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martes, 25 de septiembre de 2018

The Meg



La novela homónima en que se basa The Meg, escrita por Steve Alten, y sus correspondientes secuelas, cuentan con un número bastante alto de fans y seguidores que esperaban como agua de mayo la adaptación cinematográfica, la cual llevaba intentando salir adelante, sin éxito, desde el 2000. Algunos de los directores asociados al proyecto fueron Jan de Bont, Guillermo del Toro y Eli Roth. No sé qué habrían hecho ellos, pero seguro que algo más potable y digno que lo de Jon Turteltaub. La cuestión es que al final, tras casi 20 años, han conseguido hacer la dichosa película.
El director elegido es alguien que no me dice nada, pero tampoco esperaba encontrar una película con personalidad, ya que este tipo de cine está hecho por productores, no por cineastas, de modo que el resultado suele ser poco o nada personal y carente de valor artístico. Un producto realizado en cadena de montaje, con la misma personalidad de una pizza congelada respecto a una hecha en casa con cariño y buenos ingredientes. Pero como iba con las ideas claras, sabiendo a lo que me enfrentaba, esperaba que al menos The Meg me ofreciese un par de horas de entretenimiento loco, gamberro y desvergonzado… pero oye, ni eso.

The Meg es de esas películas que todo el mundo pone a parir menos yo (como Iron Man 3 o Prometheus). Yo soy el que sale del cine satisfecho, alegando que la película no pretendía otra cosa que entretener y evadir. Jason Stathan contra un tiburón prehistórico, ¿qué queréis, trasfondo y metáforas? ¡Sacaos la escoba del culo, hombre!
Y sin embargo, no puedo defenderla. Estoy de acuerdo con todos, es una mierda. Me ha parecido una película lamentable con la que hay que tirar de imaginación si se pretende encontrar en ella algo positivo.
The Meg no funciona a ningún nivel, y para colmo es aburrida.

1: El tono
Si vas a hacer una película sobre un megalodón contra Jason Stathan, no te queda más remedio que recurrir a la parodia, la tontería, la locura. Si intentas sacar de ahí algo mínimamente serio, te caes con todo el equipo.
Stathan es un actor malísimo que no sabe interpretar más que a un personaje (el que lleva interpretando toda su carrera. De hecho, creo que todas sus películas forman parte de la misma saga) y poner dos caras como máximo, pero aquí podría haberse marcado un papel resultón, ya que la premisa da para un protagonista chulo, malhablado y pendenciero, como Bruce Willis en El último boy scout o algo así. Pero no, el protagonista carece de carisma, tanto como su compañera, la insípida Ruby Rose, que es todavía peor actriz.
Estoy cebándome con Stathan, pero la realidad es que todo el reparto está para dárselo de comer a los cerdos.
Lo que quiero decir con esto es que, ya que la película, artísticamente hablando (porque el trabajo del director es inexistente y ni voy a mencionarlo), es nula, lo mínimo sería tomarse el asunto a cachondeo y tirar la casa por la ventana en lo que a guasa se refiere. Pero The Meg está en tierra de nadie: demasiado seria para ser graciosa, y demasiado graciosa para ser seria. Cuando pretende ponerse seria (algo que no debería ni intentar), la cosa no funciona porque ni el tono ni la premisa son los de una película seria; y cuando intenta ser graciosa tampoco lo consigue porque no tiene chispa. Es un huevo sin sal.

2: La estética
No diré que parece un telefilme porque esa frase empieza a ser demasiado recurrente, y además no creo que parezca tal cosa, pero desde luego su estética es impropia de una película cara. Normalmente, cuando una película es aburrida se lo achacamos al guión o el ritmo, pero os aseguro que la estética (trabajo de cámara, fotografía) también cuenta, y en este caso es muy aburrida, lo cual contribuye a que The Meg sea un tostón.
Vale, no quiero engañar a nadie ni a mí mismo: PARECE UN TELEFILME.

3: Descafeinada
Puede que este sea el punto que más me molesta.
Imaginad que cogemos una película para mayores de 18 años y la modificamos, cambiando y quitando cosas, con la intención de conseguir una calificación para mayores de 13. El resultado sería un engendro, ¿verdad? Eso es porque cada película tiene su público, lo que significa que si algo es para mayores de 18, debe ser para mayores de 18. Amoldar esa calificación a edades más jóvenes, supone hacer un destrozo. Una película para mayores de 18 no puede ser para nadie más, del mismo modo que no podemos incluir un personaje esnifando cocaína en una película de Pixar.
En The Meg tenemos a un tiburón prehistórico desatado, y sin embargo la película es para mayores de 13 porque así se recauda más, se llega a más espectro de público y tal y tal. Una película que debería haber sido gamberra y sangrienta, porque es lo que la historia REQUIERE, pero en lugar de eso nos encontramos con un producto nada gamberro y nada sangriento. Una peliculita que no se moja ni arriesga.
Piraña 3D es un tostón porque tarda horrores en arrancar y llegar a la parte buena, pero al menos es una película adulta, con sangre, desnudos gratuitos, mala leche y mucha, mucha casquería… aunque solo sea durante los 20 minutos finales. Incluso sale una piraña escupiendo el pene de una de sus víctimas, y al ser en 3D lo escupe directamente hacia la cara del espectador… ¡¡UNA POLLA!! ¿Sabéis qué es lo más gamberro que veréis en The Meg? La escena en la que el bicho se zampa una ballena bebé… ¡Venga ya!

The Meg es un despropósito que no destaca en nada positivo. Hay que tener muy pocas ganas de trabajar para lograr que una película sobre un tiburón de 25 metros intentando matar a Jason Stathan no sea nada espectacular. Es que ni queriendo se consigue algo así, tan insípido y carente de buenas ideas.
Conclusión: los guionistas deberían de haberse aliñado las neuronas con sustancias ilegales antes de ponerse a escribir. Quizá así hubiesen producido algo con más gracia y salsa picante que esta tontería con tiburón para toda la familia.

jueves, 28 de junio de 2018

Poner nota al cine

Ponerle nota al cine es igual de absurdo que ponerle nota a cualquier obra artística, sea de la disciplina que sea, pero resulta ser una práctica tan extendida y normalizada que, en ocasiones, pienso que igual el raro soy yo por pensar que puntuar películas es algo carente de sentido y utilidad.
Confieso que yo lo hacía, tenía cuenta en Filmaffinity (y la sigo teniendo, pero mayoritariamente para estar al día de los próximos estrenos y llevar una cuenta de las películas que veo) y remataba todas mis reseñas con un numerito. Por suerte, he dejado atrás esas costumbres por todo lo que voy a decir a continuación.

Supongamos que somos uno de esos tipos que opinan en términos numéricos y PUNTO, o uno de esos otros que, aunque hayan escrito una reseña, no pueden evitar terminarla con un número o unas estrellas.
En el primer caso, el que pasa de escribir y se limita a puntuar, nos está dando una información del todo inútil en caso de que seamos un espectador miedoso, de gustos inseguros y criterio propio poco desarrollado que necesite de opiniones externas para decidirse a ver o no una película. Y esto es así porque la nota no dice nada. Es un dato tan subjetivo, tan radicalmente subjetivo, que carece de sentido compartirlo con el resto. Si yo necesito la opinión de alguien para elegir película, pero ese alguien sólo me ofrece un número, no podré sacar nada en claro. El número no es más que una representación extremadamente escueta de tu opinión. Si la unidad más pequeña de una ferretería es el clavo, la unidad mínima de una reseña es la nota. Es, en resumen, lo que ocurre cuando te pasas quitando paja y puliendo un texto. Si se te va la mano, lo único que quedará será un numerito triste y solitario. Poner nota es tan útil como describir con una sola palabra la película que has visto: buena, mala, regular.

¿Pero qué ocurre cuando has escrito una reseña y, aún así, sientes el impulso de terminarla poniendo nota? Mi pregunta es: ¿para qué? Creo que la gente que hace eso, en realidad teme que su opinión no haya quedado clara, porque de lo contrario no entiendo la necesidad de apoyarse en una nota si tú consideras que ya has plasmado tu punto de vista de forma correcta. Poner nota en estos casos se me antoja redundante (la expresión se me antoja me parece de lo más repelente y redicha, pero, fijaos qué gracia, hoy me apetecía usarla. Intentaré que no se repita).
Si eres el espectador sin criterio de antes, el que necesita buscar ayuda en la opinión de los demás, encontrarás información más o menos útil en la reseña escrita. Ahí, el autor hablará de su opinión y la justificará aportando datos y descripciones, y aunque todo sea personal y, casi siempre, subjetivo, contribuirá a tu curiosidad con más referencias imparciales que un simple número.
Poner nota al final de una reseña escrita, además de denotar inseguridad en el autor, es una tentación para los lectores perezosos, y no queremos lectores perezosos en nuestra vida, ¿verdad? Ese lector es el que ignora los siete párrafos que te has currado la noche anterior y va directamente al final, a ver qué notita le has puesto a la dichosa película… Esto se contradice con lo que he comentado antes, ya sabéis, que guiarse única y exclusivamente por un número no le sirve de nada a nadie, pero en el caso del lector vago se conformará con el numerito si así se ahorra leer el texto.

Pero existe algo más absurdo que poner nota: poner decimales ¿Qué pasa con eso? ¿Cómo se supone que debe masticarse tamaña memez?
Navegando en foros, he llegado a leer cosas como “estoy dudando entre ponerle un 6 y un 6´3”.
Me gustaría saber en qué puñetas se diferencia una película puntuada con más o menos décimas que otra… ¡DÉCIMAS!  ¿En qué punto subatómico se diferencia una de otra? ¿Cuál es el micromatiz definitivo en el trabajo de dirección, iluminación o interpretativo que convierte a una película en un 8`2 en lugar de un 8?

¡Me marcho! Tengo que practicar mis noventa minutos de meditación o me dará un colapso nervioso.

viernes, 4 de mayo de 2018

Humildad cinéfila

“¡Qué película más mala! No se entiende, es rara”. Es una afirmación que he escuchado y leído en infinidad de ocasiones, más las que me quedan. Es agotador, chavales, muy agotador. Cada vez que escucho decir algo así, me salen canas.
Esa frase habría que meterla en el mismo saco donde metieron a “no me gusta porque es mala”, otra sentencia que tiene miga. Y es que, del mismo modo que una película no es mala sólo porque a ti no te guste, tampoco está mal contada sólo porque tú no la hayas entendido. Baja los humos.
Una película, pongamos Mulholland Drive, de mi querido David Lynch, puede ser atípica, puede saltarse todos los convencionalismos narrativos que quiera, y aún así estar bien contada dentro del contexto y estilo pretendidos por su autor. ¿No la has comprendido? Quizá el problema sea tuyo, espectador. Siempre hay que plantearse eso. Y ahí es a donde quería llegar.
El espectador no es Dios, no es infalible, no es todopoderoso. A veces, una película es más grande que el espectador, y está por encima de él. Le supera. Cuanto antes entendamos eso, cuanto antes se nos meta en la cabeza, antes dejaremos de decir gilipolleces.  


Hay muchas razones por las que nunca hago caso a la crítica, ya sea profesional o de “gente normal”, y sólo me fío de mi criterio, mis preferencias y mi instinto cinéfilo. Y una de las razones por las que no me guío por opiniones ajenas es que nunca, jamás, en mi vida he escuchado decir “la película no me ha gustado, pero es culpa mía”. Y eso, amigos, ocurre muchísimo. A veces no es la película, eres tú.
Margin Call, por ejemplo. Entiendo que es una buena película, reconozco sus valores cinematográficos, su buen guión y sus grandes interpretaciones… pero no es una película para mí, y por eso no me gustó. Trata temas bastante espesos relacionados con la economía, y como yo soy un gañán que no tiene ni idea de esos asuntos, no entendí nada. No es que sea mala, que no lo es, lo que ocurre es que YO no estoy a la altura. Carezco de los conocimientos necesarios para no perderme en su trama.
¿Veis? Una película puede no gustar y, al mismo tiempo, ser buena. Porque preferencias aparte, los valores cinematográficos de que dispone una película están ahí, y no todo es subjetivo. Es sano ser consciente de que una película que te ha gustado es mala, tanto como saber que una película es buena pese a no haberte entusiasmado. La objetividad existe aunque muchos lo nieguen: un guión puede ser bueno o malo, una escena de acción puede rodarse bien o mal, una interpretación puede ser creíble o mediocre. Ni todo lo que nos gusta es bueno, ni todo lo que rechazamos es malo, pero este otro asunto da para todo un artículo, así que mejor lo dejamos aquí.

Tenemos que empezar a plantearnos cambiar el “no se entiende” por el “YO no la entiendo”, el “la película es mala” por el “A MÍ no me ha gustado”. Y sí, hay películas mal contadas y plagadas de errores de guión, pero nuestra labor como espectadores es saber diferenciar cuándo el problema lo tiene la película y cuándo lo tenemos nosotros.

El espectador y la crítica deberían quitarse la mala costumbre de juzgar siempre desde un trono elevado, creyéndose superiores a cualquier película que decidan fusilar, y considerar la opción de admitir, aunque sólo sea de vez en cuando, que algunas de las películas que no les han gustado están bien, y que son ellos quienes, por el motivo que sea, no han estado a la altura o simplemente no eran los espectadores apropiados para ese título.

viernes, 23 de marzo de 2018

El espectador solitario

¿No os habéis fijado en que existe una opinión generalizada, según la cual ir solo al cine denota rareza? En fin, no sé, yo me he cruzado con mucha gente que ha dicho o dado a entender que ir al cine sin compañía es algo extraño, poco sano, incluso digno de lástima.
¿Por qué? Ver una película, al igual que escuchar música o leer un libro, es una actividad solitaria. Cierto es que de esos tres ejemplos, el único que de verdad acepta la presencia de más gente involucrada es el cine, pero que la acepte no significa que sea imprescindible. Nadie pone en tela de juicio escuchar música en soledad, con tus cascos o tirado en el sofá con los altavoces a todo trapo, entonces ¿por qué está relativamente mal visto ir solo al cine, si prácticamente es lo mismo?

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Yo siempre he sido un tipo independiente. Aprendí a estar solo y hacer cosas solo, porque total, no me quedaba más remedio. Era adaptarme o morir de asco.
Pasé buena parte de mi infancia y adolescencia en un cortijo en mitad del campo, sin gente de mi edad cerca, por lo que, si quería entretenerme, debía hacerlo por mi cuenta y sin contar con nadie. Ver películas (bendita difunta Vía Digital. Me salvó la vida y me descubrió todo un abanico de películas que, hasta ese momento, no conocía ni estaban a mi alcance), leer, escribir, tirar piedras al río, dibujar o perderme por los caminos de tierra con mi bicicleta eran las únicas actividades que podía hacer si quería sobrevivir al sopor.
No he vivido una infancia llena de amigos con los que jugar en el parque por la tarde después del cole. Lo que me encontraba cuando ponía un pie fuera de casa era una basta llanura repleta de caminos polvorientos, campos de cultivo, siniestras casas rurales (para mí lo eran, sobre todo desde que vi La matanza de Texas), cabras y tractores.
Con semejante panorama, me acostumbré a estar solo, y cuando por fin pude salir del mundo rural y dar con mis huesos en la urbe, no necesitaba la compañía de nadie.
De acuerdo, sí, hice amigos, pero no me desvivía por tener una vida social rica y abundante. Con una o dos personas de confianza, me bastaba. Lo justo para salir a dar una vuelta y comernos una bolsa de patatas en el Paseo Real.

Después de esta chapa, comprenderéis la razón por la que nunca me ha hecho falta nadie para, entre otras cosas, plantarme en el cine.
Salvo excepciones muy puntuales, mis amistades de aquellos años no compartían conmigo aficiones, razón por la cual debía descartar ir al cine con ellos. No concebían la idea de gastar dinero en ver algo que podían descargar en Internet. No eran cinéfilos, y por lo tanto no entendían esa pasión, de la misma forma que yo no gastaría noventa minutos de mi vida en ver un partido de fútbol. Cuestión de preferencias.
En cualquier caso, ¿qué podía hacer yo, renunciar a mi sesión semanal cinematográfica por no tener acompañante? Ni hablar. Así que todas las semanas, eligiendo las sesiones adecuadas para no encontrarme la sala hasta arriba de peña (la primera sesión suele ser la mejor si quieres compartir la sala con el menor número posible de seres humanos), pateaba hasta el antiguo Eroski, escuchando música en mi Mp3. Solo y contento.

Pero independiente de las circunstancias personales que me han llevado a manejar mi tiempo libre sin necesidad de que haya gente conmigo, creo que ir solo al cine es un acierto y una mina de ventajas. Si te toca una persona afín a tus gustos y manías, es un placer ver películas acompañado, pero si eso no ocurre, y no suele ocurrir, se convierte en una pesadilla.

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Las ventajas básicas de ir solo al cine son estas:

No llegas tarde
Ya sabéis que existe gente que vive con la hora pegada al culo, corriendo y llegando tarde a todas partes. Yo ODIO eso. Me gusta ir tranquilo, con tiempo, y llegar al cine media hora antes para sacar las entradas, comprar palomitas, buscar mi asiento y ver los trailers.
Son manías que no todos entienden, por eso prefiero hacer las cosas solo, a mi manera, y ahorrarme dar explicaciones.

Ves la película que quieres
Así de sencillo. Si no compartes gustos con la otra persona, es posible que terminéis decidiendo a cara o cruz qué vais a ver. Pero como a mí no me gusta el azar, prefiero ir solo y ver lo que me apetezca sin entrar en discusiones.

Fuera móviles
Te puede tocar ir con uno de estos tecnozombis que necesitan mirar el móvil cada cinco minutos. ¿Y quién quiere eso? Si ya me molestan los que no conozco, imaginad ver una película acompañado por alguien que desvía su atención continuamente para echar un vistazo a ese aparato infernal, y de paso deslumbrarte.

Elegir asiento
Hay gente que, por alguna razón extraña, acostumbra a sentarse en la última fila, la de arriba. A esa altura, chaval, es casi como ver la película en la pantalla de tu televisor. Para eso, mejor no vayas al cine.
Yo he tenido que sentarme en esa última fila por cortesía y por no ponerme a explicar a mis acompañantes (¡y encima era yo contra todos!) las razones por las que sentarse ahí voluntariamente me parece tontísimo.
Tampoco es cuestión de sentarse en la primera fila; eso es un horror incluso mayor. Lo ideal es hacerlo por la mitad.

Se mire por donde se mire, salvo que tu acompañante comparta tus mismas filias y fobias, ir al cine con gente suele ser un calentamiento de cabeza que, a poco que nos importe tres narices lo que los demás piensen, podemos evitar con mucha facilidad.


lunes, 11 de diciembre de 2017

Leatherface


Leatherface es una de esas películas que sólo capta el interés de cuatro gatos, entre los que me incluyo orgulloso. En mi caso, esto se debe a que soy un fan incondicional de esta saga, siendo La Matanza de Texas una de mis películas de terror favoritas por motivos que podría enumerar ahora mismo… pero no es el caso.
Además, la película está dirigida por Alexandre Bustillo y Julien Maury, quienes perpetraron hace años la genial Al Interior.
¿Qué podía salir mal con semejante combinación? Pues era difícil, pero resulta que TODO ha salido mal.
Leatherface disponía de los ingredientes para ser una gran película llena de brutalidad y suciedad. Además tenía la oportunidad de dar un origen digno a uno de los personajes más legendarios del cine de terror. Pero no ocurre nada de eso. Nada.
En fin, entiendo eso que dicen muchos sobre que lo desconocido produce más miedo, y que cuanto menos se sepa sobre un personaje, más inquietante resultará. Estoy de acuerdo, aunque también soy una persona curiosa, por lo que siempre acabo preguntándome (y deseando una respuesta) por qué gente como Hannibal Lecter, el Joker o el propio Leatherface son como son. Y reconozco que al conocer los orígenes se corre el riesgo de desmitificar, pero en fin, si la película en cuestión no nos convence, siempre tenemos la opción de ignorarla… como yo he hecho con la aquí presente.

La película empieza bien, con una secuencia que resulta ser un guiño a los fans de la original, pero ahí acaba todo. Luego entramos en una dinámica de chalados adolescentes que van por ahí haciendo tropelías bastante descafeinadas y sosas (se incluye una escena necrófila, pero está tan forzada y metida con calzador, que no impacta ni lo más mínimo); una mezcolanza ridícula entre, no sé, ¿Los Goonies y Los Renegados del Diablo? En fin, qué más da.
Para colmo, la peliculilla nos toma el pelo en relación a un personaje de forma bastante tonta e innecesaria, pues no aporta nada al conjunto. No voy a entrar en detalles para no spoilear, aunque me dan ganas porque es una tontada muy grande que no venía al caso.
Y para rematar la función, la explicación que se nos da sobre los motivos por los que Leatherface cubre su rostro con una máscara (de piel humana), es de lo más convencional, tonta y predecible.
Otro puntito en contra es que la película está ambientada en Texas pero rodada en Bulgaria… Y SE NOTA. La ambientación tejana es, como quien dice, un personaje más de esta saga,  y aquí se lo han cepillado porque Bulgaria no cuela como Texas.
Las interpretaciones no destacan, la historia carece de interés, está dirigida sin fuerza y los momentos supuestamente brutales y sangrientos resultan insípidos y tópicos. La Matanza de Texas original, con su mínimo derramamiento de sangre, era infinitamente más repugnante, sucia, terrorífica y perturbadora que este bodrio, ¿y por qué? Porque te la creías.
Ni siquiera Stephen Dorff, cuyo personaje es un caramelito (anda que no dan juego los policías corruptos y/o perturbados), pasa por aquí sin pena ni gloria. Pero la culpa no es suya, sino del guión, que desaprovecha todo lo que hay en la historia.

Leatherface es, en resumen, sosa, cobarde, carente de ambición e indigna de formar parte de esta saga, por lo que para mí no existe.

Decepción mayúscula. 

lunes, 27 de noviembre de 2017

Thor: Ragnarok


Thor: Ragnarok ha levantado mucha polémica, y no es para menos.
Tras Thor y su secuela, Thor: El mundo oscuro, pocos preveían que la saga tomaría estos derroteros tan poco ortodoxos. Me refiero a que la saga, de repente, ha cambiado de género. Si las dos primeras entregas eran (más o menos) un par de películas de acción con tintes épicos, algo de humor y un par de gotas shakesperianas, Thor: Ragnarok es cien por cien puro cachondeo. Las dos primeras no funcionaron por culpa de su extrema sosería y falta de cariño en su concepción, de modo que Marvel ha decidido irse al extremo contrario y convertir esta tercera entrega en algo más cercano a Guardianes de la Galaxia que a Thor. Esto es como si ves primero Alien, luego Aliens: El Regreso… y de repente la tercera es un drama musical (estoy exagerando, pero…)
Esto que comento ha molestado y desubicado a muchos, que no entienden cómo una película que trata un tema “serio” como el Ragnarok (el Apocalipsis nórdico) puede tomárselo todo a pitorreo.
En mi caso, estoy encantado. De hecho, esta era la primera vez que tenía verdaderas ganas de ver una película de Thor en solitario, y es que un trailer a ritmo de Led Zeppelin se gana el interés de cualquier ser humano con sangre en las venas. Lo mejor es que Led Zeppelin también suena en la película, ¡dos veces! En fin, como para no gustarme.

Para más hype, la película está dirigida por Taika Waititi, en cuyo currículum figuran las estupendas Lo que hacemos en las sombras y Hunt for the wilderpeople. Vamos, un director de comedia que ha hecho con Thor: Ragnarok lo que mejor sabe hacer: comedia. Y no sólo eso, sino que el tío ha pasado de todo y se ha sacado de la manga una nueva estética, de modo que donde antes había oscuridad y tonos azulados, ahora hay colores chillones. Si Thor 1 y 2 eran un callejón oscuro un lunes por la noche, Thor: Ragnarok es la cabalgata del orgullo gay. De nuevo estoy exagerando, aunque no tanto como creéis…  
Lo mejor de todo es que no se limita a la comedia; también cuenta con grandes escenas de acción, una banda sonora potentísima y retro, muchísimo ritmo (dos horas y pico que se pasan en un suspiro), unos personajes protagonistas carismáticos y bien interpretados (Cate Blanchett está enorme)… y Hulk. También tenemos a Hulk.

Muchos la acusan de ser una mala adaptación y tal y tal, pero creo que se equivocan, puesto que Marvel Studios no está adaptando sus cómics, sino reinterpretándolos para la gran pantalla. Este universo cinematográfico no es una adaptación de nada, sino, como bien indica su nombre, un universo… Uno de los varios universos alternativos que hay en Marvel. No entiendo por qué cuando un personaje es reinventado en el cómic (cosa que ocurre muy a menudo), nadie se queja, y sin embargo cuando eso mismo ocurre en una película, los puritanos sacan las hachas. Es pura contradicción.
Este Thor no es ni mejor ni peor adaptación; es, simplemente, el Thor del UCM. Podrá gustar más o menos, pero juzgarlo según lo bien adaptado que esté, es un error.

Y al contrario que otros espectadores, no tengo nada en contra del humor y la estética colorida, incluso hortera, en este tipo de cine. Con tanta oscuridad, seriedad y drama, se nos ha olvidado lo que realmente son los cómics de superhéroes: color, desenfado, locura y fantasía. En ese sentido, Nolan (y mira que me gusta su Batman) ha hecho mucho daño. Parece que las películas de superhéroes actuales están acomplejadas, de ahí tanta solemnidad, caras largas, bajona y paletas de colores invadidas por marrones y grises.

Para mi gusto, Thor: Ragnarok es una película de superhéroes con todas las de la ley, sin complejos y ridículamente divertida.

lunes, 30 de octubre de 2017

IT (2017)


Malos augurios
Todo apuntaba a desastre, y es que el último director asociado a este proyecto, Cary Fukunaga, eran palabras mayores, y sin embargo abandonó el proyecto por diferencias creativas. En su lugar colocaron a Andy Muschietti, director de la pésima Mamá. El bajón fue muy grande, y de repente parecía que la novela se quedaría sin una buena película. Y digo película porque la versión de los noventa no cuenta, ya que se trataba de una miniserie (bastante sobrevalorada, por cierto). Por lo tanto, no es justo referirse a IT como un remake.
Pese a todo, yo tenía cierta esperanza. Aunque el director elegido no fuese gran cosa, lo importante era que el material de base, la novela, era sobresaliente. A poco que lo respetasen, saldría algo digno. 


Una adaptación difícil
Adaptar la novela de Stephen King no era un trabajo fácil debido a su naturaleza adulta y truculenta y a su gran extensión (más de mil páginas), pero Warner ha sabido sortear ambos obstáculos. Para empezar, IT obtuvo la calificación R (vamos, que no se anda con tonterías a la hora de ponerse perturbadora), y además se tomó la acertada decisión de estrenarla en dos partes para así abarcar la novela como es debido. En total, es de suponer que ambas entregas sumarán más de cuatro horas de película.

El nuevo payaso Pennywise
Como todo en la vida, el nuevo diseño gustó a unos… y a otros no. Yo estaba en el primer grupo, pero aunque estéticamente me pareciese acertado, una cosa era eso y otra muy distinta verlo en acción y averiguar qué tal la interpretación de Bill Skargard, actor que hasta ese momento no me decía absolutamente nada. Ni me sonaba.
El precedente era Tim Curry, quien interpretó a Pennywise en la famosa mini serie. Vamos a ver, yo sé que el trabajo que hizo Curry está en un altar y que su payaso forma parte de la mitología del cine de terror… pero a mí no me parece para tanto. Creo que el nuevo es superior en todos los sentidos, tanto en diseño como en interpretación. No me da miedo porque no tengo fobia a los payasos, pero aún así lo considero mucho aterrador que el original.

El club de los perdedores
Aunque no suele pasar, la película está protagonizada por un grupo de chavales que no resultan repelentes y odiosos; al revés, tienen carisma, gracia y para nada son cargantes. Yo soy de los que quieren que el monstruo se coma a los niños y se ponen a favor del villano, pero estos chavales me han caído bien. He llegado a sufrir con ellos, a querer que todo salga bien y que le dieran una paliza a Pennywise. 
Al igual que en la novela, cada protagonista tiene sus propios problemas personales en casa, bien sea una madre sobreprotectora, la pérdida de un familiar, un padre que abusa sexualmente de su hija o un caso de bullyng bastante feo y peligroso. A la ecuación, por tanto, hay que añadir otro problemilla: un payaso asesino devorador de niños.
Pero de eso se trata, y de eso va la novela: superar los miedos y traumas. Y es que si nos paramos a pensarlo, puede que el menor de los problemas del Club de los Perdedores sea el payaso. Esto es tan así, que si en la película no hubiese ningún monstruo, seguiría siendo un drama terrorífico. ¿Por qué? Porque el ser humano es el peor de los engendros. No hacen falta payasos con colmillos.

Como adaptación
Adaptar la novela con absoluta fidelidad habría requerido casi tres películas: una para la etapa infantil de los protagonistas, otra para la etapa adulta y una tercera para los interludios. Esto significa que la película no adapta la obra literaria con total fidelidad, pero sí que sabe quedarse con lo necesario: la esencia, el alma, el tono, la textura. Y aunque haya cambios, la historia central que da forma a la película es la misma. Con algunas modificaciones y algunas partes suprimidas, pero nada que resulte imprescindible.
Como ya digo, el tono es lo más importante, y la película lo ha sabido reflejar.
Uno de los mayores y más evidentes cambios respecto a la novela es la época durante la cual transcurre la historia. En la novela, la infancia de los protagonistas transcurría en los cincuenta, y su adultez a principios de los noventa. En la película cambiamos los cincuenta por los ochenta y los noventa por nuestra actualidad. Me gusta muchísimo la estética de los cincuenta norteamericanos, de modo que la he echado en falta, pero han sabido aprovechar los ochenta para convertir IT es una especie de versión macabra de Los Goonies y darle ese toque nostálgico que tan bien funciona hoy en día (véase Stranger Things, serie que bebe muchísimo de IT y Stephen King).
Como es lógico, el cambio de contexto histórico repercute en varios puntos que han debido eliminarse, como el hecho de que Pennywise no se convierta en monstruos clásicos de la Universal, como el hombre lobo o la momia, por ejemplo.
Pero estos cambios resultan insignificantes porque lo más importante, lo que contribuye a que la novela sea una obra maestra, está en la película: los personajes (y aquí no me refiero a Pennywise) están bien construidos y son importantes y creíbles.

Por ponerle una pega, diré que, como siempre ocurre con el cine de terror comercial, se abusa de los sustos fáciles y los sobresaltos, pero en conjunto tiene muchas más virtudes que defectos.
IT es una película hecha con cariño y respeto hacia el género y la novela de Stephen King, por eso han acertado de lleno. 

lunes, 31 de julio de 2017

Baby Driver


Baby es un conductor especializado en huir de la policía, por eso se gana la vida conduciendo para atracadores. La particularidad de Baby es que para hacer bien su trabajo necesita dos herramientas esenciales: música y auriculares.


Me encanta cuando en alguna película combinan un temazo con las imágenes que estamos viendo, así que haceos una idea de lo que he sentido viendo Baby Driver, una película que VA DE ESO.
Edgar Wright, director que para mí es sinónimo de calidad, vuelve con una película que, siendo honestos, no parte de una idea demasiado original. The Driver, de Walter Hill, y Drive, de Nicolas Winding Refn, son dos películas que tratan de lo mismo, exactamente la misma propuesta: conductores que trabajan para delincuentes. ¿Entonces por qué Baby Driver, que básicamente es un remake alegre y edulcorado de Drive, es tan buena? No es por lo que cuenta, sino por cómo lo cuenta. Ahí reside la cuestión, ahora y siempre. Es complicado que un blockbuster resulte original, y podría decirse que el 99% parten de ideas que ya hemos visto antes, pero a veces los directores y guionistas se preocupan por coger una idea de sobra conocida y embellecerla de tal manera que tenga sabor a nuevo. Si a esto le sumamos que Edgar Wright es un fuera de serie de leguaje cinematográfico y el manejo de la cámara, el resultado ha de ser positivo sí o sí.


Baby Driver cuenta con un reparto espectacular encabezado por el sorprende y poco conocido Ansel Elgort, Lily James, Kevin Spacey, Eiza González, John Hamm y un desatado y jokeriano Jamie Foxx.
Otro elemento crucial en esta película es la enorme banda sonora, cargada de buen gusto y buenas canciones. La música no es un simple adorno colocado como telón de fondo, sino que, además de ser parte de la trama (el protagonista necesita escuchar música para silenciar los pitidos que retumban en sus oídos a raíz de un accidente de coche), varias escenas están rodadas y montadas al ritmo de la música que suena en ese momento, de modo que el resultado final recuerda poderosamente a un musical en el que se sustituyen los pasos de baile y las coreografías por persecuciones automovilísticas, golpes y disparos.
Está claro que la artillería de Wright está en la fusión de música e imagen, en lo bien rodada que está en general y en el carisma que desprende cada fotograma, personajes incluidos. La película es, casi por encima de todo, una oda al lenguaje cinematográfico.

Lo único que le achaco es que Wright está algo contenido... De hecho, creo que su estilo queda diluido casi por completo. Veo que la película es técnicamente impecable, pero no encuentro los habituales tics que hacen Wright a Wright. No entiendo por qué ha de contenerse un director que, siendo él mismo, resulta divertido, fresco y espectacular.
En cualquier caso, esto es una pequeñez que no enturbia el conjunto.

Soy el primero que a veces dice eso de que a un blockbuster no se le puede pedir mucho, pues su única función es entretener y hacer desconectar las neuronas, pero viendo cosas como Baby Driver, un blockbuster que además de entretenimiento es BUEN CINE, me arrepiento de pensar así en ocasiones. Qué demonios, un blockbuster puede ser inteligente, no estar encorsetado ni prefabricado y poseer valor cinematográfico... ¿Por qué no exigirlo más a menudo en lugar de conformarnos con cualquier cosa que simplemente entretenga? Puede que así se estrenasen Baby Drivers con más regularidad.

Imprescindible.

martes, 20 de junio de 2017

Alien: Covenant


Ridley Scott retoma la saga Alien tras la desastrosa Prometheus, película que me gusta y fascina por ciertos motivos, pero que, como ya digo, es un desastre por otro puñado de motivos que no voy a entrar a detallar. No es mala, pero tampoco es tan buena como debería haberlo sido.
Hablo de Prometheus principalmente porque Alien: Covenant ha resultado ser, al menos en parte, un desastre similar… ¿De quién es la culpa? De Prometheus y de los fans más cerrados de mente. ¿Es mala? No, pero, insisto, tampoco es tan buena como debería ser. De eso se trata.
Esto daría para cuatro artículos, así que voy a intentar ser breve y conciso.

Cuando Ridley Scott se planteó hacer Prometheus, no tenía intención de realizar otra película de aliens asesinos, revienta-pechos y toda la fauna que ya nos conocemos. Él quería hacer una película situada en el universo Alien, pero sin xenomorfos. Y ahí empezó el desastre, porque el guión tenía agujeros, introducía elementos con calzador (ese xenomorfo final bellísimo e impactante pero innecesario), los personajes se comportaban como imbéciles (más de lo habitual en este tipo de películas, quiero decir. A fin de cuentas, si los personajes fuesen demasiado racionales y listos, igual la peli duraba quince minutos y adiós… ¡esta y cualquiera!), y al final, más que despejar dudas, creaba más. Y pese a todo esto, me gusta Prometheus… pero tampoco estoy ciego.

Luego llegaron los fans, que entre el guión regular y la ausencia de xenomorfos, rompieron en cólera y crucificaron a Prometheus en un linchamiento bastante injusto y desmedido, al menos en mi opinión.
¿Las consecuencias de todo esto? Que Alien: Covenant es lo que es por culpa de esos fans que reclamaban más de lo mismo, así que lo que debería haber sido Paradise (el título original), se terminó convirtiendo por la fuerza en una entrega más de la saga Alien. Estoy convencidísimo de que esta película no se parece en nada a lo que Ridley Scott tenía en mente para la secuela de Prometheus… Y cambiar de rumbo de forma tan brusca conlleva unas consecuencias negativas e irreparables. Ridley se ha visto obligado a realizar una película pura y dura de Alien, pero lo ocurrido en Prometheus seguían ahí, esos cabos sueltos continuaban reclamando ser atados. ¿La solución para quitarse de en medio el marrón y ajustarse a las nuevas exigencias del estudio? Obviamente no voy a soltar tamaño spoiler, pero digamos que Scott se ha quitado de en medio todo lo referente a Prometheus con una triste secuencia de tres minutos. Borrón y cuenta nueva… y así no se hacen las cosas si quieres que queden bien. Ahora ha dejado el camino abierto para hacer todas las películas de Alien que quiera sin que Prometheus se entrometa. Y es una lástima, porque, recordemos, Scott no quería hacer otra película más de la saga Alien cuando anunció Prometheus… ¡y fijaos cómo ha terminado el asunto! En fin, Hollywood.


Pero la cuestión es la siguiente: pese al cambio de rumbo en los planes de Ridley Scott, y pese a que le hayan metido un petardo por el culo a Prometheus con tal de ajustarse a las exigencias del público, ¿es Alien: Covenant una película potable? Yo creo que sí. Vale que hubiese preferido ver una secuela 100% directa de Prometheus centrada en el mundo de los Ingenieros, pero soy demasiad fan del universo Alien como para despreciar una película en la que aparecen xenomorfos, engancha-caras, revienta-pechos, etc, y todo eso aderezado con mucha sangre y casquería.

Alien: Covenant no es una película perfecta, pero, al igual que ocurría con su predecesora, dudo que merezca los palos que está recibiendo.
Pese a ciertos problemas de ritmo, algunos efectos especiales regulares que contrastan con otros de primer nivel y una premisa que dista mucho de ser original e innovadora, Alien: Covenant me ha parecido una película disfrutable siempre y cuando se vaya con las expectativas no muy altas.
En fin, es una película de contrastes. Por un lado me ha parecido un producto aceptable, pero por otro no puedo evitar pensar que esto merecía más, mucho más, y que ser aceptable a secas es como dar por bueno que Albert Einstein saque un seis en un examen de física.

Estoy hecho un lío, ¡dejadme en paz! 

jueves, 18 de mayo de 2017

El Bar


Un grupo de personas, todas ellas radicalmente distintas entre sí, queda encerrado en un humilde bar madrileño porque en la calle comienza a morir gente de forma misteriosa.

Álex de la Iglesia lleva una racha regular. Quien años atrás nos sorprendiera gratamente con títulos rompedores y atrevidos como El día de la bestia, Muertos de risa o La Comunidad, parecía haber caído en un agujero negro del que no salía. Decepción tras decepción, parecía que de la Iglesia no iba a volver jamás a ser quien fue… y entonces llegó El Bar y todos nos calmamos. No es su mejor película pero sí es un regreso a los orígenes, a los buenos tiempos de títulos tan gamberros y oscuros como La Comunidad, donde se hacía una pesimista disección de la naturaleza humana y la mala uva que nos caracteriza. Y es que a la hora de plasmar lo peor del ser humano, su mezquindad, su patetismo y su, en ocasiones, repugnante filosofía y avaricia, pocos cineastas hay como Álex de la Iglesia. Todo eso está en El Bar, y ya se echaba de menos.
 
Viendo los trailers parecía que estábamos ante una propuesta similar a la planteada en la estupenda Última llamada (Joel Schumacher, 2002), donde Colin Farrell quedaba encerrado en una cabina telefónica, acorralado por un francotirador chiflado.
Pero me negaba a aceptar que de la Iglesia fuese tan poco original. Es cierto que en un primer momento puede parecer que el enemigo de esas pobres almas encerradas en el bar es un francotirador o un terrorista, pero pronto descubrimos que la realidad es aún más aterradora y siniestra. De hecho, el primer juego que propone la película es el del desconcierto, el misterio de no saber qué hay ahí fuera: ¿Se trata de un francotirador? ¿Un Apocalipsis bíblico? ¿Están los protagonistas muertos y no lo saben? ¿Es el bar el mismísimo purgatorio? Esa paranoia PhilipDickniana consigue que incluso el espectador esté confuso y espere cualquier respuesta por demencial que sea.
Pero la clave de todo, el motor que mueve la película, son las reacciones de este grupo de personas dispares entre sí. El modo de afrontar el hecho de no tener nada en común y, al mismo tiempo, estar sometidos a un enemigo invisible que amenaza sus vidas.


A partir de la segunda mitad de la película, cuando conocemos lo que se está cociendo en la calle y todo se centra en el plan de huída de los supervivientes, El Bar se vuelve algo más convencional y tópica, pero igualmente disfrutable y terrorífica a su manera. Pese a la relativa pérdida de frescura en la propuesta, el sello del director está ahí… El sello añejo, el bueno. El que tanto nos hizo disfrutar en los 90. El que echábamos de menos, en definitiva.

Y como viene siendo costumbre en las películas del director vasco, el reparto quita el hipo. No sólo está repleto de rostros conocidos (Terele Pávez, Blanca Suárez, Mario Casas, Secun de la Rosa, Carmen Machi y el malagueño Jaime Ordóñez entre otros), sino que todos están perfectos en sus roles.

Cierto es que algunos elementos de la trama están algo forzados, tanto que no resultan nada creíbles (esos objetos que, milagrosamente, sobreviven al incendio sólo porque el guión necesita que no se quemen), pero desde luego son pinceladas negativas que para nada estropean un conjunto con más virtudes que defectos.

jueves, 4 de mayo de 2017

Colossal


Gloria (Anne Hathaway), una chica desastrosa y con evidentes problemas con la bebida, se ve obligada a regresar desde Nueva York hasta su pequeño pueblo natal después de que su novio, harto de borracheras y resacas, la eche de casa.
Un día, los acontecimientos toman un giro demencial e inesperado. En las noticias hablan de un monstruo gigante que se divierte destruyendo edificios en Corea… y poco a poco, Gloria descubre que, de alguna forma que no comprende, está conectada a la criatura.

La sinopsis es una locura más grande que el monstruo de la película, ya lo sé. Este híbrido entre Young Adult, Cómo ser John Malkovich y Godzilla no será bien digerido por los espectadores que busquen un producto estándar y tópico, pero en fin, ¿qué sabrán ellos? Guste más o menos, Colossal es original, fresca, innovadora y profunda, y sólo por eso, su director, el español Nacho Vigalondo, merece nuestro agradecimiento. En estos tiempos, donde abundan las ideas manidas y casi todo el cine de consumo masivo carece de alma y ganas de innovar (ojo: no digo que no haya buenas ideas; digo que las hay pero no se usan por miedo al fracaso en taquilla), no puedo más que aplaudir este tipo de propuestas que desarrollan y llevan sus ideas de base hasta las últimas consecuencias por muy extravagantes que sean.

Los que conocemos la filmografía de Nacho Vigalondo, sabemos de sobra que no es para todos los públicos. Su obra más accesible (en cierta forma) es Los Cronocrímenes, un estupendo thrillers de viajes en el tiempo donde el principal aliciente reside en comprobar el follón que puede suponer viajar menos de una hora al pasado.
Luego dirigió la polémica Extraterrestre, una comedia romántica situada en el marco de una invasión alienígena. ¿Por qué resultó fallida? Porque al público no le gustó que la invasión extraterrestre fuese lo de menos en la historia. ¿Hay un OVNI? Sí, pero lejos, al fondo, entre los edificios. 
Después vino Open Windows, un thriller tecnológico bastante convencional si no fuese porque la totalidad de la historia está contada desde la pantalla de un ordenador conectado a Internet.
En fin, a mí me encanta el cine de Vigalondo porque me parece interesante, me parece valiente y me parece que hacen falta más directores así, autores con entidad y voz propia, en vez de tantos mercenarios vendidos al dinero, pero entiendo que el público mayoritario no conecte con este cine tan atípico y especial.


Colossal es su película más resultona a nivel visual (sin echar mano del exceso visto en Open Windows, quiero decir), su mejor trabajo desde Los Cronocrímenes y, desde luego, su película mejor dirigida. Vigalondo siempre ha tenido buena mano a la hora de hacer que la cámara hable, pero en Colossal se ha superado en ese sentido.


Pero tenemos que hablar de ese monstruo que está destruyendo Seúl, ¿verdad? Vale, el tema tiene mucha miga. Que, por favor, nadie espere una película de acción en la línea de Pacific Rim aunque en Colossal haya robots luchando con monstruos. Que nadie espere un espectáculo vacío de efectos especiales con el que pasar dos agradables horas de entretenimiento sin complejos.
Colossal, además de ser una comedia en su primera mitad y un drama bastante oscuro en la segunda, es, por encima de todo, una colosal (perdón, lo tenía a huevo) metáfora de la violencia de género y de la coacción mediante violencia física o psicológica.
Podría profundizar más en el tema porque, a decir verdad, todo está perfectamente planteado, pero no quiero entrar en spoilers (aunque sé que terminaré cayendo en ellos). Digamos, para resumir, que Gloria comprende el daño que causa el monstruo (monstruo que materializa ella) y, como la persona empática que es, decide poner punto y final a las catástrofes que su adicción está provocando. Pero Óscar (enorme Jason Sudeikis), el chico simpático que finalmente resulta ser un violento y celoso maltratador, usa su poder de destrucción (el robot que él genera) para manipular a Gloria de la peor forma posible, aprovechándose de su empatía. Puede que las víctimas estén lejos, a miles de kilómetros, pero eso no cambia el hecho de que sean seres humanos con sentimientos, familia y todas esas cositas. A Gloria le importa, pero a Óscar no… y ahí reside el conflicto que mueve la maquinaria de Colossal.

Aunque he de advertir una cosa que, a mi juicio, es importante. Por favor, que nadie vaya esperando hallar una respuesta “científica” a la presencia del monstruo y el robot. Puede que en este apartado la película falle para muchos y el director se haya marcado un pegote de los que hacen historia… Las gigantescas criaturas están ahí porque el guión así lo requiere, y ya está. Cuando Gloria entra en el parque de su pueblo a las ocho de la mañana, un monstruo aparece en Seúl. ¿Por qué? Porque sí.
A Vigalondo no le interesa ponerse a explicar nada, de la misma forma que Charlie Kaufman no explicó los motivos por los que esa dichosa puerta llevaba a la mente de John Malkovich. Podría decirse que se trata de la incursión del realismo mágico en una tragicomedia sobre el maltrato.


En definitiva, esta historia podría haberse contado de mil formas distintas, y todas ellas habrían requerido menos esfuerzo a la hora de abordar el tema y encajar la trama monstruosa con la violencia machista, pero el director/guionista ha optado, como siempre, por elegir el camino más extraño y enrevesado, y por eso su cine destaca por encima de la media. Insisto en lo que dije al principio: puede gustar más, menos o nada, pero el mérito y la valentía son incuestionables.

Sea como sea, los que amamos el cine diferente, arriesgado y que no teme alejarse de los cauces estandarizados de lo comercial, estamos de enhorabuena con Colossal.   

domingo, 9 de abril de 2017

Trainspotting 2


No hace falta ver Trainspotting 2 para saber que no supondrá lo que supuso la primera entrega. Aquella película gamberra, atrevida y dura, muy dura, alteró a toda una generación (aunque yo la descubrí bastante tarde) y se convirtió en un clásico de culto instantáneo. La escena inicial al ritmo de Iggy Pop y su Lust for life, con ese largo monólogo sobre las cosas que hay que elegir en la vida, es casi un himno para aquellos que vivieron el momento dorado de Trainspotting.
Ahora, después de casi dos décadas, llega Trainspotting 2 siguiendo la reciente estela de secuelas tardías (Jurassic World, Mad Max: Fury Road o la inminente Blade Runner 2049), y lo hace con bastante soltura y calidad.
Es innegable que el factor sorpresa se ha perdido, pero eso no significa que la película sea mala ni poco disfrutable.

Basada en la novela Porno, de Irvine Welsh, que a su vez es la secuela de la novela en la que se basa la película original, Trainspotting 2 (no ha habido huevos de titularla igual que el libro) es en realidad muy distinta a su antecesora. Regresa a lugares ya conocidos y está llena de guiños nostálgicos que harán las delicias de los fans, pero por suerte no se basa únicamente en el regodeo nostálgico. Trainspotting 2 tiene alma propia, y aunque el director, el reparto y el tono gamberro sean los mismos, esta secuela tiene un aroma distinto, y eso se agradece. Vamos, que no es un refrito para sacarle la pasta a los fans. Trainspotting 2 tiene algo que aportar.
Si la película original narraba el día a día de un grupo de drogadictos sin futuro, la secuela se estructura de un modo más formal, más de película. Hay una historia definida, un objetivo, un villano… No digo que esto sea mejor, solo que le da a la película entidad propia. Original y secuela son distintas, muy distintas, pero se complementan.

El reencuentro con estos personajes que dejamos atrás hace veinte años, siendo interpretados otra vez por el mismo reparto, ha sido de lo más estimulante. Algunos de ellos han evolucionado (no necesariamente para bien), mientras que otros continúan anclados en la misma espiral de drogas y vicio. No obstante, Trainspotting 2 es, a su manera, mucho más optimista que su oscura, deprimente y sucia primera parte. El broche final de la película es un destello de luz necesario después de tanta miseria.
También es, como cabría esperar teniendo en cuenta los antecedentes y al director tras la cámara, Danny Boyle, una cinta de gran poder audiovisual. La banda sonora posee mucha fuerza e importancia, y las virguerías visuales psicodélicas, heredadas de la película de los 90, están presentes desde el primer momento.


Trainspotting 2 no puede significar lo mismo que aquella primera parte ni plantar cara a algo tan irracional como la nostalgia de los fans, pero desde luego es una digna continuación y una muy buena película que cierra, como es debido, la historia de estos personajes. 

sábado, 1 de abril de 2017

Logan


A estas alturas ya sabemos de sobra que la saga X-Men es un cacao indescriptible. Tras reinicios, spin offs irregulares (los de Lobezno. El primero horrible; el segundo, bastante digno) y sobresalientes (Deadpool), y líneas temporales que se cruzan aquí y allá, queda claro que la continuidad no es algo que esta saga se tome demasiado en serio.  
Es una franquicia extraña, donde ocurre algo que no recuerdo haber visto en ninguna otra: dentro de la misma saga, hay películas para todos los públicos y otras para mayores de 18 años. El niño que disfrutó con la primera de X-Men no podrá ver (o no debería ver) Deadpool ni Logan.


Y hablando de Deadpool, es a esa película a la que tenemos que agradecer la existencia de Logan. Bueno, quizá no la existencia en sí misma, pero si su naturaleza adulta. Gracias a Deadpool, película para mayores de 18 que arrasó en taquilla, Fox abrió los ojos y vio que una película para adultos puede dar beneficios… y por eso decidieron que en Logan hubiera algo que debería haber habido siempre: lenguaje soez, sangre y desmembramientos. Lobezno ha salido en ocho películas, y es ahora, AHORA, cuando los efectos de sus garras se ven realistas y coherentes. ¿Quién puede creerse que un tío con garras en las manos no deje un reguero de sangre y casquería después de cada batalla? Pues eso es lo que nos llevan colando desde la primera película… hasta ahora.
Pero Logan no sólo es adulta porque contenga palabras malsonantes, violencia y sangre, sino también porque toca temas, como la vejez, la muerte o la paternidad, que poco o nada interesarían a un público juvenil.

Me alegra que se hagan películas de superhéroes adultas. Es un subgénero que muchos puristas conservadores no terminan de tomarse en serio, por eso me parece fenomenal que algunas de estas películas no vayan dirigidas al público adolescente, demostrando así que pueden ofrecer mucho más que simple entretenimiento y efectos especiales. Logan es una buena película pensada para callar bocas.
Quien vaya a verla esperando encontrar dos horas de acción desenfrenada, que cambie el chip ahora mismo. En Logan hay acción y escenas espectaculares, pero también abundan los momentos de reflexión y humanidad que harán mirar la hora al espectador casual que sólo busque desconectar. Logan demuestra lo que muchos niegan: que un blockbuster puede tener sustancia y ser buen cine. 


Del trío protagonista sólo se pueden decir cosas positivas. Hugh Jackman lleva muchos años interpretando notablemente a Lobezno (otra cosa es que el personaje haya sido edulcorado, pero el actor no tiene culpa de eso), Patrick Stewart lo borda dando vida a un involuntariamente peligroso Charles Xavier senil (¿Qué ocurre cuando enferma el cerebro más poderoso del planeta? Pues que hay que tener mucho cuidado) y la jovencísima Dafne Keen, de tan sólo 12 años, encarna a Laura/X-23, una mutante letal provista de garras, igual que Lobezno.
Teniendo en cuenta lo conservadores que son los americanos (para algunas cosas), me pregunto si Fox se las habrá tenido que ver con la censura a la hora de mostrar imágenes de una niña masacrando y mutilando personas. Me recuerda a lo ocurrido en su momento con Hit-Girl, el personaje estrella de la estupenda Kick-Ass.

En resumidas cuentas, Logan es una muy buena película. Un western crepuscular, duro y pesimista que pone punto y final de la forma más digna posible a este personaje. Lo único que me da lástima es que la mejor película de Lobezno haya llegado tan tarde, justo ahora que nos dice adiós para siempre. 

martes, 21 de marzo de 2017

Kong: la Isla Calavera


Un equipo de científicos y militares viaja hasta Isla Calavera con el objetivo de explorar la zona, que hasta ese momento ha permanecido oculta a los ojos del hombre.
Una vez allí, descubren que alguien gobierna el lugar y no desea visitas. Se trata de Kong, un gigantesco gorila que ejerce de guardián y absoluto rey de la isla.

Después de la espectacular pero imperfecta Godzilla (Gareth Edwards, 2014), y tras ver Kong: la Isla Calavera, uno puede pensar que Warner Bros se ha puesto las pilas y tomado nota de todo aquello que no convenció en la película del lagarto atómico. Vamos, que Godzilla salía poco y, para colmo, de noche. El público en general lanzó piedras contra la película (y en parte lo entiendo, aunque la película me gustó), por eso Kong toma un rumbo muy distinto. ¿Hacia dónde? Hacia el pulp y el entretenimiento sin complejos, alejándose así del ineficaz drama que Godzilla intentaba poner sobre la mesa. En una película de monstruos, los personajes humanos me suelen dar igual. Si están bien desarrollados lo agradezco, pero si no tampoco voy a perder el sueño. Lo que sí quiero que haya, y eso no lo perdono, es monstruos…, y en Godzilla no se lucían. El drama no funcionaba porque los personajes humanos importaban un pimiento, pero es que, para colmo, el bicho que da nombre a la película sale diez minutos en las dos horas de metraje… y casi siempre de noche. Godzilla me gusta porque es una película arriesgada y valiente, y también porque cuando acierta lo hace a lo grande y te deja con la boca abierta, pero eso no quita que esté salpicada de malas decisiones.

Y tres años después llega Kong: la Isla Calavera, una película que suple los defectos de Godzilla porque hace lo que aquella no hacía: si tus personajes humanos importan poco (y los de Kong no importan nada), céntrate en los monstruos y dales todo tu maldito cariño… y el protagonismo.
Kong es una película que, a diferencia de Godzilla (luego os explicó por qué no dejo de comparar ambos títulos), se regodea en su aspecto lúdico y nos da monstruos antes de que hayan pasado ni cinco minutos. La película no busca complicarse ni ser trascendente ni seria, y eso es justo lo que necesita este tipo de productos. Quizá se eche en falta un guión más sorprendente y menos plano, pero no se puede tener todo. La película da lo que promete, y yo sabía bien lo que iba a ver, así que salí encantado.

Sin embargo, pese a que Kong es una película destinada al público masivo, gris y estándar, se vislumbra en sus imágenes, sus efectos especiales, en el diseño de los monstruos y en la forma en que está rodada, que han puesto cariño y ganas en esta demencial aventura. Hay planos bellísimos, la selección musical es brutal (es una de las ventajas de ambientar la película en los 70), la fotografía es puntualmente impresionante (la del prólogo me recordó a Fury Road… y eso son palabras mayores) y las escenas de acción están rodadas a plena luz del día y de forma clara y limpia, para que podamos ver con todo lujo de detalles cada puñetazo, cada hueso roto y cada burrada.

El reparto es muy poderoso (Samuel L. Jackson, Brie Larson, John Goodman, Tom Hiddelston, John C. Reilly), aunque todos o casi todos acaban eclipsados por el catálogo de alimañas que habita en la isla. El director, Jordan Vogt-Roberts, sabe que los verdaderos protagonistas son los monstruos, y en ellos se centra. Así debería haber sido en Godzilla, porque aunque el tono de aquella cinta no se amolde al cachondeo generalizado que hay en Kong, nada justifica la continua sensación de coitus interruptus.

¿Y mis continuas comparaciones entre Kong y Godzilla? Quedaos hasta el final de los créditos y os llevaréis una sorpresa, aunque imagino que ya sabéis que ambas películas transcurren en el mismo universo, y eso sólo puede significar una cosa: Godzilla vs Kong próximamente. 


Si buscáis una buena película que entretenga desde el primer minuto hasta el último, y si os gustan los monstruos, dejad de leer esto y corred a ver Kong: la Isla Calavera.  
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