Hace algún tiempo os conté que estaba escribiendo una novela. Al terminar el año 2015 me propuse acabarla y empezar una nueva. Ese rea mi propósito.
Bien, el año 2016 ha terminado y mis propósitos se han cumplido a medias. Por una parte puedo afirmar con cierto orgullo que la novela está terminada, pero también es cierto que no he empezado la siguiente tal y como me propuse. Tengo ideas, eso sí.
También dije que os tendría al día sobre el proceso creativo y los enredos que supone construir una historia más o menos extensa. Todo eso me lo he pasado por el forro, lo admito, y la falta de actividad en el blog por parte de los lectores (si es que los hay. Quiero creer que no estoy hablándole a un infinito vacío oscuro) es una de las causantes.
Siendo sincero, creo que la era de los blogs ha terminado y que seguir escribiendo en este medio es como tratar de reanimar con un masaje cardíaco a un cadáver en descomposición. Sin embargo aquí sigo, aun sabiendo que los blogs están muertos y el futuro de todo esto se encuentra en youtube y las redes sociales como facebook.
Pero tampoco quiero quejarme ni ponerme a lloriquear por lo muerto que está el blog, ni daros la chapa cada vez que pienso que esto es una pérdida de tiempo y que debería cerrarlo. No voy a hablar de eso porque... prefiero hablar del libro, que para eso me he animado a escribir hoy.
En aquel artículo que publiqué en abril del 2015 os contaba que la novela se basaba en una leyenda urbana nacida de Internet, que el título iba a ser La destrucción de Claudia y que mi intención era, y cito textualmente, "No pretendo dar mensajes morales ni de ningún tipo, ni elaborar una trama complicada y enrevesada que termine implicando a Obama y los Illuminatis".
Bien, la novela ya no se llama La destrucción de Claudia, sino Juguemos con Claudia, y el tema de no meter conspiraciones también se ha ido un poco al traste. No hay Iluminatis ni presidentes negros, pero... en fin, ya la leeréis.
Lo que si puedo decir es que el final que en un principio tenía planeado fue mutando hacia algo más positivo y, paradójicamente, apocalíptico.
Ahora mismo estoy esperando a que la novela sea leída por un par de personitas de cuyo criterio me fío y así poder evaluar la obra desde otras perspectivas y saber qué se puede mejorar, qué se puede añadir y qué se debe dejar como está.
Mi intención es publicarla, vender los derechos para una película y hacerme obscenamente rico, pero no quiero ir con prisas. Antes toca pulirla un poco más, y como yo la he revisado ya, toca dejarla en manos de otra gente. Un testeo, vamos.
¿Y qué va a ser lo siguiente? Tengo varias ideas en mente, casi todas con elementos fantásticos o de ciencia ficción (todo lo que no hay en Juguemos con Claudia, y lo he echado de menos).
Es muy probable que lo próximo que escriba sea algo llamado Festival 1984, una historia sobre el éxito prematuro, el trauma de verse en el punto de mira de las altas expectativas y... el fantasma de un viejo festival de cine. No el fantasma de los implicados, ¡el fantasma del propio festival! ¿Pero qué chorrada es esta, amigos?
También tengo por ahí una idea de algo llamado Juggernaut, sobre un psicópata que usa un coche teledirigido de tamaño real y acorazado para sembrar el terror desde el puto salón de su casa.
Y por último, una historia protagonizada por científicos que trabajan en una base secreta con el único objetivo de evitar que algo que han descubierto (un inmenso ente lovecraftiano fruto del Big Bang de una realidad alternativa) cruce a nuestro mundo y se cargue el sistema solar a patadas.
Son ideas que aún deben trabajarse y desarrollarse mucho, pero ya improvisaré.
Me despido con un par de posibles diseños de portada para Juguemos con Claudia.

