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martes, 11 de octubre de 2016

Los Siete Magníficos (2016)


Desde el minuto uno, nada más anunciarse el proyecto, sabía qué problema habría con esta película, o al menos qué problema iba a tener yo. Y creo que cualquiera con dos ojos en la cara se habría percatado del asunto, pero por si acaso, pese a lo evidente que resulta, lo voy a explicar.
Los Siete Magníficos es una remake de una película homónima de 1960 que, a su vez, es un remake de Los Siete Samuráis, de Akira Kurosawa. Pero la cosa no queda ahí, pues existen más versiones de esta historia, como la más desconocida Los Siete Magníficos del Espacio (aprovechando el tirón de Star Wars allá por 1980, como debe ser) y Bichos, la película de animación de Pixar Studios. Todas parten del filme de Kurosawa, de una misma base que, no nos engañemos, no da para más.

La película cuenta cómo los habitantes de un pueblo, oprimidos por un despreciable terrateniente, se ven obligados a contratar a un grupo de mercenarios para que les ayuden a hacer frente a los mencionados cerdos capitalistas que quieren arrebatar las tierras de la gente humilde para ganar más y más dinero.
Esta misma historia nos la han contado ya cuatro veces en el pasado, y por mucho que tiren de un reparto resultón lleno de caras conocidas y buenos actores (Denzel Washington, Chris Pratt, Vincent D´Onofrio, Ethan Hawke), sigue siendo lo mismo que ya conocemos.
El director, Antoine Fuqua, se desenvuelve muy bien rodando escenas de acción (el tramo final es impresionante), y el guión de Nick Pizzolatto no se limita a copiar punto por punto la película de los 60. Además, las dos horas largas de metraje no aburren en ningún momento, lo cual es imprescindible en una película de esta clase. Dicho de otra forma, este remake es un blockbuster realizado siguiendo los estándares básicos para que cumpla con su función, es decir, una película vacía pero divertida, igual que la versión de los 60, cuyas intenciones comerciales y artísticas eran, por más que escueza a los conservadores y nostálgicos, las mismas.
Entonces, ¿qué problema tengo con Los Siete Magníficos 2016? La falta de innovación, obviamente. Cada remake de Los Siete Samuráis ha cambiado el Japón feudal por un escenario diferente en cada caso (el salvaje oeste, el espacio, el reino de los insectos), excepto la nueva versión, que en lugar de ubicar la historia en un entorno distinto decide revisitar otra vez uno de sobra conocido. Con lo cual, dudo que esta película pueda suscitar demasiado interés en aquellos que ya conozcan las aventuras de estos mercenarios, porque por mucho que los actores hayan cambiado y los efectos mejorado, es más de lo mismo.

No es una mala película, eso que vaya por delante, y aunque parezca diseñada en exclusiva para el disfrute de los espectadores que no hayan visto ninguna de las versiones anteriores, es un digno entretenimiento para desconectar durante un par de horas.

miércoles, 23 de marzo de 2016

El Renacido



Lo mejor de El Renacido no es su guión, algo que ya se intuye por el trailer. Seamos consecuentes, esto es en esencia una película de Charles Bronson realizada con presupuesto y una calidad técnica que haría explotar la cabeza de cualquiera con una mínima sensibilidad cinematográfica. Pero insisto en que nadie debería ir a ver El Renacido pensando que esta va a ser una historia llena de profundidad, giros argumentales y personajes que evolucionan y cambian. No, la última película de Iñárritu es un western de venganzas en el que el protagonista debe ir del punto A al punto B sorteando los numerosos obstáculos del camino. Una historia en la que al bueno le sobran motivos para querer vengarse y el malo es un hijo de perra movido únicamente por el interés propio. Es un guión sencillo y directo, y no necesita más en realidad. No todas las películas requieren complejidad, aunque algunos así lo crean.
Creo que es importante recalcar esto porque muchos están acusando al director de ser pretencioso, cosa que yo no comparto. Iñárritu ha dirigido de forma maravillosa una película de trama sencilla y sin complicaciones, de modo que, ¿esto le convierte en un pretencioso? No, le convierte en un tío que dirige como Dios porque puede hacerlo y porque puede permitirse colar ciertas cabriolas artísticas que otros cineastas sólo alcanzan a imaginar. Eso le convierte en un director cojonudo, no en un pretencioso… Y sí, puede que su ego esté algo subido, pero qué demonios, echad un vistazo a su filmografía. Si vosotros hubieseis hecho esas películas, ¿no tendríais también el ego por las nubes? Por supuesto que sí, y yo el primero.


Pero como he dicho antes, el plato fuerte de El Renacido no está en su guión, sino en su realización técnica, donde destaca de forma sobresaliente en todos los sentidos. Si esta misma película la hubiese realizado otro equipo (y no hablo solo del director), habría resultado una chorradita llena de cromas y posiblemente directa a DVD.
Y fijaos, voy a rizar más el rizo. Creo que lo mejor de la película tampoco es su apartado técnico, por mucho que el trabajo del cineasta Alejandro González Iñárritu y el director de fotografía Emmanuel Lubezki sea una gozada, regalándonos algunas de las imágenes más bellas, hipnóticas y brutales que ha dado el cine en los últimos años; sin olvidar el también sobresaliente apartado interpretativo encabezado por un enorme DiCaprio que se pasa toda la película hecho un asco y un exquisitamente despreciable Tom Hardy que se pasa toda la película siendo un cabrón al que quieres ver muerto.
Todo esto que estoy comentando es extraordinario y convierte a El Renacido en una de las mejores películas de la década, pero lo que de verdad me entusiasmó fue su tono, el cual se nos deja claro desde el principio. Aquí no hay lugar para chistes, bromas o artificio hollywoodiense, y tampoco se frivoliza la violencia, sino que ésta se muestra de manera sucia y áspera. Cada golpe, desgarro y corte duele, escuece y te lo crees pese a las licencias que se toman y a la verosimilitud que en ocasiones se tambalea. 
Buena prueba de ello es la espectacular escena del oso, un largo plano secuencia terriblemente demoledor porque no es ni más ni menos espectacular de lo que sería el ataque de un oso en la realidad; es decir, nos lo muestran de la forma más verosímil posible, sin añadir ni quitar nada: el ataque de un oso es ASÍ, sin más, y si hubiesen tirado de fantasmadas y artificio el momento habría perdido buena parte de su fuerza e impacto. Bueno, pues así toda la película, incluyendo la pelea final entre el héroe y el villano, donde de nuevo se dinamita la épica y se opta por algo realista, humano y, por lo tanto, sucio, crudo y nada estilizado. Un poco en la misma línea de la salvaje pelea entre La Novia y Elle Driver en Kill Bill, y lejos de las coreografiadas y bonitas pero antinaturales batallas de The Raid.
Empatizamos con el protagonista porque no sólo apoyas la causa que lo mueve, sino porque además palpas su dolor y agonía. Nada de esto es habitual en el cine comercial, por eso choca y cuando termina la película te sientes como si hubieras recibido una paliza.


En definitiva, El Renacido es una película que de una forma u otra no da tregua al espectador, y que compensa la sencillez de su guión (un guión eficaz, insisto) con un despliegue técnico y visual para volverse loco.

>BONUS TRACK<
Yo hablando de este mismo asunto en la televisión local de Antequera.

jueves, 4 de febrero de 2016

Los odiosos ocho


El cine de Quentin Tarantino se encuentra sujeto a una paradoja bastante peculiar: por una parte está confeccionado en torno a un estilo muy personal y unos elementos y recursos reconocibles que siempre están ahí y que todos sabemos que los vamos a encontrar, pero por otra parte (y aquí viene la paradoja) Tarantino sigue sorprendiendo pese a estar tan cerrado dentro de su marca.
Luego hay otro asunto que siempre me ha fascinado de este director: ¿un autor en toda regla capaz de conectar con el público mayoritario y tener éxito comercial? Pues sí, es posible. Pero en fin, esto daría para otro artículo, así que mejor lo dejamos para otra ocasión.


Los odiosos ocho es una película diferente si la comparamos con el resto de la filmografía de este director debido a un ritmo más pausado de lo normal, una temática diferente a la de sus últimas películas (esta vez no hay venganzas de por medio) y una trama más cercana al cine de Hitchcock o las novelas de Ágahta Christie, pero al mismo tiempo es un producto 100% Tarantino, ya que no faltan los diálogos brillantes, la banda sonora pegadiza, la violencia, la tensión y los personajes carismáticos y cabrones.
En esencia, se trata de una historia con tintes detectivescos muy obvios, con una trama llena de mentiras, personajes que no son quienes dicen ser e intereses económicos, pero la realidad es que si rascamos un poco encontraremos un trasfondo político y unas segundas lecturas que se harán más evidentes en posteriores visionados.

Teniendo en cuenta que el metraje asciende a casi tres horas de duración y que la inmensa mayoría de la historia se desarrolla entre cuatro paredes, cualquier espectador estándar pensaría que la película puede fallar en su dinamismo y ritmo, y de hecho estoy convencido de que si esta misma cinta hubiese estado escrita y dirigida por otra persona, habría resultado casi con total seguridad un aburrimiento. Sin embargo, Tarantino tiene una capacidad sobrenatural para conseguir captar la atención del espectador incluso cuando en pantalla no está sucediendo nada importante o trascendente. Por ejemplo, en Pulp Fiction, el personaje de John Travolta se pasa un buen rato hablando de hamburguesas, porros y masajes en los pies, algo que podría haberse eliminado de un plumazo sin que la trama se viese afectada por ello, pero los diálogos que escribe Tarantino son una delicia, de modo que al final nos termina haciendo gracia o impactando lo que sus personajes hablan o filosofan, aunque sus palabras no nos lleven a ningún sitio.

En Los odiosos ocho se lleva al extremo este punto, y desde luego aquel espectador que no esté familiarizado con el director o que busque un western al uso se desesperará ante la interminable charlatanería de los personajes que pueblan la película.
Sin embargo, cada fotograma rodado por Tarantino resulta interesante de un modo u otro, ya se trate de un plano concreto, un duelo interpretativo, un recurso visual o una secuencia rodada con pulso divino, de modo que al final da igual que la acción y la explosión de violencia no empiecen hasta la segunda mitad de la cinta, ya que todo lo anterior ha sido bellísimo. Alargado de forma innecesaria, puede, pero ojalá todos supieran alargar como lo hace Tarantino.

El reparto, un apartado que siempre es de lujo con este director, está encabezado por el legendario Kurt Russell y por el habitual Samuel L. Jackson (iba a decir que es habitual en las películas de Tarantino, pero en realidad lo es en todo el cine de los últimos veinticinco años). También destacan la olvidada Jennifer Jason Leigh y el estupendo Walton Goggins, un actor al que alguien debería darle un papel protagonista lo antes posible.
Otro elemento a destacar sería la banda sonora del inmortal Ennio Morricone, en la que hace uso de temas compuestos exclusivamente para la película y de piezas descartadas para La Cosa, de John Carpenter.


En definitiva, un western que puede gustar incluso a quienes no sienten simpatía por este género y una película de Tarantino que hará las delicias de todo fan. 

viernes, 11 de diciembre de 2015

Bone Tomahawk


Existe una ley no escrita entre los espectadores, según la cual el western es un género al que no se le puede añadir ningún elemento fantástico ni sobrenatural. Si se hace, la gente suele llevarse las manos a la cabeza y tildar a la película en cuestión de extravagancia. En otras palabras: el western debe estar siempre cortado por el mismo patrón y ceñirse a las reglas establecidas desde hace décadas.
No hace falta decir que discrepo con este planteamiento. De hecho, opino que el western, tanto por la época como el lugar en el se ambienta este género, es perfecto para introducir elementos terroríficos. Sin embargo es algo que no suele hacerse. Ahora mismo sólo se me vienen a la cabeza dos títulos que mezclaron el salvaje oeste con la ciencia ficción o el terror: Cowboys contra Aliens y Ravenous. Quizá haya alguno más por ahí, pero ahora mismo no lo recuerdo. Sea como sea, estoy seguro de que no abundan.

Bone Tomahawk no es exactamente una película con tintes paranormales, y de hecho no hay nada paranormal en ella. En muchos sentidos es una clásica película del oeste con indios y vaqueros, pero con la particularidad de que su tono es terrorífico. A veces el tono lo es todo. Ajustando este elemento debidamente, se podría conseguir que Solo en Casa fuese una película de terror.
La historia que nos cuenta Bone Tomahawk no se anda por las ramas ni busca la complejidad; la doctora del pueblo ha sido raptada por una tribu de indios caníbales y un grupo de valientes se ofrece para ir a rescatarla.


El reparto de lujo encabezado por Kurt Russell, Patrick Wilson, Mathew Fox y Richard Jenkins da empaque a una película a la que la falta de presupuesto la hace cojear un poco. Si esto hubiese sido un drama intimista o una comedia romántica no habría pasado nada, pero al tratarse un filme de época se nota mucho más la falta de presupuesto. Aunque  tampoco es un obstáculo que eche por tierra toda la película, ya que resulta igualmente disfrutable y conseguida en muchos sentidos, como por ejemplo en sus efectos especiales clásicos o en la efectividad de un guión con bastantes buenas ideas y momentos verdaderamente brutales y crudos.


En definitiva, Bone Tomahawk es una película humilde, atípica y áspera como el papel de lija en la que merece la pena invertir las más de dos horas que dura. 

viernes, 5 de junio de 2015

Slow West


Michael Fassbender y Kodi Smit-McPhee protagonizan este curioso western que cuenta las aventuras de un jovenzuelo y su viaje a través del hostil y salvaje oeste americano en busca de la mujer que ama.

La película es corta, directa y bastante sencilla, y justo por esas razones resulta tan digerible, entretenida y agradable de ver. Es de esas películas que se pasan en un suspiro pero al mismo tiempo te cuentan una historia apasionante, sin necesidad de complicar las cosas ni dar cien vueltas. 
Si tuviera que describirla diría que es un cruce entre La Carretera, The Proposition y Pagafantas, combinada con una fotografía bellísima y algunos planos hipnóticos e igualmente que a veces rozan rozan el delirio. Todo esto hace que Slow West tenga un extraño aroma a cuento, como si estuviésemos viendo una especie de Alicia en el país de las maravillas pero con con revólveres, bandidos y muertes. Porque aunque en general es una película de aspecto agradable e idílico (nada que ver con el spaguetti western, para que me entendáis), de vez en cuando nos recuerda que, pese a todo, el entorno es hostil y peligroso. Aunque los paisajes y su colorido sean bonitos, seguimos estando en el maldito salvaje oeste, por lo que hay que andarse con ojo de no recibir un tiro en las tripas o un flechazo en el cuello. 

El mensaje final de la película puede ser tildado de misógino, y más en los tiempos que corren, donde cualquier ataque o crítica que no sea lanzada contra el sexo masculino es vista con malos ojos. Pero yo ahí no veo misoginia por ninguna parte, todo lo contrario. Cuando en los últimos minutos de metraje se nos muestra una serie de planos que sirven como recuento de todos los muertos que se ha cobrado esta aventurilla en busca del amor, no se nos está diciendo que la culpa sea de la chica, sino que el chaval es básicamente un pringao (cuando veáis la peli sabréis a qué me refiero) y que, voluntaria o involuntariamente, por culpa de su tontería romántica ha dejado un camino sembrado de cadáveres. ¿Y para qué? Para nada en realidad. Esos últimos planos están cargados de mala uva. De hecho toda la película es un bombón relleno de ácido sulfúrico. 

En definitiva, un western diferente y muy recomendable. 

miércoles, 4 de febrero de 2015

Río Conchos


Inmediatamente antes de que Sergio Leone sacase la artillería y revolucionara el género con su magnífica Por un puñado de dólares, un tal Gordon Douglas se marcó un western que parecía adelantarse a su tiempo y, de algún modo, profetizar lo que estaba por venir. 
Leone cambió las cosas, porque antes de él los westerns eran limpios y políticamente correctos. No voy a despreciar a Howard Hawks y su, por ejemplo, Río Bravo; ni tampoco negaré que Solo ante el peligro o Raíces Profundas sean obras maestras incuestionables. Pero es obvio que son películas sin un ápice de mala uva ni suciedad... Todo en ellas es demasiado "bonito" y pulcro, por decirlo de alguna forma. Y maldita sea, transcurren en un entorno árido, polvoriento y salvaje, de modo que no puedo evitar echar en falta alguna macarrada. 
A partir de los años 60, después de Leone, Corbucci y Peckinpah, el western empezó a ser lo que por naturaleza le correspondía: salvaje y gamberro. 

Pero volvamos a Gordon Douglas y su Río Conchos
Se trata de un film anterior a Leone y, por consiguiente, anterior a esa época en la que el género se volvió sucio y agresivo, sin embargo en Río Conchos se atisban coletazos de lo que estaba por venir, y de algo más. 
Para empezar en esta película está presente esa decadencia que tanto caracterizó a los exitosos spaguetti westerns: polvo, suciedad, personajes demacrados, de dudosa moral y de aún más dudosa higiene. 

El argumento, sin que sea un elemento que podamos catalogar como algo propio o impropio de la época, sí que tiene ciertas reminiscencias macarras que incluso pueden recordar al actual cine de Tarantino o a títulos como Doce del Patíbulo; hombres, la mayor parte de ellos perdedores, con una misión que cumplir. En el caso de Río Conchos se nos narran las aventuras y desventuras de un grupo de tipos a los que se les ha asignado un objetivo: matar a un coronel traidor que está vendiendo armas a los apaches. 
Un momento... ¿Una misión? ¿Un recorrido lleno de contratiempos? ¿Un río? ¿Un traidor que se ha pasado al bando enemigo y debe morir? ¡Esto es Apocalyspse Now! Efectivamente, el parecido entre Río Conchos y el filme de Coppola es más que evidente, salvando las distancias, el tono y el mensaje, pero no me negaréis que las similitudes son palpables. 
Prestad especial atención a la casa que se ha construido Pardee, el coronel traidor, totalmente demencial, desestructurada y sin coherencia. ¿Podría considerarse como otro punto en común con Apocalypse Now? El villano no sólo es un traidor, sino que también se ha vuelto loco de remate. 

No voy a entrar a valorar las estupendas virtudes técnicas de esta injustamente desconocida joya del cine porque creo que tiene elementos más interesantes de los que hablar, pero sí, técnicamente es impresionante y está llena de fuerza. Prueba de ello es la última secuencia, en la que, además de montarse un pollo más que considerable, la locura y lo poético se dan la mano. 
Fijaos en el personaje de la izquierda. Hay algo en él, quizá el peinado, su
pulcro afeitado o esa camisa tan hipster, que no me cuadra con la
época en la que transcurre la película. Parece que ha venido del futuro.
Las altas dosis de violencia son otro punto a tener en cuenta si, de nuevo, nos atenemos a que se trata de una película perteneciente a una época en la que el género aún no se había soltado la melena, por eso resultan especialmente impactantes algunas secuencias, como la de la apache amamantando a un bebé muerto, la de los arbustos en llamas (en la que Lassister, un tipo lleno de odio hacia los indios, pide que no se le dispare a un apache que está ardiendo para que así sufra más) o la tortura infligida a los protagonistas cuando, hacia la recta final, son capturados. 
Obviamente si abordamos la película con la falta de inocencia y la insensibilidad propia de nuestros tiempos, donde ya hemos visto todo lo que hay que ver por muy enfermizo y abyecto que sea, no nos sorprenderá demasiado el grado de violencia que hay en Río Conchos, pero hagamos un esfuerzo y veámosla como si fuésemos virginales espectadores de 1964. 

Como ya digo, se trata de una película injustamente poco conocida pero de una calidad sorprendente y muy adelantada a su tiempo. Sin duda vale la pena verla, y lo que es mejor, cuando charléis con vuestros colegas cinéfilos sobre cine del oeste quedaréis como unos campeones la mar de entendidos poniendo encima de la mesa un título que, posiblemente, ninguno de los presentes conozca, salvo vosotros. Y además, si estáis pletóricos y con un par de cervezas de más encima, os podéis marcar el pegote de decir que Apocalypse Now es su remake, aunque sea mentira. 

lunes, 21 de enero de 2013

Django Desencadenado


Celebro que Tarantino estrene película. Lo celebro, pero también le temo, porque las dos o tres semanas previas al estreno estoy de los nervios y muy ansioso por descubrir con qué nos sorprende el bueno de Quentin. De hecho, si éste cabroncete estrenase una película al año terminaría muriéndome de un infarto.
Pero no, en serio, asistir a un estreno de Tarantino es siempre una gozada y un placer para cualquier amante del buen cine, lo que ocurre es que yo me paso de fan (Tarantino es para mí lo que Crepúsculo es para las adolescentes de entrepierna inquieta), y me impaciento demasiado.

En cualquier caso la espera siempre merece la pena, y por supuesto lo ha vuelto a hacer, porque Django Desencadenado es maravillosa. Es cine en estado puro, sin ayudas digitales ni kilómetros de croma. Es una película hecha con pasión, talento, imaginación, cámaras y putos actores, algo que se echa de menos en el cine actual.

Como cabía esperar, Tarantino ha echado mano de su enciclopedia cinematográfica, (es decir, su cerebro), y ha rodado un épico western plagado de referencias cinéfagas, visuales y musicales. Es decir, lo que hace siempre, especialmente desde Kill Bill
Lo que a mucha gente le llama la atención de Django Desencadenado es su estilo narrativo lineal, alejado de los constantes saltos temporales que vimos en Reservoir Dogs o Pulp Fiction, pero lo cierto es que no es la primera vez que Tarantino hace ésto, ya que tanto Death Proof como Jackie Brown son lineales. 

En todo caso creo que ésta película está perfecta como está, y dudo mucho que contar la historia a base de saltos temporales hubiese aportado algo. 

Otra cosa que llama la atención son las abundantes escenas de acción que hay esparcidas a lo largo del extenso metraje (cerca de 3 horas que se me pasaron volando, como a casi todo el mundo) y que dotan a la película de un ritmo distinto al de las demás películas de Tarantino. Ojo, no digo que sean lentas, pero lo cierto es que no estoy acostumbrado a ver una película de éste hombre con tantos tiros.
Igualmente no es una película de acción, ya que también encontramos los clásicos y necesarios largos diálogos, hipnóticos, genialmente escritos y tan entretenidos como los mismísimos tiroteos. 
Y hablando de tiroteos, hay que aplaudir a Tarantino por su forma de rodarlos, precisamente por la razón que comentaba antes: nada de efectos especiales.
Hacia el final de la película hay un tiroteo brutal, a medio camino entre Grupo Salvaje y El precio del poder, en el que vemos las astillas volando por los aires, los agujeros de bala en las paredes, los cristales rotos y la sangre y pedazos de carne saltando, transmitiendo una fuerza a la que los tan de moda disparos digitales no consiguen acercarse ni por asomo. 

La historia es quizá la más simple y convencional que ha escrito éste director, pero no olvidemos que estamos ante un homenaje al spaguetti-western, y no creo que una película de éste género necesite un guión profundo y enrevesado. Sólo son necesarios un héroe, unos cuantos villanos y muchos disparos. 
Todo eso nos lo da Django Desencadenado, y mucho más, porque aunque haya dicho que la historia es simple, el guión es fantástico, lleno de buenos momentos, sorpresas, violencia explícita, humor a raudales y, como siempre, grandes diálogos (y monólogos).
Y sí, el humor es una parte fundamental del film, ya que creo que Tarantino lo usa para joder a sus espectadores. En un momento puedes estar riéndote a carcajadas, y dos segundos después estar al borde de la lágrima y con mal cuerpo.
Eso es tocar la sensibilidad y los sentimientos del espectador, y cuando un director o cualquier artista consigue hacer eso es que es grande y le sobra el talento. 

Decir que los actores principales están sobrenaturalmente bien es ser redundante, ya que ésto siempre ocurre en las películas de Tarantino, pero es que es verdad, maldita sea, todos están perfectos, incluso Jamie Foxx, que había leído que era el más flojo, y no estoy de acuerdo en absoluto. No es Christoph Waltz, pero claro ¿quién coño es Christoph Waltz? Al lado de ese tío todos los actores son malos. 

Otro apunte redundante tratándose del director que se trata sería decir que la banda sonora es buena, porque ya sabemos todos que con Tarantino vamos a encontrar una banda sonora maravillosa y llena de contrastes. Desde Ennio Morricone hasta hip hop. Sí, hip hop en un western, y el resultado es épico. 

También hay varios cameos a lo largo de la película; Tom Savini, Zoë Bell, Michael Parks, el propio Quentin Tarantino, y por supuesto no podía faltar el de Franco Nero, quien ya interpretó a un personaje llamado Django en la famosa película de Sergio Corbucci. 
Por si no está claro (y a tenor de algunas cosas que he leído por ahí, diría que no lo están) ésta película  no es ni un remake ni una secuela del Django de Corbucci. Se titula así como homenaje a dicha película, pero no tiene absolutamente nada que ver. 
El título no es el único homenaje que se le hace; la aparición de Franco Nero y la canción con la que comienza la película también lo son, y bastante claros. 
Pero hay referencias a decenas de películas, la mayoría de ellas desconocidas. Desde Salario para matar hasta Mandingo, pasando por El gran silencio, El día de la ira, Boss Nigger, y muchísimas otras. 

¿Qué más puedo decir? Tarantino llevaba años jugueteando con el western en sus películas, así que estaba claro que cuando decidiese rodar una película de éste género el resultado sería enorme, y así ha sido. 

martes, 18 de diciembre de 2012

Django


Siendo ya inminente el estreno de Django Unchained, la nueva película de Quentin Tarantino, me parece oportuno hablar sobre el otro Django, el primero, el inigualable. El de Sergio Corbucci.
Eso sí, antes de nada quiero aclarar que Django Unchained no es un remake de Django, del mismo modo que Malditos Bastardos no era un remake de Aquel maldito tren blindado (hubo confusiones en éste aspecto, ya que el título original de Malditos Bastardos, y el título que se le puso en EEUU a Aquel maldito tren blindado sólo se diferencian en dos faltas ortográficas). El incluir un protagonista llamando Django no es más que uno de los miles de homenajes que Tarantino hace en sus películas al cine que le gusta, pero me juego lo que queráis a que cuando se estrene la película saldrá el típico listo acusándola de no parecerse en nada a la cinta de Corbucci. SEGURO. 

Bueno, vamos al tema. 
Django es un spaghetti-western en toda regla, en la misma línea de los perpetrados por Sergio Leone. Y cuando digo en la misma línea quiero decir que es un western sucio y violento, no como lo que hacía John Wayne y sus buenas maneras. 
La película nos cuenta la llegada de un extraño hombre, llamado Django, a un pueblo que vive atemorizado por una banda de criminales encapuchados. De éste personaje no sabemos mucho, salvo que la muerte de su esposa lo dejó destrozado (resulta curioso que su mujer muerta le ayude, metafóricamente, a vencer a los malos), y que lleva consigo un ataúd en cuyo interior guarda una ametralladora que no sabemos de dónde demonios ha sacado, pero que sabe usar muy bien.
Django casi podría emparentarse con un superhéroe atormentado en la línea de Batman; un tipo de pasado oscuro que en la actualidad se dedica a vagar por ahí y hacer justicia cuando es necesario.
No es un pícaro, un cazarecompensas o un forajido como solía ocurrir en el cine de Leone, sino que se trata de una especie de justiciero, aunque esto por suerte no implica que sea un santo. Antihéroe es la palabra adecuada.

La película posee un tono bastante oscuro y una estética sucia y poco agradable. Al contrario de lo que suele ocurrir en el western, Django no transcurre en un escenario árido y seco, sino que todo está húmedo y lleno de barro, lo que hace que la estética del film sea aún más sucia y apocalíptica.
Y hablando de estética apocalíptica, no me extrañaría demasiado que cintas como Mad Max 2 se inspirasen en la película de Corbucci.
Pero los que sí se inspiraron fueron Tarantino y Robert Rodriguez. El primero con la famosa escena de la oreja en Reservoir Dogs (aunque lamentablemente, en Django no suena stuck in the middle with you mientras cortan), y el segundo con su mariachi y su funda de guitarra llena de armas. En éste segundo caso estaríamos hablando casi de un remake tex-mex. 

En resumidas cuentas, Django es un spaguetti-western épico, violento y sucio, como casi todos los spaguetti-westerns, pero en éste caso cuenta con un personaje carismático que le da aún más vida a una película que debería reivindicarse más.

¡Ah! Y no nos olvidemos de la fabulosa canción de Luis Bacalov, sin la cual la película perdería enteros. O puede que no, pero igualmente es un temazo. 
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