La directora Karyn Kusama, quien
no había hecho ninguna película demasiado destacable, ha sorprendido con esta
minimalista y efectiva propuesta titulada La
invitación.
La premisa nos traslada a una fiesta
insoportablemente pija en las afueras de Los Ángeles, donde un grupo de antiguos
amigos ha sido reunido allí por una
pareja con, en principio, la intención de recordar viejs tiempos y ponerse al
día. Poco a poco se va descubriendo que hay algo más.
Podría decirse que La invitación es un híbrido perfecto
entre Un dios salvaje, The Sacrament y, por qué no, La semilla del Diablo.
La película juega con una
atmósfera agradable que pese a ello despierta cierta inquietud, pues se sabe de
antemano que algo malo se está fraguando. ¿O no? Porque esa es otra: el guión
logra que en cuestión de minutos pasemos de estar del lado del protagonista (el
único convencido de que allí sucede algo extraño) a mirarlo como si de un psicótico
se tratara. En ese sentido la película es una montaña rusa que no lanza luz
sobre los verdaderos motivos de la invitación hasta bien avanzado el metraje. Algo
similar ocurría con La Bruja; ¿se
trataba de una amenaza real o de un simple espejismo provocado por la paranoia?
El guión es el cimiento
fundamental de La invitación. En
realidad lo es de cualquier película que pretenda ser buena, pero en el caso de
este tipo de cine, de bajo presupuesto y medios muy limitados, el guión no es
sólo importante, sino crucial e imprescindible, puesto que eso y las
interpretaciones son lo único de que dispone el realizador. Por suerte, el
guión está calculado al milímetro y sus engranajes bien engrasados, de modo que
la película funciona.