Sinopsis: Stuntman Mike es un asesino en serie bastante peculiar. Sus armas no son cuchillos, hachas o motosierras, sino… su coche.
He tenido que ver cuatro o cinco veces Death Proof para conseguir apreciar el auténtico valor de esta película, de la cual he estado soltando pestes desde que se estrenó hasta que la volví a ver hace un par de días.
La película, que forma parte del díptico Grindhouse, junto con Planet Terror, de Robert Rodríguez, es la, por así decirlo, más aburrida de las dos. Mientras que Planet Terror es un festival de tiros y sangre, Death Proof es una sucesión interminable de diálogos bastante tontillos e insulsos la mayoría de las veces, donde niñatas descerebradas hablan sin parar sobre temas que a nadie, salvo a ellas, le importan. Esto puede hacer que algún espectador, ávido por ver hora y media de carreras y accidentes de coches, se lleve una tremenda desilusión. Y por qué no decirlo, yo mismo pienso que la idea del asesino al volante está un poco desaprovechada.
Ahora vamos a hablar de las virtudes de esta película, que no son pocas.
En primer lugar tenemos a un Kurt Russel que lo borda, como es costumbre en este actor, dando vida a Stuntman Mike, un asesino en serie bastante peculiar. A ratos es letal y calculador, y a ratos penoso e imbécil. No conocemos los motivos por los que mata, pero sabemos que en su día fue especialista de cine.
Un psicópata asesino fetichista que fotografía a escondidas a sus futuras víctimas, a las que luego masacrará con su coche diseñado a prueba de muerte. Este detalle, el fetichismo, me recordó poderosamente a los asesinos en serie que pueblan las películas de Darío Argento, a las que Death Proof hace alguna que otra referencia. ¿Es por eso Death Proof un giallo italiano motorizado? No, ni mucho menos.
Más que un slasher, Death Proof es un homenaje al cine de coches de los años setenta, como Punto límite cero o Los traficantes, de Burt Reynolds, con algunas pinceladas de slasher, evidentemente. Incluso hay una descarada y graciosa referencia a la película Convoy, de Sam Peckimpah.
También bebe directamente del mejor cine de Brian De Palma (al igual que este bebe de Argento y Hitchcock, por ejemplo), con homenaje musical incluido, concretamente, un tema de la banda sonora de Impacto, compuesta por Pino Donaggio.
Y la presencia de Kurt Russel es en sí misma un homenaje a los personajes que interpretó para John Carpenter en películas como 1997: Rescate en Nueva York o Golpe en la pequeña China.
En lo referente a las secuencias de conducción, me tengo que quitar el sombrero. Nada que objetar, sólo aplaudirle a Quentin Tarantino hasta que me sangren las putas manos.
La segunda escena en la que Stuntman Mike usa su coche como lo que es, un arma mortal, es sencillamente escalofriante. La secuencia se repite varias veces para que el espectador pueda ver con todo lujo de detalles las consecuencias y daños del impacto en cada una de las personas que iban dentro del coche atacado por el asesino. Mención especial para el personaje interpretado por Vanesa Ferlito, al que la rueda del coche homicida le patina en la cara hasta desintegrársela.
La persecución final está considerada por algunos como una de las mejores escenas de conducción de la historia del cine, y realmente lo es. Tarantino nos mantiene en constante tensión al mismo tiempo que homenajea a Punto límite cero o El diablo sobre ruedas, concluyendo la escena y la película con un giro argumental que no te esperas.
En todo momento vemos claramente lo que ocurre en pantalla, sin movimientos bruscos de cámara. Sin efectos digitales, solamente coches de verdad dándose hostias de verdad.
Toda una muestra de artesanía cinematográfica de la que más de un director actual debería tomar nota con urgencia.
Y la banda sonora, como es habitual en el cine de Tarantino, es impresionante.