A veces uno se topa casualmente con películas cuya existencia desconocía por completo, y este es uno de esos casos. La cuestión es que leí en una revista un breve comentario sobre la secuencia final de esta película, y pensé que si terminaba de esa forma no podía ser mala, o como mínimo no me dejaría indiferente, algo que ya es una razón de sobra para verla. Y estaba en lo cierto.
¿De qué va esta película con nombre de film cómico/erótico europeo? Es extraña, tanto como el cine de Luis Buñuel (incluso como el de Alejandro Jodorowsky), del que estoy seguro que su director, Peter Greenaway, bebió muchísimo, especialmente de El discreto encanto de la burguesía (si no la habéis visto, dejad de leer estas chorradas que escribo y poneos a ello), pues tiene algunos puntos en común bastante obvios.
Unos rótulos nos indican el día de la semana en la que nos encontramos, y acto seguido presenciamos la cena del mafioso, acompañado por sus compinches (entre ellos un joven y primerizo Tim Roth) y su esposa (Helen Mirren), quien le echa el ojo a un solitario cliente que resulta ser todo lo que no es su marido, es decir, buena persona.
Podría tratarse de una especie de aburrida novelita rosa, pero la forma en que la película está rodada y los toques surrealistas puramente Buñuelescos hacen que las dos horas de metraje se conviertan en una
experiencia muy curiosa y especial que, guste o no la película, difícilmente dejará indiferente a algún espectador.
Ya de por sí resulta abstracta la forma, exageradamente tiránica y cruel, en la que el mafioso trata a su esposa, amigos e incluso clientes, pero a esto hay que sumarle detalles que evocan lo onírico y surreal, como esos perros que siempre están rondando la puerta del restaurante, ese niño angelical que no para de cantar, el inmenso tamaño de la cocina del restaurante o los constantes cambios en el color de la ropa de los personajes, a juego con la habitación en la que estén en ese momento.
En el apartado técnico destaca prácticamente todo; la pegadiza, sugerente e hipnótica banda sonora de Michael Nyman (que a veces recuerda a Morricone) y el milimétrico y calculado trabajo de cámara, lleno de movimientos mecánicos y suaves. Y por supuesto hay que mencionar la maravillosa escenografía, cuidada al máximo, así como el peculiar vestuario de los personajes, que en ocasiones hace que nos parezca que estamos viendo uno de esos desfiles de moda en los que los modelos llevan ropa que luego no usa nadie.
En definitiva, El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante es una película no apta para todos los públicos ni todos los estómagos, pero desde luego es perfecta para cualquiera que esté interesado en ver cine alejado de los convencionalismos, y además de calidad.