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jueves, 14 de mayo de 2015

Residuos interdimensionales (última parte)



                                         Residuos interdimensionales. Última parte

El Dr. Zacarías se presentó en casa de Nacho pocas horas después de que éste le llamase para informarse sobre sus servicios y precios. Lo único que sacó en claro con aquella llamada era que la casa necesitaba una limpieza de residuos interdimensionales –así llamó el parapsicólogo al problema en cuestión– y que la sesión costaría unos cien euros. A Nacho todo le sonaba a timo, mentiras, estupideces para magufos y dinero desperdiciado, pero había que probar.
     Zacarías resultó ser un tipo de no más de cuarenta años, bien vestido –chaqueta americana gris sobre camiseta negra–, media melena y un bigote de motero que le caía por la comisura de los labios hasta casi tocar el mentón. Tenía un aspecto más o menos intimidante, pero al hablar quedaba claro que se trataba de alguien educado, cercano y simpático, lo cual significaba que, muy probablemente, también era un completo sinvergüenza.
     El parapsicólogo le contó a Nacho que hacía años había viajado por el mundo en busca de sabiduría y conocimientos místicos, y que entre otras cosas había convivido durante semanas con los chonoko, una remota tribu del Amazonas con la que, entre otras cosas, aprendió a realizar exorcismos y limpiezas espirituales. También practicó la proyección astral, durmió bajo la luz de las estrellas y bebió orina con los miembros más respetados de aquella tribu.
     Zacarías le hizo varias preguntas a Nacho para recabar datos sobre lo que podría estar ocurriendo. Una de las cosas que quiso saber era si tenía enemistad con algún vecino, ya que cabía la posibilidad de que estuviese siendo víctima de la magia negra. Nacho respondió negativamente, de modo que Zacarías descartó la idea del vecino rencoroso y se puso manos a la obra. Para empezar le pidió a Nacho un huevo, y luego se paseó por toda la casa frotándolo con suavidad por las paredes y agitándolo en el aire mientras murmuraba unos extraños cánticos que recordaban al idioma árabe. Después encendió una gruesa varita de incienso, aspiró un poco del humo de forma poco sutil, como si esnifase cocaína con ansias, y volvió a recorrer la casa esparciendo aquella aromática humareda por todas las habitaciones y pasillos. Nacho se limitaba a observar e intentar disimular la cara de capullo timado que se le estaba quedando.
     La sesión acabó en la cocina, con Zacarías cascando el huevo y vertiendo el contenido en un bol. En ese momento, Nacho respiró aliviado y pensó que quizá aquel parapsicólogo no era un fraude tan grande como pensaba. ¿La razón? El contenido del huevo no era una brillante yema y una clara, sino una viscosa sustancia negra, aceitosa y maloliente. No podía ser un montaje, ya que el huevo procedía de la nevera de Nacho, y tampoco cabía la posibilidad de que Zacarías le hubiese dado el cambiazo, puesto que el muchacho había estado con él durante todo el ritual sin quitarle el ojo de encima.
    -Ahí va ese pequeño indeseable. Ya puedes olvidarte de él –dijo el doctor mientras tiraba el contenido del huevo por el fregadero.
    -La verdad es que me ha… me ha impresionado –confesó Nacho.


Cuando Nacho se metió en la cama esa noche, estaba tranquilo y despreocupado, convencido de que, por fin, todo iba a ir bien. Lo ocurrido con el huevo le había garantizado casi por completo que la labor desempañada por el Dr. Zacarías había sido útil y honrada, sin trampa ni cartón. Realmente el maldito huevo había filtrado lo que el parapsicólogo llamaba residuos interdimensionales. Basurilla cósmica que podía provocar alteraciones en nuestro mundo, como por ejemplo la presencia de un enano agresivo procedente de otro plano dimensional. Según contó Zacarías, años atrás se había enfrentado a un caso parecido, sólo que en esa ocasión los disturbios no eran provocados por un enano, sino por un ser humanoide de casi dos metros, extremadamente delgado, desnudo y con tentáculos en lugar de cabeza. El parapsicólogo aseguraba que casi todo lo que consideramos apariciones fantasmales de personas difuntas son en realidad débiles materializaciones de seres de otra dimensión. El problema con el enano de Nacho es que no era precisamente una materialización débil, sino todo lo contrario, de ahí que pudiese infligir daño, romper cosas y, en general, interactuar con nuestro mundo.
     Claro que todo eso eran simples especulaciones de Zacarías. Podía tener razón y también podía estar equivocado, pero teniendo en cuenta su numerito con el huevo, podría decirse que el tío sabía de qué iba la cosa.
     Nacho estaba tan tranquilo que dejó la puerta del dormitorio abierta y prescindió del cuchillo sobre la mesita de noche. Iba a dormir en absoluta paz.


 A la una y cuarto de la madrugada, Nacho se despertó al sentir que algo pesado se subía en la cama con cierta dificultad.
    -No, otra vez no, por Dios –murmuró de forma casi inaudible.
     Levantó y giró un poco la cabeza para ver qué había sobre la cama, aunque no necesitaba mirar para saberlo. Era el enano, por supuesto, y estaba completamente erguido, con las piernas separadas y las manos a la altura de los muslos. Su postura recordaba a la que adoptan los vaqueros durante un duelo a muerte. Si unas noches atrás parecía estar preparado para atacar y abalanzarse sobre su presa, esta vez daba la impresión de estar en actitud desafiante, como si intentase demostrar quién mandaba allí tras saber que Nacho había tratado de echarlo de casa.
     La criatura no articuló palabra alguna, y Nacho tampoco. Él se limitó a pensar en el dinero que le había pagado a Zacarías y en lo bien que se lo estaría pasando el maldito estafador. Pensaba en eso y luego miraba detenidamente al enano, que ya no representaba únicamente una amenaza, sino también el patetismo y fracaso de Nacho al no afrontar el problema como era debido, de modo que, gracias a la ira que en ese instante viajaba por su cuerpo como si de electricidad se tratase, decidió hacerse cargo de la situación y plantarle cara al enano. Quizá al ser atacado se esfumaría de vuelta a su dimensión o cualquiera que fuera su lugar de origen, pero Nacho iba a procurar por todos los medios que volviese, en el mejor de los casos, con tres o cuatro costillas rotas, así que se lanzó sobre él gritando como un guerrero berserker, ciego de rabia y pensando en Zacarías y en su fracaso amoroso para inspirarse a la hora de repartir puñetazos, patadas y, si era necesario, mordiscos. No quería darle una paliza al enano, sino matarlo, despedazarlo con las manos, esparcir los restos por toda la habitación y beberse la sangre en su cráneo.  Ambos cayeron al suelo y se fundieron en una igualada orgía de puñetazos, arañazos y forcejeos, porque aunque el enano era pequeño, parecía poseer la fuerza de alguien de tamaño estándar, de modo que no le costó demasiado agarrarse a Nacho y propinarle un buen número de golpes y cabezazos hasta que, finalmente, el muchacho logró agarrar al monstruo de ambos brazos, inmovilizándolo y pudiendo de esa forma estrellar la cabeza de su oponente contra el suelo hasta que se dibujó una dispersa mancha de sangre en el parqué y el cuerpo dejó de moverse y respirar.  
     Nacho, entre jadeos y manchado de sangre propia y ajena, se sentó en el suelo apoyando la espalda contra la pared. Observó el cuerpo del engendro allí tirado, rodeado por una mancha de sangre cada vez más grande, y de repente ya no sentía ganas de destrozarlo. Le bastaba con saber que estaba muerto.


Nacho, entre nervios y prisas, fue a la cochera, cogió un saco, algo de cuerda y una pala. Luego metió el cuerpo del enano –a quien no se molestó en quitarle la máscara para verle el rostro. Ya tenía suficientes traumas– en el saco y lo ató bien fuerte. Metió el paquete en el maletero del coche y Nacho se sentó al volante. Justo antes de meter la llave en el contacto cayó en la cuenta de que ni siquiera se había vestido. Estaba en calzoncillos, su típico atuendo para dormir. No tenía ni tiempo ni ganas de entrar en casa a coger un pantalón y una camiseta, sólo quería acabar con aquello cuando antes. Su plan era ir al campo, hasta alguna zona bien alejada de la ciudad. Una vez allí enterraría el cuerpo del enano, regresaría a casa, se ducharía y se olvidaría de aquellos surrealistas días. A aquellas alturas le daba igual averiguar quién o qué era el enano, y conocer su procedencia también había pasado a la lista de cosas que le importaban un comino. Lo único que le interesaba era deshacerse de él, nada más.
     Tras un rato conduciendo llegó al monte, se apeó del vehículo y fue, pala en mano, derecho al maletero. La desagradable sorpresa fue descubrir que el saco estaba completamente rajado y vacío.
    -¡Hijo de puta! –gritó Nacho a toda voz, con la tranquilidad de saber que nadie le iba a escuchar.
     Nacho estaba preguntándose dónde demonios podría estar el enano cuando escuchó cerrarse bruscamente la puerta del conductor. Echó a correr hacia ella, pero antes de que pudiese llegar el motor arrancó y el coche comenzó a alejarse a toda velocidad, dejando a Nacho tirado en mitad del monte a las tantas de la madrugada. Se hincó de rodillas aullando de rabia, golpeando el sueldo y maldiciendo de todas las formas que sabía. Golpeó con más fuerza al caer en la cuenta de que no llevaba el móvil encima, por lo que la opción de llamar a Carlos para que fuese a recogerlo quedó descartada.
     Intentó hacer autostop, pero entre que pasaban pocos coches y que, por lógica, nadie en su sano juicio recogería a alguien que se pasea por la carretera a las tres de la madrugada en calzoncillos y manchado de sangre, lo único que pudo hacer fue volver caminando. Tardó cuatro horas en llegar, y aunque las piernas y las sangrantes ampollas de los pies le dolían muchísimo, lo que más le hizo sufrir fue descubrir que su coche estaba aparcado en la puerta de casa.

Fin

martes, 12 de mayo de 2015

Residuos interdimensionales (2ª parte)

Continúan las aventuras y desventuras de Nacho, un tipo normal enfrentado a una situación que ni entiende ni controla. 

    
Residuos interdimensionales. 2ª parte

    -¿No dijiste que no querías tener contacto conmigo hasta pasado un tiempo? –respondió Nuria al otro lado del auricular, con una sequedad y frialdad que hizo plantearse a Nacho colgar el teléfono y ponerse a llorar.
    -Ya, pero he hecho las cosas mal. Pensaba que me había tomado bien esto de la ruptura, pero creo que no es así. No estoy exteriorizando lo que siento, y juraría que eso me está jugando una mala pasada.
    -No te entiendo.
    -Tengo que abrirme y sacarlo todo, porque tragarme los sentimientos me está pasando factura. Nuria, romper contigo ha sido un palo, y te voy a echar muchísimo de menos. Te quiero mucho y ojalá siguieras a mi lado.
     Silencio durante unos segundos.
    -¿Qué te pasa, Nacho? –esta vez la voz de Nuria sonaba más cálida y mostraba algo que parecía ser preocupación.
    -Que tengo que soltar lo que llevo dentro. Si uno se traga las penas y no las exterioriza jamás, la psique las acumula y acaba saturándose. Al final termina saliendo todo igualmente, pero de mala manera… y eso es lo que me está ocurriendo. ¿Recuerdas cuando me decías que era más frío e inexpresivo que un maniquí? Pues tenías razón, y romper contigo ha sido la gota que ha colmado el vaso, por eso quiero desahogarme antes de que esto vaya a peor, y decirte que te amo y que me duele saber que nunca te volveré a besar y esas cosas.
     De repente, Nacho se puso en el lugar de Nuria y se dio cuenta de que si fuese él quien estuviese escuchado esas palabras, pensaría que la otra persona está como un cencerro. Sus palabras sonaban muy mal, como las de alguien que está a punto de cometer un asesinato múltiple porque Dios se lo ha ordenado.
    -A ver, Nacho, ¿me estás pidiendo volver?
    -¡No! No, no. Lo que quiero es dejar de tragarme lo que siento y sacarlo de forma constante y en pequeñas dosis. Mira, Nuria, hay dos tipos de personas: los que cuando están enfadados, tristes o alegres lo manifiestan, y los que lo ocultan y se callan, se callan, se callan y se callan, y al final, cuando explotan, lo hacen con una escopeta en las manos. Yo estoy en el segundo grupo, y aunque no he cogido ninguna escopeta, sí que estoy teniendo visiones. Tal y como suena.
     Otros interminables segundos de silencio.
    -¿Visiones? ¿De qué estás hablando, tío? –preguntó Nuria, cada vez más descolocada y confusa.
    -Me da igual que me creas o no, pero estoy convencido de que el cacao mental que tengo se está manifestando en forma de visiones. Primero pensé que eran reales, luego que eran producto de mi imaginación, después volví a pensar que eran reales, y ahora, tras meditarlo y pensarlo fríamente, he llegado a la conclusión de que tienen que ser visiones –dijo Nacho, frenético y amontonando las palabras, como si estuviese hablando contrarreloj.
    -Si me dices esto, lo único que puedo hacer es aconsejarte que busques ayuda.
    -¡No! Sé dónde está el problema y voy a arreglarlo yo mismo.
    -Nacho, mañana, cuando te hayas calmado, te llamo para saber cómo estás, ¿quieres?
    -No.
     Nacho colgó el teléfono con un fuerte golpe y se puso a sollozar porque volver a escuchar la voz de Nuria era duro para él, pero también porque conforme avanzaba la conversación se fue dando cuenta de que sonaba como un loco. Y quizá lo estuviese en parte, pero iba a poner remedio. En cualquier caso, sentía que había hecho el ridículo.
     Después de estar veinte minutos dándole vueltas a lo sucedido, reproduciendo mentalmente sus desquiciadas palabras y arrepintiéndose de haber hecho aquella llamada, volvió a descolgar el teléfono, pero esta vez marcó el número de Carlos.
    -¡Ey, Nachete! –respondió al instante con su habitual tono alegre y simpático, todo lo contrario que Nacho.
    -Carlos, ¿podemos quedar? Necesito charlar un rato.
    -¿Café en Manglada?
    -Claro.
    -¿Qué pasa, Nacho?
    -Muchas cosas.


Era la tercera noche tras los ataques del enano, pero Nacho, ayudado por los sabios consejos de Carlos, había terminado de convencerse de que aquello era cosa suya y que no existía ningún enano agresivo, sólo un montón de sentimientos reprimidos que estaban aflorando –más bien erupcionando, igual que un volcán desatado– como consecuencia de la ruptura con Nuria. No obstante, y aún estando convencido casi al cien por cien de que todo era producto de su imaginación, antes de volver a casa pasó por la ferretería, compró un par de pestillos y los instaló en la puerta de su dormitorio. Además, esa noche dejó un cuchillo de cocina sobre la mesita de noche, por si acaso. Fuese o no fuese una alucinación, si algo volvía a entrar en su cuarto lo apuñalaría hasta matarlo.


A la una de la madrugada Nacho tenía los ojos de par en par, fijos en el techo, y esperando escuchar algo inusual en el pasillo. Después de dos noches de pesadilla le era imposible conciliar el sueño, de modo que no había dado ni una miserable cabezada desde que se metió en la cama después de cenar, hacía ya casi tres horas.  Estaba demasiado atento a cualquier sonido, y hasta el estridente aleteo de un mosquito le hacía ponerse en guardia.
     Estaba harto de dar vueltas en la cama, así que pensó en levantarse y asomarse a la ventana de su cuarto para tomar el fresco, pero no hizo más que poner el pie derecho en el suelo cuando el pomo de la puerta empezó a moverse; primero despacio, y luego violentamente. Allí estaba otra vez aquel demonio, pero, pese a todo, Nacho seguía dudando de su existencia. Se quedó sentado en la cama mirando inexpresivo y fijamente a la puerta, viendo cómo el pomo era sacudido violentamente por un ser enfurecido al habérsele denegado la entrada.
     Nacho grabó la puerta con el móvil y le envío el vídeo a Carlos, quien sabía que estaba despierto porque solía trasnochar jugando con la videoconsola. Acto seguido le envío el siguiente mensaje:

    ¿Qué ves?

A lo que Carlos respondió:

    ¿Por qué se está moviendo así la puerta?

     Nacho no necesitaba más pruebas para saber que aquello, finalmente, no eran alucinaciones suyas. Por una parte se alegró, ya que ese dato iba en favor de su salud mental, pero por otro lado se aterró. ¿Qué era entonces aquella cosa? ¿Cómo podía entrar y salir de la casa tan fácilmente? ¿Acaso… era humano?
     El enano siguió forcejeando con la puerta, y cuando se aburrió empezó a arañarla frenéticamente durante varios minutos. Nacho no podía hacer más que empuñar con fuerza el cuchillo que cautelosamente había dejado en la mesita de noche y esperar a que el monstruo se fuese, y la verdad es que no tardó demasiado en irse. Cuando el enano fue consciente de que no podría entrar, se encaminó hacia el primer piso, bajó las escaleras al trote –Nacho podía escuchar desde su cuarto las pequeñas pisadas alejándose–, y empezó a romper los vasos y platos de la cocina.  Nacho escuchaba el estruendo desde su improvisada fortaleza impenetrable, mientras gritaba toda clase de insultos y blandía el cuchillo de forma histriónica.  Incluso se planteó bajar para poner fin al estropicio, pero fue incapaz. Pese a su enfado y frustración, le tenía pánico a aquella pequeña criatura.


Al amanecer, Nacho se pasó toda la mañana recogiendo los innumerables pedazos de platos y vasos que había repartidos por toda la cocina y parte del salón. Llenó por dos veces el cubo de la basura con los restos que iba barriendo.
     La puerta del dormitorio estaba llena de arañazos –en el suelo había un pequeño manto de raspadura-, y aunque quizá era imaginación suya, a Nacho le pareció distinguir algo similar a dibujos arcaicos y símbolos desconocidos para él. Ya nada podía sorprenderle tras lo sucedido en los últimos días, y en lo único que pensaba era en librarse de aquella maldición.
     Después de limpiar bien la casa, se sentó frente al ordenador y buscó “enano” en Internet. Los primeros enlaces que aparecían estaban relacionados con la alteración genética que provoca que algunas personas tengan una talla demasiado baja, pero aquello no le interesaba a Nacho ni lo más mínimo, ya que estaba convencido de que su casa era invadida por algo no humano. Otros enlaces hablaban del enano como criatura mitológica, sin embargo los datos y descripciones no se ajustaban en absoluto a lo que desde hacía tres noches le estaba amargando la vida. Entonces, ¿podría tratarse de un fantasma? ¿Un duende?

     Nacho siguió navegando y encadenando enlaces hasta que finalmente llegó a la página web de alguien que cuatro o cinco días antes le habría producido repulsión: un parapsicólogo. Para Nacho, toda la fauna compuesta por curanderos, chamanes, futurólogos y demás gente de similar calaña era escoria. Ladrones que se aprovechan de la ignorancia y desesperación de la gente. Sin embargo, ahora era Nacho quien estaba a punto de marcar el número de teléfono de aquel parapsicólogo llamado –o apodado, quién sabía- Dr. Zacarías, porque estaba confuso, aturdido y necesitaba explicaciones para lo que estaba ocurriendo en su hogar. Era obvio que el enano desafiaba las leyes de la física cada vez que se esfumaba tras sus fechorías, por eso quizá era buena idea acudir a alguien especializado en lo inmaterial. Aunque el tal Dr. Zacarías fuese un estafador, era mejor probar suerte con él que quedarse de brazos cruzados esperando a que el enano volviese a la carga. 

Continuará...

jueves, 7 de mayo de 2015

Residuos interdimensionales (1ª parte)

Residuos Interdimensionales (anteriormente titulado La casa del enano) es el último relato que he escrito con la intención de presentarlo en el certamen literario de mi ciudad, aunque sé que va a comerse una mierda porque no se acerca a la temática que dicho certamen suele premiar o tomarse en serio. Sí, en las bases pone que el tema es libre, pero los cojones. Ya me conozco el percal y las preferencias del jurado (más guiado por los gustos personales que por la objetividad), aunque igualmente he presentado lo que me ha dado la gana. Sé que no voy a ganar, y también sé que no va a gustar, pero prefiero seguir siendo yo, con mis pros e incontables contras, que adaptarme a los gustos de un jurado conservador. 
Hablo del certamen literario, pero del concurso de cortometrajes podría decir exactamente lo mismo. A menos que presentes algo lacrimógeno o de denuncia social, no te tienen en cuenta para nada. 

Y digo esto porque creo que ya basta de tanto conservadurismo y preferencia por lo estándar. Vamos a premiar aquello que se salga del camino seguido por todos, ¿no? Premiemos a los que arriesgan e innovan. ¿No es eso más interesante? Conozco a gente que escribe y graba cortos, pero ni se molestan en presentarlos porque saben el panorama que hay. 
Me parece muy triste.


No obstante, en Residuos interdimensiones he intentado reducir al máximo las groserías y escenas violentas, de tal forma que pueda gustar incluso a una ama de casa sexagenaria, sin escandalizarla ni obligarla a rezar para que Dios perdone el alma del autor de semejante aberración. 
Bueno, la verdad es que dudo que le guste, pero estoy casi seguro de que escandalizarse no se va a escandalizar.

También es verdad que la historia no está al 100% de su plenitud, ya que mi intención era que esto fuese una novela, pero como tuve que escribir a toda hostia para el certamen (se acercaba la fecha peligrosamente) y no tenía tiempo de pensar en algo nuevo, usé la idea y la condensé en diez páginas. Me costó horrores y me jorobó tener que resumir y quitar escenas, pero así ha salido la cosa. Es lo que hay.
En el futuro, cuando decida escribir la novela, podré explayarme.

Bueno, ya me he enrollado más de lo que tenía planeado. 
Aquí os dejo la primera parte del relato, el cual no voy a subir de golpe porque aunque solo sean diez páginas, entiendo que colocar un tochazo monstruoso en el blog da mucha pereza a la hora de leerlo, así que mejor lo publico en pequeñas dosis. Y de paso me ahorro tener que pensar de qué hablo en las siguientes dos o tres entradas. 



Residuos interdimensionales. 1ª parte. 

Aquella mañana de otoño, aún medio dormido, Nacho recibió una llamada de Nuria, su novia. Quería comentarle que llevaba algún tiempo, meses, pensando en el estado de su relación, la cual se había alargado durante cinco años, y no le gustaba el matiz que había tomado últimamente, siendo la rutina y el aburrimiento los principales protagonistas. Le gustaba tan poco como a Nacho aquella desagradable llamada, cuyo desenlace podía vislumbrar desde las primeras palabras que escuchó al otro lado del auricular, mientras veía por la ventana las rojizas luces del alba en el horizonte.
     Tras un largo monólogo por parte de la chica, repleto de explicaciones de por qué estaba ocurriendo aquello y algún que otro reproche lanzado con suma delicadeza, finalmente soltó la bomba que Nacho esperaba con resignación, en silencio y con la mirada clavada en el cada vez más iluminado horizonte.
    -Quiero terminar aquí la relación, Nacho. Lo siento muchísimo, pero esto no va a ninguna parte y no quiero seguir así –dijo ella tratando de mantener la calma y la serenidad, pero su voz sonaba por momentos como si estuviese a punto de quebrarse y romper a llorar.
     Nacho no supo qué decir exactamente, así que se limitó a pedirle a Nuria que no se pusiera en contacto con él durante un tiempo. Necesitaba asimilar aquello y recomponerse, y continuar sabiendo de ella no ayudaría en nada. Más bien al contrario.
     Colgó y volvió a poner el móvil sobre la mesita de noche, lanzándolo de mala manera.
    -No lo sentirás tanto cuando me has llamado a primera hora para joderme el día entero. Qué gran idea por tu parte –murmuró Nacho, sentado en el filo de la cama y enterrando la cara entre sus manos.
     Se levantó y se frotó los ojos para deshacerse de aquellas incómodas lágrimas que habían aflorado, luego fue al cuarto de baño para asearse un poco, lavarse los dientes y echarse agua fría en la cara. Mientras se secaba cayó en la cuenta de que la puerta del dormitorio estaba abierta otra vez, y ya era la tercera noche que ocurría. No se percató cuando salió porque estaba pensando en la aturdidora llamada que acababa de recibir, pero ahora estaba más despejado y fue consciente de que aquello no era normal. Nacho tenía la costumbre de dormir con la puerta de la habitación cerrada, sin embargo ya era la tercera noche consecutiva que amanecía con la puerta abierta. Al principio pensó que podía tratarse de algún fallo del pomo, pero lo había revisado y estaba perfectamente. No obstante, esa mañana volvió a echarle un vistazo, y de nuevo todo estaba en orden, salvo una cosa. En la base de la cara de la puerta que daba al pasillo había una serie de pequeños arañazos. Eran finos y poco profundos, como si los hubiesen hecho con la punta de un bolígrafo o algún objeto poco punzante, pero allí estaban. Nacho no le dio demasiadas vueltas porque no tenía ganas de seguir pensando, así que la puerta abierta cada mañana la atribuyó al pomo –aunque supiese que al pomo no le pasaba nada-, y los arañazos a su poco cuidado a la hora de pasar la aspiradora.


La cafetería Manglada era el lugar donde Nacho solía reunirse con Carlos, su amigo y confidente desde que eran dos mocosos. Ya le había contado el asunto de la ruptura por teléfono, pero el tema no se consideraba hablado hasta que no quedaban para tomar café en aquel agradable local de luz tenue, olor dulzón y maravillosa música jazz. Y allí estaban, sentados frente a frente una tarde más.
    -Sabía que las cosas no iban especialmente bien, pero pensaba que era un bache en la relación, de ésos que todo el mundo tiene en algún momento –dijo Nacho mientras abría un sobrecito de azúcar y vertía el contenido en su café.
    -Piensa que ahora eres libre, quédate con eso. Sé que no es fácil, pero en realidad vives estupendamente; tienes casa propia, trabajo estable, eres joven y, aunque no soy quien debería decirlo, también eres atractivo. No es que me pongas cachondo, no te hagas ilusiones, pero creo que objetivamente eres un tío de los que gusta a las mujeres, así que no te costará demasiado buscarte a otra.
     Nacho lanzó una breve carcajada y acto seguido le dio un sorbo a su café.
     La verdad era que estaba llevando muy bien todo el tema de la ruptura, quizá porque en el fondo se la estuvo viendo venir desde hacía unos meses. Pensaba en Nuria y la echaba de menos, a ella y a los buenos momentos que pasaron, y también a sus pequeñas rutinas, como las tardes de paseíto y merienda, o las horas muertas que pasaban en Fnac mirando cosas y prometiendo no gastar nada de dinero, aunque era inevitable para ellos terminar llevándose algún libro o DVD. Eran detalles tontos, minúsculos, que le gustaban y echaría de menos, pero pese a todo estaba manejando la situación con bastante calma y actitud positiva.
    -Dicen que hay una crisis a los siete años de empezar una relación, ¿no?
–comentó Nacho.
     Carlos se echó para atrás su alborotada melena rizada y resopló negando ligeramente con la cabeza, dando a entender que no tenía ni idea de lo que estaba hablando Nacho.
    -No he escuchado hablar de ninguna crisis de los siete años. Además, ¿por qué a los siete años en concreto?
    -Es por algo relacionado con nuestro pasado como neandertales. Ya sabes, algo que está grabado en la parte más primitiva de nuestro cerebro y se va pasando de generación en generación.
    -Nacho, no sé de qué va todo eso que estás diciendo. Lo que sí sé es que tú y Nuria no habéis llegado a los siete años, así que… qué más da.


Sobre las dos de la madrugada, cuando Nacho por fin logró dormirse tras aquel espantoso día que supuso el inicio de su nueva vida, la puerta del dormitorio se abrió de forma brusca, estampándose contra la pared y haciendo un ruido atroz.  Nacho se sentó en la cama rápidamente, como si tuviese un resorte en la cintura, y desvió la mirada hacia la puerta abierta, esperando a que sus ojos se adaptasen a la oscuridad y así lograr ver algo. Mientras eso ocurría, buscaba nervioso y a ciegas el interruptor de la lámpara de la mesita de noche, pero algo se subió a la cama antes de que pudiese encontrarlo. Fuese lo que fuese tenía el tamaño y la forma de un niño de tres años, y pocos detalles más pudo distinguir el aterrado y confuso muchacho, ya que la oscuridad no le permitía ver nada más que una brumosa silueta. Lo que sí pudo captar con total claridad fue el puñetazo que aquel pequeño ser le asestó sin mediar palabra, haciendo que Nacho cayese sobre el cabecero de la cama y se golpease la nuca.
     Cuando se reincorporó, lanzando maldiciones y amenazas como una ametralladora, estaba solo en la habitación y afuera se escuchaban las rápidas pisadas de alguien que bajaba las escaleras, huyendo hacia el primer piso de la casa.
     Nacho cogió una zapatilla y se dirigió con cautela hasta las escaleras. Bajaba cada peldaño con cuidado de no hacer ruido, y ligeramente encorvado y atento al menor sonido o movimiento, como un felino. La zapatilla en la mano, dispuesto a golpear rabiosamente con ella ante cualquier señal de peligro.
     No fue hasta la mañana siguiente cuando se dio cuenta de lo patética que era aquella situación.
     Registró el primer piso, pero todo estaba en orden. Nada en la cocina, ni en el salón, ni en la despensa, ni en el baño. La puerta de casa y las ventanas parecían estar en perfectas condiciones, sin señales de haber sido forzadas.
     Llamó a la policía, porque aunque todo parecía indicar que allí no había entrado nadie en realidad -¿un sueño, quizá?-, el hilillo de sangre que le corría desde la nariz hasta el mentón por culpa del puñetazo que había recibido era absolutamente real.
     Mientras la policía llegaba, se sirvió un vaso de leche y se lo bebió en el sofá, tratando de mantener la calma. Estaba siendo un día bastante duro y extraño.


    -Y dice que usted estaba durmiendo cuando el agresor entró en la habitación, ¿no? –preguntó uno de los dos policías que acudieron al domicilio de Nacho. El que efectuaba las preguntabas era el de aspecto y actitud más veterana, con una amplia calva y una frondosa pero bien recortada barba llena de canas. El otro policía era más joven y callado, y se limitaba a inspeccionar el salón sin moverse del sitio, paseando la mirada de un lugar a otro.
    -Ha sido así, agente. Alguien entró, me golpeó, salió corriendo y se fue de la casa. Cualquiera diría que lo único que quería era arrearme una hostia, porque ni ha robado ni ha provocado ningún destrozo. Sólo me ha golpeado y se ha ido.
     La voz de Nacho sonaba rara debido a la bola de papel higiénico que había introducido en su fosa nasal derecha con el fin de detener la hemorragia.
    -No tiene mucho sentido, la verdad. Ya hemos revisado la casa entera, incluso debajo de la alfombrilla del baño, y aquí no hay nadie. Imagino que sabe lo que estoy pensando, ¿verdad? –comentó el policía, colocándose las manos en la cintura y desperezándose ligeramente. Bajo sus ojos había ojeras, y su rostro reflejaba cansancio y ganas de irse a casa a dormir. Era casi como si tuviese tatuado en la frente <dejadme en paz por hoy> en letras de neón grandes y rojas. 
     El otro policía seguía allí plantado como un pasmarote, sin abrir el pico y con una desagradable media sonrisa algo burlona y prepotente.
    -No sé lo que está pensando –respondió Nacho con desgana, tratando de dejarle claro, y de forma sutil, al policía que no había tenido un día como para pensar mucho, y menos a esas horas.
    -Usted se ha levantado sobresaltado por una pesadilla y se ha dado un golpe con el cabecero de la cama, de ahí la sangre en su nariz. ¿No le parece eso más lógico que la idea de alguien entrando por arte de magia con la única intención de agredirle? Le repito que hemos revisado toda la casa, y además de estar vacía no hay el menor indicio de cerraduras forzadas. No le dé más vueltas, y si por un casual ocurre algo fuera de lo común, avísenos.
     Nacho sabía que lo suyo era una locura, y que lo que estaba diciendo aquel hombre era la encarnación de la coherencia y el sentido común, de modo que se limitó a asentir con la cabeza y acompañar a ambos agentes a la puerta. Luego se sacó de la nariz el tapón de papel higiénico empapado en sangre coagulada, lo tiró por el váter y se volvió a la cama.
     No hubo ningún incidente más esa noche, aunque le fue imposible volver a dormirse.


Carlos llamó a Nacho sobre la una del mediodía para saber cómo estaba. Para su sorpresa, el tema de conversación no fue Nuria, sino la extraña pesadilla que le había golpeado la nariz y lo ridículo que se sintió ante la policía tratando de explicar lo ocurrido, descubriendo que lo que decía no tenía ni pies ni cabeza.
     En cuanto al tema de su ruptura, todo seguía indicando que Nacho lo estaba llevando bastante bien, con algo de nostalgia y tristeza, pero sin histerias ni llantos. Y eso era bueno para ambos, porque Nacho no sufría y Carlos se ahorraba el ejercer de pañuelo de lágrimas, situación que nunca le había gustado debido a lo repetitiva que solía ser. No tenía tanta paciencia ni aunque se tratase de amigos íntimos como lo era Nacho.


La puerta de la habitación se abrió a eso de las dos de la madrugada, despertando a Nacho con otro sobresalto tremendo justo cuando estaba a punto de conciliar el sueño tras la mala noche anterior en la que apenas pudo cerrar los ojos. Sintió que algo se subía a la cama, pero esta vez había dejado la persiana levantada, por lo que gracias a la luz de una farola cercana pudo ver con claridad al extraño visitante. Debía medir menos de un metro, y su atuendo consistía en una especie de pijama rojo oscuro de una sola pieza que le cubría todo el cuerpo, a excepción de unos pequeños orificios redondos para los ojos y otros para poder sacar los dedos de las manos.
     Nacho se mantuvo tumbado boca arriba mirándolo fijamente, con el cuerpo en tensión, el rostro sereno y los ojos muy abiertos, analizando la situación para cerciorarse de que aquello no era un sueño. En cambio, el enano parecía estar en posición de ataque, con las piernas semiflexionadas, el torso ligeramente encorvado hacia delante y las manos a la altura del pecho como un dinosaurio.
     En el preciso instante en que Nacho estuvo seguro de que aquello no era sueño, cuando empezó a planear a la velocidad del rayo un plan de ataque contra aquel tipejo, el enano le propinó dos puñetazos, uno en cada lado de la cara, usando primero el puño derecho y luego el izquierdo. Y de nuevo la misma táctica que la noche anterior: tras la agresión, huída a toda velocidad.
     Nacho, ciego de rabia y aturdido por los golpes, se cayó al suelo al levantarse de la cama, pero rápidamente se incorporó, cogió la zapatilla –sí, otra vez- y fue tras el violento enano.
    -¡Ven aquí, hijo de la gran puta! –gritó, hasta tal punto que le dolió la garganta, mientras bajaba con cautela las escaleras, atento a la posibilidad de que el agresor apareciese de nuevo.
     Mientras registraba la casa iba accionando todos los interruptores para que la iluminación fuese máxima, pero allí no había nadie salvo él y su miedo. Nada en el salón ni en el baño ni en la cocina. Al igual que la noche anterior, dio la sensación de que el visitante se desvanecía tras agredir.
     Nacho, temblando como un flan, en parte por la rabia y en parte por el miedo, llamó a la policía otra vez y les contó lo ocurrido. Una chica de voz nasal que parecía ausente de cualquier emoción o sentimiento aseguró que en el menor tiempo posible enviarían una patrulla.
     Cuando asomaron las primeras luces del alba, Nacho seguía registrando obsesivamente la casa cuchillo en mano, habitación por habitación, una y otra vez. Aquello era una locura, y Nacho ya no sabía qué pensar. Por muy físico que fuese aquel enano, por mucho que hubiese sentido su peso al subirse en la cama, y por mucho que aún le doliesen los golpes asestados en la cara, aquello no tenía sentido.
     La policía no llegó a presentarse.  

Continuará...
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