ser quien fue… y entonces llegó El Bar y todos nos calmamos. No es su mejor película pero sí es un regreso a los orígenes, a los buenos tiempos de títulos tan gamberros y oscuros como La Comunidad, donde se hacía una pesimista disección de la naturaleza humana y la mala uva que nos caracteriza. Y es que a la hora de plasmar lo peor del ser humano, su mezquindad, su patetismo y su, en ocasiones, repugnante filosofía y avaricia, pocos cineastas hay como Álex de la Iglesia. Todo eso está en El Bar, y ya se echaba de menos.
 
Viendo los trailers parecía que estábamos ante una propuesta similar a la planteada en la estupenda Última llamada (Joel Schumacher, 2002), donde Colin Farrell quedaba encerrado en una cabina telefónica, acorralado por un francotirador chiflado.
Pero me negaba a aceptar que de la Iglesia fuese tan poco original. Es cierto que en un primer momento puede parecer que el enemigo de esas pobres almas encerradas en el bar es un francotirador o un terrorista, pero pronto descubrimos que la realidad es aún más aterradora y siniestra. De hecho, el primer juego que propone la película es el del desconcierto, el misterio de no saber qué hay ahí fuera: ¿Se trata de un francotirador? ¿Un Apocalipsis bíblico? ¿Están los protagonistas muertos y no lo saben? ¿Es el bar el mismísimo purgatorio? Esa paranoia PhilipDickniana consigue que incluso el espectador esté confuso y espere cualquier respuesta por demencial que sea.
Pero la clave de todo, el motor que mueve la película, son las reacciones de este grupo de personas dispares entre sí. El modo de afrontar el hecho de no tener nada en común y, al mismo tiempo, estar sometidos a un enemigo invisible que amenaza sus vidas.


A partir de la segunda mitad de la película, cuando conocemos lo que se está cociendo en la calle y todo se centra en el plan de huída de los supervivientes, El Bar se vuelve algo más convencional y tópica, pero igualmente disfrutable y terrorífica a su manera. Pese a la relativa pérdida de frescura en la propuesta, el sello del director está ahí… El sello añejo, el bueno. El que tanto nos hizo disfrutar en los 90. El que echábamos de menos, en definitiva.

Y como viene siendo costumbre en las películas del director vasco, el reparto quita el hipo. No sólo está repleto de rostros conocidos (Terele Pávez, Blanca Suárez, Mario Casas, Secun de la Rosa, Carmen Machi y el malagueño Jaime Ordóñez entre otros), sino que todos están perfectos en sus roles.

Cierto es que algunos elementos de la trama están algo forzados, tanto que no resultan nada creíbles (esos objetos que, milagrosamente, sobreviven al incendio sólo porque el guión necesita que no se quemen), pero desde luego son pinceladas negativas que para nada estropean un conjunto con más virtudes que defectos.

viernes, 24 de febrero de 2017

Múltiple


Hace un par de años, M. Night Shyamalan estrenó La Visita, una película con la que parecía volver a recuperarse tras una racha de trabajos mediocres.
Pero aunque La Visita fuera un verdadero síntoma de mejora, seguía sin ser una película a la altura de este director, quien tiempo atrás nos sorprendió con grandes títulos como El sexto sentido, El Protegido o Señales.
Pero ahora ha llegado Múltiple, y esta vez sí puedo decir con seguridad que el mejor Shyamalan, el de los buenos tiempos, ha vuelto.

La historia en sí es de las que atrapan desde el primer momento. Como viene siendo habitual en este director, se nos van planteando incógnitas a lo largo del metraje que poco a poco van siendo desveladas, en ocasiones de forma inesperada. Múltiple tiene la capacidad, no sólo de enganchar, sino de sorprender.
El tema de la personalidad múltiple está planteado de una forma tan espectacular como creíble y verosímil, incluso cuando entra en terrenos que rozan la ciencia ficción. Llega un momento en la película en que presenciamos un hecho imposible, pero Shyamalan ha ido consiguiendo poco a poco que nos lo creamos sin rechistar.


Uno de los puntos más interesantes de la trama reside en el juego mental que establecen las chicas secuestradas con su captor, ya que él es enemigo y cómplice al mismo tiempo. Todo depende de la personalidad dominante en ese momento.
No hace falta decir que el trabajo de James McAvoy es sobresaliente y el que más destaca en la película a pesar de que Anya Taylor-Joy también lo hace fenomenal. Pero lo de McAvoy está a otro nivel. Es impresionante ver cómo cambia de registro según la personalidad que se haya adueñado de él, ya sea un niño de nueve años, una señora de corte conservador, un diseñador de ropa homosexual o un tipo calculador, maniático y perfeccionista. Y luego está La Bestia, su personalidad más peligrosa y letal, capaz de alterar no sólo la mente del villano, sino también su físico.
En la película no conocemos a todas sus personalidades, pero sí a las que más juego dan.


Entre medias, Shyamalan se las apaña para introducir una subtrama sobre maltrato infantil y pederastia. Este elemento, sin demasiada importancia en un principio, acaba siendo decisivo. No es la primera vez que este director juega a mostrar elementos aparentemente intrascendentes que en el desenlace resultan de vital importancia (los vasos de agua en Señales, por ejemplo).

Así que, como thriller de secuestros con tintes psicológicos es una película impecable en la que todo funciona como debe.
Pero luego llega la escena postcréditos… y tenemos que entrar en terreno de SPOILERS, así que cuidado con seguir leyendo a partir de aquí porque lo destripo todo.

Si hasta este punto Múltiple nos ha parecido una película genial, lo que viene después nos hará saltar de alegría, especialmente (o en exclusiva, mejor dicho) a los que somos fans de este director y, sobre todo, fans de uno de sus mejores trabajos: El Protegido.
En la escena postcréditos se nos desvela que todo lo que hemos visto transcurre en el mismo universo que dicha película. Shyamalan se ha guardado este sorprendente y demoledor as en la manga hasta el último momento, y entonces, cuando bajamos las defensas y pensamos que la función ha terminado, el tío se saca la chorra como pocas veces lo ha hecho un director de cine.

La cuestión es que ahí tenemos a Bruce Willis otra vez dando vida a David Dunn, el protagonista de El Protegido, ese superhéroe tan especial y verosímil.
En el televisor de una cafetería, las noticias hablan del extraño secuestro y de su autor, a quien han apodado La Horda a raíz de conocerse su extremo trastorno de personalidad múltiple.
Tres mujeres comentan que el caso les recuerda a algo que ocurrió años atrás… Algo relacionado con un loco en silla de ruedas de cuyo nombre no se acuerdan. Entonces Bruce Willis hace acto de presencia y les refresca la memoria: DON CRISTAL.
Si no habéis visto El Protegido, todo esto os sonará a chino y os importará un rábano, pero los fans de esa película hemos salido del cine trastocados de alegría.

Es un broche de oro para una película redonda, y al mismo tiempo una arriesgada decisión por parte del director. Recordemos que El Protegido tiene ya diecisiete años a sus espaldas, y para colmo no es una película excesivamente conocida por el gran público, así que meter una referencia tan brutal puede ser un arma de doble filo, pues la gran mayoría no entenderá esa escena final clave. De hecho, he leído teorías absurdas fruto de la confusión, como que Bruce Willis es McAvoy de mayor, que aún sigue suelto. Imaginad.

No perdáis el tiempo e id a verla. 

martes, 24 de enero de 2017

Tarde para la ira


Sinopsis
Durante un desastroso atraco a una joyería, la policía sólo consigue atrapar a Curro (Luís Callejo), el conductor encargado de evacuar a los delincuentes.
Tras ocho años de condena, Curro sale en libertad sin saber que fuera le espera otro infierno igual o peor que la cárcel.
José (Antonio de la Torre), el novio de una chica asesinada durante el atraco, busca venganza. Curro le tendrá que ayudar por las buenas o por las malas.

Opinión
Tarde para la ira es la primera película dirigida por el actor Raúl Arévalo, y sólo puedo decir que ojalá haga muchas más películas.
Al parecer, Raúl Arévalo pensó en ser director de cine antes que actor, pero como le salió trabajo de los segundo antes que de lo primero aparcó la idea de dirigir. Es evidente que durante el tiempo que ha ejercido como actor ha ido tomando buena nota de los directores con los que ha trabajado y aprendiendo el oficio a base de observar. Resulta evidente, puesto que Tarde para la ira es, pese a lo primerizo de su autor, una película notable, llena de energía y cimentada sobre un planteamiento sencillo y eficaz a partes iguales.
Películas sobre venganzas se han hecho y se harán muchas, pero la forma en que Arévalo escribe y dirige Tarde para la ira hace que el resultado final destaque por encima de otras producciones de similares características. En otras palabras, se aprecia que la película está hecha con ganas y concebida desde las entrañas.


Por suerte no se trata de una de esas películas españolas que tratan de imitar al cine americano, y no es que yo tenga nada en contra de la cinematografía made in USA, al contrario, pero me gusta que nuestro cine ponga sobre la mesa su propio estilo sin complejos.
Puede que Tarde para la ira sea una película de venganzas con escopetas y asesinatos, pero a la vez es muy española, incluso costumbrista, y no intenta disimular que la acción transcurre en España. Los personajes y los escenarios son auténticos por más que Arévalo se haya dejado inspirar por Sam Peckinpah.
Si por ejemplo le echamos un vistazo a Toro (Kike Maíllo, 2016), nos daremos cuenta de que esa España y esos personajes no son reales, sino caricaturas. La España de Toro está más cerca de Los Ángeles que de Málaga. Y no lo digo como algo negativo, sino como forma de explicar la distancia que separa ambos estilos.

La película está rodada en 16 milímetros, lo que le da una textura sucia y granulosa que recuerda al cine de los setenta, algo que casa a la perfección con la dureza y sequedad (incluso habiendo un par de breves y necesarios momentos cómicos) de la historia  y las imágenes que la componen.
Otro punto a su favor es que, pese a la sencillez de la trama, hay varias sutilezas salpicadas a lo largo del metraje que se captan o adquieren un mayor significado cuando volvemos a ver la película.



Tarde para la ira es una debut redondo. Sólo espero no tener que esperar demasiado hasta la siguiente película de Raúl Arévalo.

sábado, 17 de diciembre de 2016

War Dogs


Todd Phillips regresa a la palestra con una película que le viene como anillo al dedo. Tras cerrar la trilogía Resacón en Las Vegas, nadie debería poner en duda la pericia de este director cuando se trata de contar historias disparatadas sobre tíos que se meten en serios problemas por culpa de sus malas decisiones.
War Dogs va de eso, aunque quizá no sea tan graciosa como cabría esperar. Eso no es ni bueno ni malo, sólo que viendo el trailer, la sinopsis y el director esperaba una comedia pura y dura que no he encontrado, pero eso no significa que el material sea defectuoso, simplemente que mis expectativas eran otras.

War Dogs trata sobre un joven y fracasado masajista Miami que, harto de su aburrida y poco productiva vida, se embarca con un viejo amigo en un proyecto tan rentable como peligroso: el tráfico de armas. Como es evidente, los problemas no tardan en asomar las orejas.

Películas sobre el lado oscuro del sueño americano y perdedores que deciden arriesgar su existencia metiéndose en berenjenales siniestros hay muchas (Fargo, Dolor y Dinero), de modo que cuando uno ve War Dogs no puede esquivar la sensación de deja vu. La película de Phillips carece de entidad propia, porque si además de comprobar que la historia parte de una base arquetípica (el mencionado perdedor que emprende ilegalmente y la caga), en absoluto ayuda ese aroma a Scorsese tan evidente: planos congelados, voz en off, negocios ilegales, auge y caída estrepitosa… Todo eso lo hemos visto ya en Uno de los nuestros, Casino o la reciente El lobo de Wall street.
Pero no pasa nada. Da igual que War Dogs sea un collage de otras películas, porque al final resulta que es divertidísima y, aunque la originalidad no sea su fuerte, cumple con su cometido más que de sobra, es decir, entretener y presentarnos una historia que engancha y capta nuestro interés por mucho que sepamos cómo suelen acabar estas películas.

Como he dicho antes, la película puede parecer una comedia descacharrante sobre dos chavales que, viéndose hasta los topes de pasta, se sumergen en el mundo del desenfreno, las mujeres y las fiestas salvajes… Pero no, gracias a Dios no es eso. War Dogs resulta, no cruda ni adulta, tampoco nos pasemos, pero sí más seria y comedida de lo que esperaba. Hay humor y hay momentos locos, pero jamás se abusa de ellos. Puede decirse que War Dogs está en tierra de nadie: demasiado graciosa para ser un drama y demasiado seria para ser una comedia. Dicho de otra forma, la película nunca llega a ser exagerada ni caricaturesca. Dentro de la locura que se nos cuenta (basada en hechos reales, por cierto), siempre mantiene los pies en el suelo.
Todo esto aderezado con dos actores protagonistas con química y talento: Miles Teller (quien ya protagonizó la estupenda Whiplash) y el siempre gracioso, incluso cuando no lo pretende, Jonah Hill, quien parece haber nacido para este tipo de papeles.   

No, War Dogs no es brillante ni una obra maestra de las que te cambian la vida, pero sí es una película que gustosamente vería dos veces seguidas sin que se me atragantase. Decir que es divertida sería quedarse corto. 

sábado, 22 de octubre de 2016

No Respires


Con el notable remake de Evil Dead, Fede Álvarez demostró ser un director con entidad propia y un gusto por la estética que siempre es bienvenido. Su debut fue sorprendente y estimulante, un regalo para los fans de la película original (incluso se preocupó de que los efectos prácticos tuviesen más peso que los digitales), y ahora regresa con No Respires, una película muy diferente que, sin embargo, sigue dejando ver que su director es alguien a tener en cuenta.

No Respires es la historia de un grupo de ladrones que decide llevar a cabo un trabajo tan fácil como despreciable: robar en la casa de un ciego. Pero las cosas se torcerán cuando descubran que su “víctima” es una implacable máquina de matar que no necesita ojos para despacharte.

De modo que estamos ante una película de robos llena de suspense y tensión en lugar del festival de tripas y sangre que Álvarez nos ofreció en su ópera prima, y eso es bueno; no porque no me guste una buena ración de gore, sino porque los directores que en cada película hacen algo nuevo, huyendo del encasillamiento, me parecen los más interesantes.
No sabría decir si No Respires es una película de terror, un thriller de suspense… o todo a la vez, puesto que la mezcla de géneros está ahí, es un hecho, y ambos en proporciones más o menos similares. Es una película que habría gustado a Hitchcock, pero también al Tobe Hopper de La Matanza de Texas.

Por un lado, la película empieza fuerte, sin rodeos, al grano, y así se mantiene hasta el último minuto. La sucesión de momentos cargados de tensión o terror es constante, llegando a su punto álgido en la recta final, cuando un par de giros de guión nos dejan chafados y con las perspectivas renovadas. Porque No Respires juega con la empatía del espectador: logra que uno esté de parte de los ladrones (sobre todo de ella, por su precaria situación), pero también de la víctima, que a fin de cuentas sólo es un ciego (enorme Stephen Lang) tratando de defender su casa, ¿y qué hay más rastrero que robar a un ciego? Entonces, sin que lo veamos venir, la película vuelve a hacernos cambiar de opinión respecto a nuestras simpatías.

Más allá del gran trabajo de dirección y sonido (muy importante este último elemento) del que hace gala No Respires, hay que reconocerle, por encima de todo, un guión logradísimo en el que prima el uso de la atmósfera agobiante y el suspense para inquietar al espectador, en vez de los típicos sustos baratos con subida de volumen tan socorridos en el actual cine de terror comercial, y no es que no los haya aquí, pero son una minoría que ni merece mención. Ves la película y no sientes que vaya destinada a un público idiota.

En resumen, buen cine de terror/suspense, del que cada fin de semana echo de menos en las grandes salas.

Fede Álvarez sigue mereciendo toda nuestra atención. 

viernes, 14 de octubre de 2016

No Respires (vídeo reseña)

Pues eso, yo hablando en la internacionalmente conocida televisión local de Antequera.
No Respires, una de las sorpresas más agradables de este por fin acabado verano.

lunes, 5 de septiembre de 2016

The Neon Demon


El drama del director Nicolas Winding Refn fue darse a conocer al gran público con una película fabulosa, bellísima… pero que en absoluto representa el verdadero ADN del director danés. Estoy hablando de Drive, claro. Por supuesto que en ella está impresa la marca de su director (largos silencios, violencia, cuidada estética), pero pasada por un filtro que la hace accesible a un elevado porcentaje del público. El problema de todo esto reside en que, después de Drive, Refn siguió haciendo sus cosas; películas muy suyas, y a la gente se le arrugó la nariz. Ellos querían más Drive porque pensaban que este director era siempre así, y la realidad es otra. La realidad es que Drive es un pequeño oasis en la filmografía del director. Un caramelo.
Por eso, cuando se estrenó Sólo Dios Perdona le dieron palos hasta en la foto del carnet; el público masivo, el que había disfrutado con Drive, quería más de lo mismo… y Sólo Dios Perdona no es más de lo mismo: es Nicolas Winding Refn en estado puro. Volvía a ser él, y la gente que no conocía sus anteriores trabajos se llevó un decepcionante desengaño.
Ahora llega su nueva película, The Neon Demon, y auguro que con ella ocurrirá exactamente lo mismo, pues su visionado resulta aún más duro y complejo que el de Sólo Dios perdona.

The Neon Demon narra la historia de Jesse, una jovencísima chica que huye a Los Ángeles con la intención de triunfar en el mundo de la moda. Allí encontrará belleza y glamour, pero también envidia, enfermiza competitividad y gente sin alma. La mayor maldición de Jesse es ser preciosa por naturaleza, sin que ningún cirujano la haya modificado para ajustarse a los cánones. Jesse irradia una luz con la que sus compañeras sólo aspiran a soñar, y eso puede ser peligroso en un ambiente competitivo, frío y deshumanizado. 

La película, una suerte de híbrido entre Suspiria, de Darío Argento, Mulholland Drive, de David Lynch, y la literatura de Bret Easton Ellis, cimienta sus mayores armas en una estética perfectamente diseñada, donde la luz, el color y el uso de la cámara en combinación con la música cobran protagonismo absoluto. También posee una fuerte carga onírica y simbólica, de modo que verla con la idea preconcebida de estar ante un thriller de terror al uso con inicio, nudo y desenlace es un error. The Neon Demon va más allá de los convencionalismos, algo que desde luego no resulta nuevo en el cine de Winding Refn, y no busca contar una historia que vaya del punto A al C pasando por el B; en lugar de eso nos ofrece una trama no del todo lineal, difusa, donde las sensaciones acaban siendo más importantes que lo narrado. No es de extrañar, pues, que a pesar de tener un ritmo pausado y contemplativo, donde reinan los grandes silencios, las hipnóticas dos horas de película atrapen al espectador igual que a un conejo que sucumbe ante las luces del coche que se aproxima en la oscuridad.
Y como no podía ser de otra forma, bajo el glamour mostrado en The Neon Demon subyace una crítica feroz hacia ese mundo superficial e implacable, donde lo único que importa es poseer un físico impecable. El demoledor momento en que un personaje afirma que con veintiún años ya estás mayor para esos menesteres resume el espíritu de la película. De ahí que, entre las palmeras, los atardeceres y los locales de moda de Los Ángeles, surjan monstruos capaces de cualquier cosa por una dosis de belleza y juventud. 
En el reparto destaca sobre todo la protagonista, Elle Fanning. Su aspecto frágil y delicado ayuda a que nos creamos su personaje, una chica desubicada, temerosa y fuera de lugar que poco a poco irá mutando hacia una oscura dirección.

En resumen, The Neon Demon es una película impecable y no apta para todos los públicos; si lo fuese no resultaría ni la mitad de interesante de lo que es.

domingo, 31 de julio de 2016

Green Room


Tras Blue Ruin, el anterior trabajo de Jeremy Saulnier, no era necesario ver Green Room para saber que iba a gustarme, y por suerte estaba en lo cierto.
Todos cometemos estupideces durante nuestra juventud y adolescencia. Es algo normal que lleva siendo así, posiblemente, desde el inicio de los tiempos. Y los protagonistas de Green Room son jóvenes, son rebeldes y son punks, ¿qué puede salir mal? Todo, por supuesto, sobre todo cuando estos chicos deciden dar un concierto en un local neonazi en mitad de ninguna parte y comenzar el repertorio musical con un explícito tema antifascista. Es lógico pensar que los problemas van a comenzar ahí, sin embargo no. El detonante es otro, y a partir de ese punto comienza una noche infernal en la que sobrevivir dependerá de la audacia y mala leche de los protagonistas.

Siempre he pensado que las películas que abusan de la violencia pierden fuelle enseguida. No puedes pretender estar 90 minutos impactando al espectador a base de gore y sangre, porque el efecto se pierde, se disipa y la audiencia se insensibiliza. La mejor forma de tocar la moral es tomándote tu tiempo, preparando el terreno y, cuando nadie lo vea venir, metes el bombazo. Por eso puedo decir que Green Room posee algunas de las escenas de violencia más impactantes y bien llevadas que he visto últimamente. Sin ir más lejos, la imagen del brazo acuchillado me descolocó más que toda la saga Saw junta. Basta con no recrearse más de lo necesario ni buscar causar repulsión para conseguir buenos resultados.
Aunque la premisa de la película no inventa nada que no hayamos visto en títulos como La noche de los muertos vivientes, Río Bravo o Asalto a la comisaría del distrito 13, el conjunto posee entidad propia y calidad a raudales como para no tener que estar a la sombra de nadie.  
En el reparto tenemos al recientemente fallecido Anton Yelchin, Imogen Poots y, destacando por encima de todos debido a que rara vez le vemos en papeles tan oscuros, Patrick Stewart, quien da vida al dueño del local neonazi en el que transcurre la acción.


Y aquí la vídeo reseña, por si en vez de leer preferís verme el careto.

miércoles, 25 de mayo de 2016

Toro



Toro, la nueva película de Kike Maíllo, es la historia de un delincuente que busca dejar atrás su vida como mafioso. Pero como era de esperar, no lo tendrá nada fácil.
De primera hora no puede decirse que la película sea especialmente novedosa ni que cuente algo que no hayamos visto en multitud de ocasiones, pero esa no es razón para ignorar sus muchas virtudes.
Para empezar tenemos un reparto de lujo encabezado por Mario Casas, José Sacristán y Luís Tosar. Casas no es el mejor actor del mundo, estamos de acuerdo, pero desde luego no es un mal actor. Podría decirse que cuando más creíble resulta es a la hora de dar vida a tipos duros, como ya hizo en Carne de Neón o Grupo 7. Ahí, en ese tipo de personajes, me parece que está fenomenal y que es el camino hacia donde debería dirigir su carrera. Pero en Toro ocurre que Casas está flanqueado por dos pesos pesados como lo son Sacristán y Tosar, y como es obvio ante semejantes monstruos de la interpretación es imposible no sentir que el trabajo del joven actor queda algo eclipsado.

En el aspecto técnico estamos frente a una película sobresaliente y muy potente. Un thriller criminal que poco o nada tiene que envidiar a los que cada año nos llegan desde EEUU y otros rincones de Europa. Una película con reminiscencias al cine de Nicolas Winding Refn (esos neones, esa iluminación, esa violencia), al western y al cómic, pues hay personajes, como el antagonista principal y su matón, que parecen sacados de un tebeo. El villano, Rafael Romano, interpretado por Sacristán, es un personaje curioso y que sirve para resumir el tono de la película; por un lado puede llegar a ser creíble (imagino que la costa del sol está plagada de ricachones así), pero al mismo tiempo lo han dotado de ciertas características (ese cuchillo retráctil oculto en la manga, por ejemplo) que nos recuerdan que estamos en una película de ficción, y que aunque el escenario donde se desarrolla es real, palpable y familiar (algo que ayuda a sumergirse en la película), los personajes, situaciones y escenas de acción (muy buenas, por cierto) son puro cine. Un contraste muy interesante.

En cuanto a las localizaciones, las más vistosas son las que se sitúan en la costa del sol, lo cual no creo que sea casualidad. Maíllo ha querido hacer una película de mafiosos al estilo americano y más concretamente en la línea de Drive, pero esto no son los EEUU ni tampoco había presupuesto para trasladar el rodaje a Miami, ¿y qué tenemos en España que se parezca en cierta medida a ese lugar? Pues sí, la costa del sol, con sus playas, sus paseos marítimos, sus palmeras y sus atardeceres.

El resultado final es un thriller de impecable factura técnica, hipnótico y que, pese a tener una carcasa de estilo americano, su ADN es puramente español, tanto que Toro perdería casi toda la esencia si se hiciese fuera de nuestro país. 

martes, 1 de marzo de 2016

Black Mass


Johnny Depp, pese a lo repetitivo que puede resultar en la saga Piratas del Caribe o en las últimas películas de Tim Burton, y pese a su tendencia a aparecer siempre caracterizado de la forma más estrambótica posible, es un actor que me cae bien. Y no sólo eso, sino que además lo considero un gran intérprete, de ahí que llevase bastante tiempo esperando a que estrenara una película, digamos, seria en la que poder lucir algo más que maquillaje. De verdad, creo que Depp ha pasado años desaprovechando su talento en productos de poca categoría, pero ajalá enmiende su carrera a partir de ahora como ya hizo Matthew McConaughey en su momento.

Black Mass, basada en la historia real del mafioso irlandés James Bulger, es la primera película de este actor en mucho tiempo que consigue interesarme y hacer que apunte en el calendario su fecha de estreno, y aunque el resultado no haya estado a la altura de lo que esperaba, sí que está por encima de la media de estrenos.
La historia de James Bulger, el despiadado mafioso que colaboraba con el FBI para echar tierra sobre sus rivales en el mundo del hampa, podría haber dado mucho más de si en manos de un director como Martin Scorsese, alguien que habría hecho virguerías con semejante material, pero Scott Cooper no es Scorsese, y aunque no es un mal director ni puede decirse que no haya hecho un buen trabajo con Black Mass, uno no puede evitar echar de menos a los grandes cuando se encuentra ante una historia con tanto potencial.

Hay que recalcar que, bajo mi punto de vista, las virtudes superan a los defectos, y que aunque la película esté rodada de forma excesivamente fría y sin demasiada inventiva, o que la historia podría haber dado más de sí, mentiría si dijera que no me ha parecido un título muy atractivo y, a su manera, de factura impecable, como los buenos thrillers de los 70.
Johnny Depp se marca un papel como hacía tiempo que no se marcaba, dando vida a un gángster violento y despiadado al que el FBI usó como chivato para hundir a la mafia italiana a cambio de darle inmunidad para cometer todas las fechorías que quisiera. Este punto deja al FBI en un lugar penoso, como es lógico, puesto que alguien que supuestamente vela por la seguridad del ciudadano no debería ir por ahí haciendo pactos con el diablo y desnudando a un santo para vestir a otro.


Por otro lado, al contrario de lo que ocurría en cintas como Uno de los nuestros, películas protagonizadas por criminales carismáticos a los que se les cogía cariño porque ante todo eran creíbles y humanos, el personaje interpretado por Depp no cae bien. No es un justiciero que robe a los ricos para dárselo a los pobres, sino un asesino despiadado capaz de meterle una bala en la cabeza a alguien por alzarle la voz. Además, la película no termina de profundizar en su aspecto más humano y familiar, por eso no se logra empatizar con él (aunque hacer tal cosa resulte complicado con personajes así), y cuando lo intenta, fracasa. Por ejemplo, todo lo referente a la hija enferma del protagonista me parece que está muy mal llevado y que al final resulta de todo menos emotivo.
Y por si quedaba alguna duda, Johnny Depp vuelve a llevar varios de kilos de maquillaje en la cara, aunque muy bien puestos en esta ocasión.


En resumen, Black Mass no es una película que destaque demasiado en nada, pero si la vemos con las expectativas bajas, sin esperar una obra maestra, la podremos disfrutar, especialmente los amantes del cine mafioso y los thrillers criminales. Podría haber estado mejor, claro, pero desde luego no puede decirse que sea mala. 

lunes, 28 de diciembre de 2015

Sicario


Denis Villeneuve (Prisioneros, Enemy) es uno de los directores de nueva hornada más interesantes del panorama actual, cuyo trabajo hay que seguir a poco que a uno le guste el cine de calidad. Esto lo lleva demostrando desde hace unos años, puesto que el tío encadena peliculón tras peliculón, sin fallar. Y con Sicario, como era de esperar, lo ha vuelto a hacer.

La historia gira en torno a un equipo de la CIA que pretende eliminar a un peligroso cártel mejicano. Para ello tendrán que sumergirse en la peligrosa guerra fronteriza de la droga y, si es necesario, romper la ley.
A medio camino entre la novela El Poder del Perro, de Don Winslow, y la película La Noche más Oscura, de Kathryn Bigelow, Sicario nos ofrece una visión sombría y realista de la lucha contra el narcotráfico a cargo de Denis Villeneuve, quien construye un thriller pausado y cocinando a fuego, pero también impactante y cargado de tensión. La secuencia en las calles de Juárez es un perfecto resumen de lo que Villeneuve ha pretendido. Se trata de una secuencia larga en la que la tensión va creciendo poco a poco a partir de la aparente quietud, hasta desembocar en una explosión de violencia. Otro director con menos talento hubiese resumido toda esta escena para que fuese directa al grano, pero Villeneuve quiere que nos metamos poco a poco en el ambiente hostil, que sintamos la tensión que se respira y el peligro que acecha. Toda la película está construida sobre esos principios, de ahí que cada bala disparada duela de verdad y nos deje boquiabiertos.

Otro punto a favor de la película es su capacidad de mostrar mucha información a partir de un detalle minúsculo. Lo sutil está por encima de lo explícito, aunque esto no es nada nuevo tratándose de Villeneuve. Ya en anteriores trabajos suyos, como Incendies o Enemy, hizo uso de este recurso que pocos saben manejar como es debido.

Cómo no, el maravilloso reparto encabezado por Emily Blunt, Josh Brolin y Benicio del Toro merece una mención especial. Aunque considero justo destacar a Del Toro, quien da vida al personaje más interesante de la película.

Puede que algunos tilden a Sicario de ser un filme lento, y aparentemente lo parece, pero basta con poner un mínimo de atención  e interés para darse cuenta de que narrativamente hablando es un no parar. Si a esto le sumamos que Sicario contiene algunas de las escenas de acción más tensas y enérgicas que se recuerdan, solo me queda añadir que la nueva película de Villeneuve merece estar entre los mejores estrenos del año. 

lunes, 31 de agosto de 2015

Operación U.N.C.L.E.


Guy Ritchie es uno de esos directores que han sabido evolucionar sin perder el estilo propio que tanto les caracterizó en su momento. Desde Lock & Stock y Cerdos y Diamantes han pasado muchos años y Ritchie ha cambiado de estilo radicalmente, sin embargo, a poco que se busque se encontrará en sus nuevas películas el sello personal que define a este director, y eso siempre es bueno ya que la inmensa mayoría de directores de películas de autor que terminan dando el salto a Hollywood pierden toda la gracia y terminan realizando productos genéricos y sin alma.
Operación U.N.C.L.E., basada en la serie de televisión El agente de CIPOL (que no he visto jamás, admito), es una nueva vuelta al cine de espías tan de moda últimamente (prueba de ello son Kingsman, Misión Imposible: Nación Secreta o las futuras 007: Spectre y Anacleto), pero pasado por el filtro de Guy Ritchie y su particular forma de concebir el cine. Obviamente se trata de una película más convencional que los primeros títulos de este director (son las consecuencias de rodar blockbusters), pero pese a todo se vislumbran retazos muy personales y característicos del director inglés. Me refiero al estilo de montaje, el uso de la banda sonora, el humor negro y ciertos recursos visuales y sonoros que son bastante propios de este cineasta.

La película no inventa nada nuevo y parte de un recurso gastadísimo, aunque siempre efectivo, como lo es unir a un par de héroes totalmente opuestos (en este caso dos agentes secretos en plena Guerra Fría, uno americano y otro ruso)  que se ven obligados a aunar fuerzas para derrotar al villano de turno, lo que provoca un sinfín de disputas, piques, discusiones y demás momentos cómicos. Todo esto lo hemos visto ya en multitud de buddy films como Arma Letal o El último Boy Scout, pero Ritchie sabe hacerse con las riendas y convertir lo que tiene entre manos en algo suyo. Porque, a fin de cuentas, lo que importa en estas película no es dónde nos llevan, sino cómo nos llevan. Todos sabemos
cómo terminan este tipo de cintas, y lo sabemos prácticamente desde el principio, pero ahí es donde entra en juego la labor del director, el encargado de hacer que ese viaje cuyo destino conocemos sea lo más estimulante y sorprendente posible, y Ritchie lo consigue.


No es la mejor película de este director, eso es cierto; le podría achacar ciertos problemillas de ritmo y me atrevería a decir que siendo el tipo de producto que es se echan en falta más escenas de acción, aunque las pocas que hay son verdaderamente intensas. Pero pese a todo es un título notable, muy divertido y uno de los más destacables e interesantes de este verano. 

viernes, 3 de abril de 2015

The Black Panther


Internet te da una de cal y una de arena. Por una parte, hacer uso de la red de redes te obliga a leer muchas chorradas por ahí, de ésas que hacen que te den ganas de llorar y dar de baja el ADSL; por otra, es un pozo sin fondo de información que, para un cinéfago como yo, vale su peso en oro. Gracias a ese mar de datos he dado una película semi desconocida (casi me atrevería a prescindir del semi) y maravillosa. Una joya que hace que me pregunte cómo es posible que, tras veintitantos años consumiendo cine y pensando que ya lo conocía todo, todavía existan títulos interesantes tan ocultos entre la maleza. 

The Black Panther cuenta la historia real de Donald Neilson, un asesino en serie que aterrorizó a Ingleterra en la década de los 70. Algo así como el Zodiac inglés. 
Hasta aquí todo bien, nada que no hayamos visto ya, ¿verdad? La principal peculiaridad de la historia es que se nos narra la actividad de un asesino tremendamente torpe, ineficaz y cutre. Si cambiásemos levemente el tono de la película se convertiría automáticamente en una comedia negra, sin embargo todo está contado de forma fría y seria, incluso cruda (por ejemplo el trágico desenlace del secuestro de la chica, ocasionado, como todo en la película, por la torpeza del criminal), sin el menor atisbo de humor. Si a esto le sumamos que la película está basada en hechos reales y que, por tanto, las muertes que vemos ocurrieron de verdad, el efecto dramático se incrementa. No hay nada que haga gracia, pero luego vemos a ese asesino en serie al que todo, todo, todo le sale mal, y The Black Panther se transforma en una montaña rusa de emociones. Se nos cruzan los cables ante la paradoja de tono que propone el filme, porque sencillamente no sabemos si aterrarnos o esbozar una sonrisa. Es como si Zoolander la hubiese rodado Michael Haneke. El fondo irremediablemente humorístico está ahí, pero la forma en que la historia está narrada y rodada logra que en ningún momento sientas que estás viendo algo gracioso. 
Pero vamos a sumar un factor más a la ecuación. El asesino no mata por placer, sino por dinero para su familia. Realmente lo que busca es dinero, pero como todo le sale mal acaba matando a sus víctimas. 
El cóctel de emociones continúa, y el espectador ya no sabe qué hacer: sentir empatía, partirse de risa o aterrarse. ¿La razón? Tenemos a un criminal que actúa por el bienestar de su familia (pobrecito), pero la caga de forma constante (jaja, qué torpe) y eso le lleva a matar (¡cabrón!). 

The Black Panther es el ejemplo perfecto de que, en ocasiones, la línea que separa los géneros cinematográficos puede ser muy fina, y que en esos casos el cineasta ha de poseer un pulso de cirujano para tomar la dirección correcta y no cagarla. 

Muy recomendable. 

jueves, 19 de marzo de 2015

Inherent Vice


Cuando leí que para no perderse y entender medio correctamente la novela homónima en la que se basaba Inherent Vice hacía falta papel y lápiz, me eché a temblar. ¿Por qué? Porque no me gustan las historias de detectives excesivamente enrevesadas, complejas e innecesariamente liosas. Inherent Vice es todo eso, pero hasta un punto tan elevado que ha terminado gustándome porque he llegado a la conclusión de que, si al finalizar la película no has entendido un pijo, no es porque seas cortito de mente, sino porque la película está pensada para que ocurra precisamente eso. 

Bebiendo de fuentes como El largo adiós o El Gran Lebowski, Paul Thomas Anderson construye una película de trama detectivesca indescifrable pero fascinante a la vez, como siempre ocurre con este director, cuyas películas podrán gustar más o menos, pero su calidad técnica e interés artístico es innegable. 
Inherent Vice se pierde en una maraña de situaciones más o menos rocambolescas, personajes de todos los colores y mucha droga, y eso la convierte en una película no apta para todos los paladares. Si buscáis algo de fácil digestión, no os acerquéis a Inherent Vice

Sin embargo, la gran cantidad de críticas que acusan a la película de tener un argumento terriblemente lioso hacen que me pregunte una vez más si no estará el público en general demasiado acomodado a lo estándar, a la narrativa típica y tópica, la cual es eficaz, sí, pero también aburrida y poco interesante en muchas ocasiones. 
El público se ha acostumbrado a películas con inicio, nudo y desenlace. Películas que, una vez acabadas, deben haber conseguido que el espectador lo haya entendido todo, de principio a fin y sin cabos sueltos, ¡y si no se entiende es porque la película es mala! Error. Creo que hay que romper un poco con esa actitud y esa mecánica, y concienciarse de que el hecho de no haber conseguido entender una película no significa que sea mala. Sólo significa que  no la has entendido (sin contar con esas películas que, sí, están mal narradas, pero eso es otra cosa). 

¿A cuánta gente he escuchado decir que Mullholland Drive es mala porque no se entiende? Partiendo de la base de que con un poquito de esfuerzo (aquí radica el problema, en lo vago que se ha vuelto el espectador medio) sí se entiende, ¿por qué hay que decir que es mala si no la entendemos? ¿Y si el problema no es de la película, sino nuestro? Damos por hecho las cosas con demasiada facilidad: no entiendo la película, por lo tanto es mala y yo soy un gran cinéfilo. NO, echa el freno, amigo. Quizá 
la película sea de puta madre y no la has entendido porque tienes la mala costumbre de no darle caña a la masa encefálica y porque tus neuronas se han atrofiado y acomodado con tanto A Todo Gas y tanto Transformers
Ya sé que esto suena a pedantería chunga, pero sólo os pido que lo toméis como una posibilidad más a la hora de juzgar una película. A veces, las películas que no gustan no tienen ningún problema... Lo tenemos nosotros. 

Digo todo esto aunque en realidad Inherent Vice se mueva por otros cauces, pero quiero que veáis el revuelo que se forma (y casi siempre para mal) cuando una película se sale de lo común narrativamente hablando. Inherent Vice es confusa e indescifrable (yo no entendí nada), pero no como Mullholland Drive, cuya clave puede desvelarse con un poco de atención y un par de visionados. Inherent Vice es así porque el director quiere que lo sea, y porque su intención no es que nos enteremos de la trama, sino que nos dejemos llevar por el colocón que llevan todos los personajes, por las interpretaciones (enorme y graciosísimo Joaquin Phoenix), por la belleza e hipnotismo de sus imágenes, por la estupenda y nostálgica ambientación y por el aire paranoico que se respiraba en los 70. Eso es lo que quiere Paul Thomas Anderson, no que te enteres de una mierda. Y seguro que Inherent Vice puede descifrarse, quizá tomando notas en una libretita y viendo la peli ochenta veces. Puede ser, sí, pero se nota que ésa no era la preferencia que tenía Anderson en mente cuando hizo la película. 
El mayor inconveniente de Inherent Vice es su excesiva duración, la cual hace que se resienta el ritmo. Con una hora y cuarenta minutos habría bastado. 

Resumiendo, una película notable que no le recomiendo a prácticamente nadie. Guiaos por vuestro instinto a la hora de decidir si la veis o no. Yo me lavo las manos. 

miércoles, 11 de marzo de 2015

Giro al infierno


Si esta película la hubiese hecho yo, se habría titulado Mala Suerte: the movie

La primera vez que vi Giro al infierno fue empujado por un amigo que me dijo que en esta película, Billy Bob Thorton hacía de un personaje idéntico al de otra peli que habíamos visto y nos gustó mucho. No recuerdo cual. En cualquier caso, yo no le vi ningún parecido con dicho personaje (no sé qué se fumaría mi amigo, pero es que objetivamente hablando ambos personajes no se parecían una mierda), pero gracias a la mediocre apreciación de mi colega descubrí esta estupenda película dirigida por Oliver Stone. Película que, por cierto, no logro comprender por qué es tan desconocida. 
En Giro al infierno encontramos varias cosas interesantes y dignas de mención. Vayamos por partes:

Oliver Stone
Se nota que cuando rodó Giro al infierno aún estaba con el calentón de Asesinos Natos y su montaje ultra frenético y surrealista. O eso, o es que se había quedado con ganas de más. 
En lo que a montaje loco se refiere, Giro al infierno está un peldaño por debajo de Asesinos Natos, pero poquita cosa. Para una película se esnifó 40 rayas de coca y para otra 38, para que me entendáis. 
La forma que tiene Oliver Stone de rodar hace que la película, ya de por sí agobiante y desesperante, resulte aún más desquiciada y loca. La fotografía también ayuda a crear un ambiente asfixiante y caluroso del que cualquier persona normal querría huir. 

Ennio Morricone
Otro que pone su grano de arena para que Giro al infierno sea una deliciosa pesadilla surrealista, además de darle al conjunto más empaque y categoría, porque cuando ves el nombre de Ennio Morricone en los créditos te brillan los ojos y piensas "aquí hay calidad". O no. Igual la peli es una mierda por mucho Morricone que haya, pero yo qué sé, da buen rollo saber que está metido en el ajo. 
Lo gracioso es que buena parte de su partitura no pega ni con cola en la película, ya que son temas que resultan simpáticos y alegres, como de dibujos animados. ¿Es esto un problema? ¡No! El contraste entre la composición de Morricone y las truculentas y nerviosas imágenes de la película crean lo que imagino que buscaba Oliver Stone: un conjunto extraño, esperpéntico y desagradable. 
Además de la banda sonora original, la selección de canciones que van sonando a lo largo del metraje es fabulosa. 


El reparto
Si no nos bastaba con tener al Oliver Stone de los buenos tiempos (repito: el de los buenos tiempo, no el de ahora) detrás de la cámara y a Ennio Morricone componiendo la banda sonora, el reparto es también un hervidero de caras conocidas, la mayoría de ellas dando vida a personajes despreciables, malvados o directamente imbéciles. Ahí tenemos a Sean Penn, Jennifer López, Billy Bob Thorton (cada minuto suyo es oro), Nick Nolte, Joaquin Phoenix (de nuevo, cada minuto suyo es oro), Claire Danes, Powers Bothe, Jon Voight... 

La historia
Cojamos After Hours, de Martin Scorsese, y vamos a mezclarla con una buena dosis de Spaguetti Western y cine de negro clásico, y luego sazonemos generosamente con algo de mala uva, psicodelia y humor negro. El resultado es Giro al infierno, la historia de un hombre atrapado en un estercolero plagado de majaras del que, por un motivo u otro, no puede salir. Un hombre metido en asuntos turbios al que la suerte no le dura más de cincuenta segundos seguidos antes de que todo se le vuelva a enmierdar.  
Llega un momento, cuando ves que todo, absolutamente todo está en contra de nuestro sufrido antihéroe, en el que pasas del agobio ajeno a la risa. No queda otra opción cuando descubres cómo la trama se va desmadrando y volviendo más retorcida, mientras que los personajes, por si quedaba alguna duda, demuestran cada vez con más ahínco su hijoputismo y mezquindad. No se salva ni uno. 
En fin. muy pero que muy recomendable. 
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