El cine de Quentin Tarantino se
encuentra sujeto a una paradoja bastante peculiar: por una parte está
confeccionado en torno a un estilo muy personal y unos elementos y recursos
reconocibles que siempre están ahí y que todos sabemos que los vamos a encontrar,
pero por otra parte (y aquí viene la paradoja) Tarantino sigue sorprendiendo
pese a estar tan cerrado dentro de su marca.
Luego hay otro asunto que siempre
me ha fascinado de este director: ¿un autor en toda regla capaz de conectar con
el público mayoritario y tener éxito comercial? Pues sí, es posible. Pero en
fin, esto daría para otro artículo, así que mejor lo dejamos para otra ocasión.
Los odiosos ocho es una película
diferente si la comparamos con el resto de la filmografía de este director debido
a un ritmo más pausado de lo normal, una temática diferente a la de sus últimas
películas (esta vez no hay venganzas de por medio) y una trama más cercana al
cine de Hitchcock o las novelas de Ágahta Christie, pero al mismo tiempo es un
producto 100% Tarantino, ya que no faltan los diálogos brillantes, la banda
sonora pegadiza, la violencia, la tensión y los personajes carismáticos y
cabrones.
En esencia, se trata de una
historia con tintes detectivescos muy obvios, con una trama llena de mentiras,
personajes que no son quienes dicen ser e intereses económicos, pero la
realidad es que si rascamos un poco encontraremos un trasfondo político y unas
segundas lecturas que se harán más evidentes en posteriores visionados.
Teniendo en cuenta que el metraje
asciende a casi tres horas de duración y que la inmensa mayoría de la historia
se desarrolla entre cuatro paredes, cualquier espectador estándar pensaría que
la película puede fallar en su dinamismo y ritmo, y de hecho estoy convencido
de que si esta misma cinta hubiese estado escrita y dirigida por otra persona,
habría resultado casi con total seguridad un aburrimiento. Sin embargo,
Tarantino tiene una capacidad sobrenatural para conseguir captar la atención
del espectador incluso cuando en pantalla no está sucediendo nada importante o
trascendente. Por ejemplo, en Pulp Fiction, el personaje de John Travolta se
pasa un buen rato hablando de hamburguesas, porros y masajes en los pies, algo
que podría haberse eliminado de un plumazo sin que la trama se viese afectada por
ello, pero los diálogos que escribe Tarantino son una delicia, de modo que al
final nos termina haciendo gracia o impactando lo que sus personajes hablan o
filosofan, aunque sus palabras no nos lleven a ningún sitio.
En Los odiosos ocho se lleva al
extremo este punto, y desde luego aquel espectador que no esté familiarizado
con el director o que busque un western al uso se desesperará ante la
interminable charlatanería de los personajes que pueblan la película.
Sin embargo, cada fotograma
rodado por Tarantino resulta interesante de un modo u otro, ya se trate de un
plano concreto, un duelo interpretativo, un recurso visual o una secuencia
rodada con pulso divino, de modo que al final da igual que la acción y la
explosión de violencia no empiecen hasta la segunda mitad de la cinta, ya que
todo lo anterior ha sido bellísimo. Alargado de forma innecesaria, puede, pero
ojalá todos supieran alargar como lo hace Tarantino.
El reparto, un apartado que
siempre es de lujo con este director, está encabezado por el legendario Kurt
Russell y por el habitual Samuel L. Jackson (iba a decir que es habitual en las
películas de Tarantino, pero en realidad lo es en todo el cine de los últimos
veinticinco años). También destacan la olvidada Jennifer Jason Leigh y el
estupendo Walton Goggins, un actor al que alguien debería darle un papel
protagonista lo antes posible.
Otro elemento a destacar sería la
banda sonora del inmortal Ennio Morricone, en la que hace uso de temas
compuestos exclusivamente para la película y de piezas descartadas para La Cosa , de John Carpenter.
En definitiva, un western que
puede gustar incluso a quienes no sienten simpatía por este género y una
película de Tarantino que hará las delicias de todo fan.