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jueves, 21 de junio de 2018

Twin Peaks: The return


Diga lo que diga en este artículo, no va a estar a la altura de la tremenda barbaridad que David Lynch regaló a sus fans el pasado verano. Me falta vocabulario y talento para reseñar esta monstruosidad como es debido.
Pese a todo, me gustaría dedicar unos párrafos a hablar no de la serie en sí, sino concretamente de su tercera temporada. ¿El motivo? Si el Twin Peaks original de los 90 fue rompedor, lo que ha sucedido con su tercera temporada, estrenada 25 años después, resulta indescriptible.
Quizá no sea objetivo, ya que todo lo que hace David Lynch me vuelve loco, pero es innegable que Twin Peaks: The return ha sido un puñetazo sobre la mesa. Tal vez sea la primera vez en la historia de la televisión que un autor tan poco digerible por los mainstreams ha hecho lo que le ha dado la real gana, sin complejos, y además con un presupuesto y un reparto más que considerables.
Quisiera condensar mi opinión en un solo artículo, así que voy a dividirlo en secciones para organizar las ideas y no acabar haciendo un caótico gazpacho.
Vamos allá.



1. NUEVO LOOK
Creo que todos los fans de Twin Peaks esperábamos de esta tercera temporada un producto similar a las temporadas una y dos, pero no ha sido así. Esto, como no podía ser de otra forma, ha provocado ira y admiración a partes iguales, dividiendo al público y bla, bla, bla… Vamos, lo que ocurre siempre. ¿Alguna película o serie no divide al público? ¿Hay algo que guste o sea odiado de forma cien por cien unánime?
Pero es verdad que la primera toma de contacto, ese momento mágico en que ves los minutos iniciales del primer episodio, se hace raro. Bastante raro, de hecho, y eso que Twin Peaks siempre ha sido una serie rara y marciana, pero es que ahora había que sumarle a eso un radical cambio estético, con una fotografía bastante fea, como de película barata o amateur, y unos efectos especiales que son, casi siempre, una chufla. Pero nada de eso es casual, porque nada es casual cuando se trata de gente como David Lynch.
De modo que sí, la primera toma de contacto con The return se atraganta, se observa con rechazo, pero acabas entrando de lleno, y lo haces porque, aunque esto a priori no parezca Twin Peaks, huele al inconfundible sello de su director. Tal vez nos sintamos desubicados al principio, pero no tardamos en comprender que estamos en el mismo lugar de siempre, ese lugar al que somos arrastrados cuando decidimos bucear en la obra de David Lynch. Volvemos a estar inmersos en una de sus histéricas y aterradoras pesadillas. Nada nuevo, por suerte.
Quisiera pensar que esto es lo que siempre quiso Lynch para Twin Peaks. Me explico: la serie original, formada por dos temporadas, acaba mutando en algo que poco o nada tenía que ver con lo que nos ofrecía al principio, y todo eso fue, como de costumbre, por culpa de los ejecutivos, los de la pasta, empeñados en poner freno a los artistas. De modo que Lynch perdió interés por la serie, la abandonó, y no fue hasta su recta final que decidió regresar y trata de poner las cosas en orden, aunque para entonces ya era tarde. La audiencia había caído en picado y la serie iba a morir cancelada.
Con esto quiero decir que, aunque esas dos primeras temporadas fuesen extrañas y lynchnianas, estaban domesticadas, o al menos lo estaban en parte. No es que fuesen un producto de consumo masivo, pero… casi. En cambio, The return es una temporada en la que David Lynch y Mark Frost (la otra mitad de esta obra) han tenido libertad para hacer lo que quisieran, de ahí que no haya compasión hacia el espectador. Twin Peaks: The return es una serie desatada que no pretende caer bien a nadie, ni siquiera a los fans de la original.
Tengo la impresión de que Lynch y Frost siempre quisieron hacer esto, pero como en su momento no pudieron o no les dejaron, ahora han dado rienda suelta al maravilloso cacao mental que a estos señores les burbujea en la cabeza.



2. FUEGO, CAMINA CONMIGO
La película de Twin Peaks, revalorada con el paso de los años, fue odiada e incomprendida en su momento, principalmente porque en lugar de desvelar dudas, planteaba más. Por eso y porque, al igual que sucede con la tercera temporada, se parecía más bien poco a la serie original. Fuego, camina conmigo era mucho más oscura, adulta y deprimente, y a esto debemos sumarle el hecho de que su metraje fue reducido en más de una hora. Eso significa un buen puñado de cabos sueltos y momentos que, se miren por donde se miren, no tienen explicación.
Entonces, ¿Lynch ha obviado la película a la hora de escribir la temporada tres? ¡NO! No sólo no la ha ignorado, sino que es imprescindible haberla visto para poder “entender” (nótense las comillas) algunos momentos clave de la nueva temporada. Pero es que además de eso, The return ha heredado el tono y la atmósfera onírica y pesadillesca de la película, elementos más remarcados en el film que en la serie original (que ya es decir).
Para muchos, esto será una tortura. Para mí, que la película me parece fabulosa, es un regalo.
Hay una escena de la película, uno de esos momentos sin sentido que huelen a que hubo que cortar metraje explicativo, que ha sido más o menos aclarada en la tercera temporada. Es una explicación extraña, muy loca, muy de vamos a improvisar algo mientras nos tomamos el décimo café del día, pero resulta efectiva y da a la serie una nueva lectura sobrenatural. Y no es que Twin Peaks ande escasa de elementos sobrenaturales, pero uno más siempre es bienvenido.
Me refiero a la demencial escena en la que aparece el agente especial Philip Jeffries, interpretado por David Bowie. En esta secuencia, Jeffries hace acto de presencia mediante una ¿teletransportación? ¿Cruzando una puerta interdimensional? ¿Viajando en el tiempo? No lo sé. La cuestión es que el tío aparece en la oficina del FBI muy desubicado y desorientado, pero su presencia también llama la atención de su jefe, Gordon Cole, que se sorprende mucho al verle, e incluso hace alusión a que Jeffries desapareció tiempo atrás sin dejar rastro…  Hasta ahora, que ha regresado de nadie sabe donde.
En esta escena, Jeffries dice dos cosas clave. Primero comenta que no quiere que nadie mencione a Judy, y segundo se pone un poquitín histérico al ver al bueno de Dale Cooper, a quien acusa de ser un impostor. Todo el mundo presente en la oficina se queda con cara de ¿pero qué me estás contando?, y el espectador también, claro.
¿Quién es Judy? Un misterio que se planteó en 1992 y que desde entonces ha sido tema de conversación entre los fans de esta serie. Pero el enigma se resolvió en 2017 gracias a la tercera temporada, donde se nos revela que Judy es en realidad una antiquísima entidad maligna llamada Jiao Dai, y que resulta ser el villano principal de la serie, causante de todos los males.
Otra cosa que se nos aclara es que dentro del FBI existe un departamento especial secreto llamado Rosa Azul, encargado de resolver casos de índole sobrenatural o extraterrestre. A ese departamento especial pertenecía el ilocalizable Philip Jeffries, motivo por el cual terminó viajando en una de sus misiones a una dimensión paralela y cruzándose con la peligrosa Judy, de ahí que conozca su existencia.
Y queda otra cuestión: ¿por qué se altera tanto cuando Jeffries ve a Dale Cooper? Muy sencillo, al ser un viajero en el tiempo y conocer el futuro, sabe que Cooper acabará teniendo un doppelgänger maligno, motivo por el cual no sabe si ese Cooper es el bueno o el malo.
Lamentablemente, David Bowie falleció durante el rodaje de la tercera temporada sin darle tiempo a rodar su regreso como el agente Philip Jeffries. Pero estamos en una obra de David Lynch, así que todo es posible. De modo que sí, amigos, en la tercera temporada tenemos de vuelta a Jeffries, aunque no con la apariencia que esperábamos. En esta ocasión, y dado que Bowie no estaba disponible, Lynch decidió convertir al agente Jeffries en una cafetera parlante. ¿Por qué? Porque sí, chavales, porque sí. ¿No es maravilloso?
David Lynch ha sido muy valiente al no ser complaciente con nadie, ni siquiera con los fans de Twin Peaks.



3. SALIMOS DE TWIN PEAKS
Otra decisión arriesgada por parte de Lynch y Frost ha sido expandir la historia más allá de las fronteras del idílico pueblo que da nombre a la serie. De esta forma, Nueva York y Las Vegas son dos de los nuevos escenarios habituales en The return. Y digo que es una decisión arriesgada porque ampliar el universo twinpeaksniano del modo en que lo han hecho, puede suponer un rompecabezas al que no todos estén dispuestos a jugar. Al haber más localizaciones, se abren frentes, muchos frentes, cada vez más frentes… ¡Una puñetera tonelada de frentes! Sólo en los dos primeros episodios ocurren más cosas que en algunas temporadas completas de otras series. Es demencial. Lo más estresante es que la serie avanza y, en lugar de resolver las quinientas subtramas pendientes, crea otras o retuerce las ya existentes, y llega un punto, cuando la serie se acerca peligrosamente al episodio final, el dieciocho, en que parece que no habrá tiempo de zanjar los asuntos que se llevan planteando desde el primer capítulo. Experimentos secretos relativos a otras dimensiones, asesinatos inexplicables, vórtices, dobles malignos, tipos con superpoderes, vagabundos terroríficos que van por ahí pidiendo fuego y asesinando, viajes en el tiempo, monstruos, realidades alternativas, mafiosos… Quizá sea la mezcla más extraña y desquiciada de la historia del audiovisual. Para un guionista, lidiar con todo eso debe ser una labor titánica.



4. GOTTA LIGHT
Toda la serie, incluyendo sus dos o tres episodios más flojos e insustanciales, es una obra de arte contada en dieciocho horas. Quizá el evento televisivo más arriesgado, personal y LIBRE con el que nos hayamos topado en décadas.
Y luego está el episodio ocho, un punto y aparte. Ningún capítulo de The return es normal ni comercial, pero la locura desatada en el octavo, titulado Gotta light, es digno de estudio. Es el capítulo más surrealista y desquiciado, y al mismo tiempo uno de los que arrojan más luz, al menos en lo referente a un tema muy concreto: la llegada de Jiao Dai a nuestro mundo… o algo así. Sólo diré que la culpa de todo la tiene una explosión atómica ocurrida en los años 40.
El episodio, de una belleza estética superior (esa preciosa y sugerente fotografía en blanco y negro contrasta con el feísmo visual de los otros capítulos), funciona como un relato de ciencia ficción dura, a lo Philip K. Dick (toda la temporada parece influenciada por este escritor, dicho sea de paso) y una historia de terror.
Es duro hablar de este capítulo sin perder pelo mientras se hace, ya que como ocurre con buena parte de la filmografía de David Lynch, se puede describir pero no explicar.



CONCLUSIÓN
Twin Peaks: The return es una serie (o película de dieciocho horas, como la describe el propio David Lynch) que se mueve en tierra de nadie. Por una parte, y como ya he explicado antes, no busca complacer a nadie, ni siquiera a los fans de la serie original... Tal vez podría decirse que el público perfecto para The return se encuentra en la gente que disfrutó con alguna de las obras más crípticas de Lynch, como Mulholland Drive, Fuego, camina conmigo, Inland Empire o Carretera Perdida. Y por otro lado, ningún consumidor de series convencionales aguantaría más de un episodio de este experimento audiovisual.
Pero resulta que, justo por eso, estamos ante una serie magnífica, única, compleja y terrorífica que ha conseguido algo que muy pocas series logran conmigo: mantenerme en vilo y hacerme desear la llegada del siguiente lunes para poder disfrutar de un nuevo capítulo, una nueva dosis de televisión gourmet. Y no sólo eso, sino que también ha dinamitado todas las expectativas y conjeturas, ya que resulta imposible saber por dónde van a ir los tiros de un capítulo a otro. Da igual lo que haya ocurrido en el episodio que acabas de ver; el próximo saldrá por donde menos te esperas, te cortocircuitará la cabeza… y querrás más.




jueves, 19 de junio de 2014

Fargo, la serie


Bueno, supongo que a estas alturas ya estamos casi recuperados de las pajas que nos hicimos con Breaking Bad y True Detective, dos grandísimas series que han conseguido que a aquellos que las hemos visto, todo nos sepa a poco, lo cual nos lleva a la búsqueda de un material que, si bien es posible que no esté a la misma altura, al menos nos haga sentir algo parecido a las experiencias que nos regalaron ambas series. 

Cuando se anunció que Fargo iba a convertirse en una serie de televisión, pensé que sería una adaptación literal de lo que vimos en la película, pero alargándolo durante cuatro o cinco temporadas, y además de eso, por alguna razón, tenía el presentimiento de que el resultado sería mediocre. Pues bien, iba mal encaminado en todos los sentidos. 
Fargo no sólo ha resultado ser una serie mejor de lo que esperaba, sino que directamente es sobresaliente en todos los sentidos, tanto a nivel técnico como artístico. Y los que busquen algo parecido a Breaking Bad, es posible que Fargo les satisfaga, porque aunque argumentalmente hablando no tienen nada que ver, sí que hay puntos en común entre ambas series, como esos prólogos explicativos, el protagonista que trata de eludir a la ley por los pelos, o la facilidad con la que engancha y capta la atención del espectador gracias a una historia sencilla, directa y llena de momentos inesperados y desconcertantes.

En lo referente a la relación entre Fargo serie y Fargo película, he de admitir que apenas hay nada que las relacione, salvo algún guiño que sólo captarán aquellos que hayan visto la película. Quiero decir, la serie puede verla cualquiera, pero si has visto la película, la disfrutarás más. 
No es una secuela del filme de los Hermanos Coen, ni una adaptación seriada, sino una historia criminal y enrevesada que transcurre en el mismo lugar que la película. 
Podría decirse que hay más guiños a la filmografía de los Coen, que a la película concreta en que se basa la serie, de modo que los que estén atentos captarán sutiles referencias a El gran lebowski, Sangre Fácil o No es país para viejos (todo el personaje de Billy Bob Thornton es una referencia a esta película, ya que su personaje es un calco al que interpretaba Javier Barden en aquella cinta).

Por lo demás, es una serie que destila el estilo Coen al 100%, combinando tensión, violencia, sangre, surrealismo y mucho humor negro, y, como viene siendo habitual en las series de categoría actuales, la estética es puramente cinematográfica y no tiene nada que envidiar a la factura técnica y artística de cualquier película decente. Huelga decir que la labor del reparto es sencillamente perfecta, especialmente el trabajo de Billy Bob Thornton y Martin Freeman; el primero como eficaz e inhumana máquina de matar, y el segundo como personajillo simpático y perdedor que poco a poco se va convirtiendo en el Demonio. 
Mención especial merece el guión, el cual consigue que con tan sólo diez episodios le tengamos cariño, miedo o asco a los personajes, según sean dignos de una cosa u otra, además de la capacidad de la historia para atrapar al espectador desde el primer episodio hasta el último, y sin necesidad de alargar la trama innecesariamente durante incontables temporadas. 

jueves, 20 de marzo de 2014

True Detective


ALERTA: SPOILERS SIN PIEDAD

Pues ha llegado la hora de hablar de la serie de la que todo el mundo habla; True Detective, esa serie que prácticamente destaca en todo. 
Pero antes de nada voy a dejar de lado las similitudes (más bien homenajes) con la obra de Lovecraft y Chambers, ya que de lo contrario nos podrían dar las uvas, y además no conozco la obra de Chambers, de modo que no soy el más indicado para hablar del asunto. Voy a centrarme en los aspectos más obvios de la serie.

Lo primero es que, con una intro como la que tiene True Detective, es difícil no sentirse atraído inmediatamente para averiguar qué hay después de una intro tan buena y una canción tan cojonuda. De hecho, creo que con una intro así los realizadores de la serie deben verse metidos en un compromiso, porque tiene que ser muy triste hacer una intro fabulosa para una serie mediocre. Lo que quiero decir  es que si haces una intro tan molona, o te comprometes a que todo sea de calidad, o te vas a hacer churros a la plaza de tu pueblo. 
Después estaba la temática: detectives tras la pista de un asesino en serie. Cualquier fan, como es mi caso, de títulos como ZodiacSeven o la inmensa Twin Peaks, enseguida alza las orejas y empieza a sospechar que esa serie está hecha para él. Y así es. True Detective es la serie criminal que hubiera hecho David Fincher si le hubiese salido de las narices; tono sombrío y pausado, violencia, guión denso y enrevesado, y, ante todo, un trabajo de realización que deja en pañales a casi cualquier superproducción hollywoodiense actual. 
Al igual que Zodiac, True Detective está hecha para saborearla con calma, como el buen vino (no entiendo de vinos, ¿qué estoy diciendo?), y sobretodo para verse más de una vez. Primero, porque es una gozada; segundo, porque hay multitud de guiños y pistas que en un primer visionado se escapan; y tercero, porque, como ya he dicho, el guión es muy complejo y el desfile de personajes y nombres es bastante amplio, de modo que, al menos en mi caso, es necesario más de un visionado para poder sacarle todo el jugo, sin tener en cuenta los cabos sueltos, puestos ahí adrede para que el espectador se quede con las dudas. 
De las interpretaciones de ambos protagonistas (Woody Harrelson y Mathew McConaughey) no diré nada porque ya está todo dicho, pero sí que creo que McConaughey se come con patatas a Harrelson, y no porque Harrelson sea un mal actor ni mucho menos, sino porque el personaje de McConaughey es bastante más interesante y complejo. Pero sí, ambos lo bordan.

Y bueno, luego está el comentado final, que básicamente ha gustado a todo el mundo. A unos más y a otros menos, pero yo diría que pocos han sido decepcionados, y es que el final es bestial y, si lo pensamos, realista. Estos dos detectives son personas humanas, no superhéroes, de modo que termina siendo comprensible que sólo alcancen a atrapar al brazo ejecutor de la secta (ése tío que parece sacado de La matanza de Texas) y no a los peces gordos que hay detrás, lo cual me recuerda al caso de las niñas de Alcásser. Sí, según la versión no oficial se le echó el muerto a un cabeza de turco (Miguel Ricart), mientras que los verdaderos culpables, entre los que figuran el mismísimo Vaticano y los Masones, están por ahí tranquilamente hartándose de gambas. Pero bueno, ése es otro tema, aunque no puedo evitar ver similitudes. 
Nuestros intrépidos detectives, en definitiva, hacen lo que buenamente pueden. Lo que está en sus manos. 

Otra cosa que a mí entender está magistralmente conseguida, es la sensación de que más allá de la panda de sectarios chiflados que se dedican a matar chicas y llevar a cabo rituales pajilleros, hay algo mucho más gordo entre bambalinas. Algo que ni siquiera pertenece a éste mundo, y esa teoría queda demostrada cuando los detectives llegan a la terrorífica Carcosa (pedazo de escena, por cierto) y Rust contempla, con el culo absolutamente torcido, un agujero cósmico del que parece que en cualquier momento va a surgir Cthulhu o algún Dios sanguinario y monstruoso. 

Éste tipo de sutilidad me fascina. El concepto de sectarios paletos que están como putas cabras, en contraposición a la idea de que, oye, igual hay algo que no es humano rondando el cosmos y quizá esté cerca. 

Gran serie, mejor thriller. 

lunes, 12 de marzo de 2012

Museo Coconut

Siempre he sido un fan absoluto de Muchachada Nui y de su humor, y cuando supe que los creadores de esta serie estaban preparando una sitcom, tuve claro que aunque cambiasen de formato, el humor seguiría siendo el mismo. Bueno, rectifico, en realidad tuve miedo de que lo cambiasen todo, pero por suerte no fue así.
Museo Coconut cuenta las aventuras y desventuras de los trabajadores de un museo (el mismo que da nombre a la serie), lo que da lugar a situaciones verdaderamente ridículas, patéticas y, en ocasiones, hasta molestas para el espectador.


La serie satiriza la típica tontería que muchos artistas tienen encima. Sus, en ocasiones, aires de superioridad, hipocresía y otras pijadas mentales que rondan por la cabeza de estas personas que hablan mucho pero pocas veces saben lo que dicen. Que no se me malinterprete, yo admiro el mundo del arte. Soy un tío creativo, y por lo tanto tengo relación con el arte en mayor o menor medida (no quiero decirlo con la boca muy grande, que igual me queda demasiado arrogante), pero reconozco que en ese mundillo hay mucho tonto suelto, y me caen especialmente mal. 
Y por cierto, la serie también tiene tiempo de darle alguna que otra puñalada a la clase alta más repelente y odiosa.
Pero no vayamos a pensar que Museo Coconut es una continua crítica al mundo del arte, porque entre puya y puya, también no cuelan esos gags absurdos y desconcertantes que tanto han caracterizado a sus creadores, Joaquín Reyes, Ernesto Sevilla, Julián López, Carlos Areces y Raúl Cimas. Este último especialmente me parece un pedazo de actor.


La serie no destaca por su acabado técnico, que viene a ser el típico de cualquier sitcom (tampoco es que necesite alardes de ningún tipo), aunque la fotografía si está bastante cuidada, llena de colorido y tonos chillones, lo que le da un cierto aire a cómic. 
Sin lugar a dudas, el punto fuerte de Museo Coconut radica en su guión, repleto de buenos momentos y frases memorables que tarde o temprano acabaremos usando en algún momento de nuestra vida, y un puñado de buenos personajes muy bien definidos, siendo los principales:

-Jaime Walter: El director del museo. Un tipo juerguista, aficionado al whisky y con cierta facilidad para hacer el ridículo. Eso sí, es un verdadero cabrón.

-Onofre: Uno de los guardas de seguridad. Bisexual, torpe y bastante salido. 

-Emilio: El otro guarda de seguridad. En sus ratos libres hace sus pinitos como artista, aunque nadie reconozca su obra (y con razón).

-Rosario: El guía del museo. A Rosario sólo se le puede definir de una manera: excéntrico. No digo más.

Otro de los alicientes de esta serie son los cameos de sus artistas invitados, como David Trueba, Miki Nadal, Arturo Valls, Kira Miró y Santiago Segura entre otros.

miércoles, 6 de abril de 2011

Los sopranos

Llevo tiempo con la mosca detrás de la oreja. ¿Qué pasa con los guionistas de cine? ¿Por qué desde hace años han perdido la chispa y la originalidad? Creo tener la respuesta, y es muy sencilla; se han pasado a la televisión. A las series de televisión, concretamente. Últimamente es en este sector donde se encuentras las ideas más frescas y originales, las mejores interpretaciones, los mejores trabajos de dirección, etc.
Un ejemplo de serie sobresaliente en todos los aspectos es Los Sopranos. Una obra maestra que ayer mismo terminé de ver, dejándome con esa sensación de, por un lado, alegría, pues me ha gustado muchísimo, y por otro lado, tristeza, porque se ha terminado y sé que no va a haber más. Mejor así, seguro.


A lo largo de seis temporadas, que se pasan en un santiamén, seguimos las vivencias de la familia Soprano, centrándose especialmente en el cabeza de familia, Tony Soprano, genialmente interpretado por James Gandolfini.
Tony es el arquetipo de mafioso de hoy en día, como los que retrató Scorsese en Uno de los nuestros. El mafioso humano, con vida más allá de los crímenes, con preocupaciones, debilidades, meteduras de pata…
Esto se puede aplicar a todos los personajes, ya que la serie está planteada desde un punto de vista realista, donde, por ejemplo, cualquier personaje puede morir en el episodio que sea.

La trama nos brinda momentos de angustia, de tensión, de humor… incluso algún momento que hará que se nos salté las lágrimas. Esto se consigue gracias a una serie de personajes que, por mucho que se dediquen al mundo de crimen, no dejan de ser humanos.
El guión de la serie es impecable y misterioso, cosa que me encanta. Hay varios enigmas que quedan en el aire, como la obsesión de Poli con el número 3, la aparición de La Virgen María, o el episodio en el que Tony Soprano se va a Las Vegas, consume peyote y grita “Ahora lo sé” al amanecer, en el desierto. ¿Qué sabe? Nunca lo sabremos.
Pero es normal que haya altibajos. Con muchos capítulos nos darán ganas de aplaudir y saltar de la silla, y con otros nos quedaremos como el que se toma un café.
También es cierto que la serie tiene muchas escenas violentas, algunas de ellas realmente crudas, lo que hace que Los Sopranos se le pueda atragantar a algún espectador especialmente sensible.

Otro elemento casi constante en la serie es el mundo onírico. Los sueños están muy presentes y, de hecho, hay un par de capítulos que transcurren casi en su totalidad dentro de un sueño.
Y si hablamos de misterios no podemos olvidar el final. Para algunos, una basura. Para otros, una genialidad absoluta. Yo, personalmente, no creo que sea ni una cosa ni otra.
Es un final algo cobarde a mi parecer. David Chase (el creador de la serie) no quiso pillarse los dedos y dejó que el espectador sacara sus conclusiones. Pero por otra parte me gustan los finales de este tipo, sin explicaciones, sin darlo todo mascadito, así que no me quejo.
¿Mi teoría? Tony Soprano muere, pero esto no es un spoiler, tranquilos. Como ya he dicho, el final está pensado para que cada uno saque sus conclusiones, así que, en cierto modo, no existe un final.

Las apariciones de actores famosos como Steve Buscemi, Lauren Bacall, Ben Kingsley o la cantante Nancy Sinatra entre otros, y una gran banda sonora con un repertorio impresionante de canciones no hacen otra cosa que engrandecer a esta serie que revolucionó la televisión casi tanto como la mítica Twin Peaks, de la que ya hablaré en otro momento.
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